20 de Junio de 2008 00:00

| LENGUA CASTELLANA Y LITERATURA

El cuento realista

El cuento realista narra un hecho ficticio como si fuese verdadero. El escritor combina su imaginación con la observación directa de la vida en sus diversas modalidades: sicológica, religiosa, humorística, satírica, social, filosófica, histórica, costumbrista y con los recursos literarios crea una situación parecida a la realidad.

Capacidad: Determina las características del cuento realista.

Características

1. La temática: El hombre y su medio son el punto de partida de la narración. El autor se propone dar una idea cabal del mundo que le rodea en todos sus aspectos: material, moral, económico, político y religioso. Presenta al hombre en su dimensión individual y social.

2. Los recursos: Para testimoniar la realidad inmediata, el autor de cuentos realistas describe la vida, las creencias, el lenguaje y las tradiciones; utiliza la anécdota como pretexto para la descripción de caracteres y de costumbres.

Hay una mayor inserción de diálogos como procedimiento para la caracterización de los personajes y su presentación objetiva. El narrador realista reproduce el lenguaje de los personajes: habla local, modismos, formas coloquiales.

3. El narrador: Trata de narrar los hechos con objetividad, por eso parte de la observación directa, utiliza la tercera persona gramatical y adopta la posición de narrador testigo u omnisciente.

4. El espacio: El espacio en donde se desarrollan las acciones del cuento realista es el escenario en que vive el hombre.

5. El tiempo El desarrollo del tiempo de la acción es lineal y cronológico. Para que los hechos adquieran un matiz realista, las fechas son indicadas con exactitud e incluso algunos relatos aparecen desarrollados en un momento histórico real.

6. Los personajes: Son generalmente “personajes tipos”, síntesis de virtudes y defectos fácilmente reconocibles. Esta técnica caracterizadora facilita al escritor comunicar la intención del relato y explicar una doctrina moral o social a través de la conducta de sus personajes.

Ejemplo:

“El Baldío”

No tenían cara, chorreados, comidos por la oscuridad. Nada más que sus dos siluetas vagamente humanas, los dos cuerpos reabsorbidos en sus sombras, iguales y sin embargo tan distintos. Inerte el uno, viajando a ras del suelo con la pasividad de la inocencia o de la indiferencia más absoluta. Encorvado el otro, jadeante por el esfuerzo de arrastrarlo entre la maleza y los desperdicios. Se detenía a ratos a tomar aliento. Luego recomenzaba doblando aún más el espinazo sobre su carga.

El olor del agua estancada del Riachuelo debía estar en todas partes, ahora más con la fetidez dulzarrona del baldío hediendo a herrumbre, a excrementos de animales, ese olor pastoso por la amenaza de mal tiempo que el hombre manoteaba de tanto en tanto para despegárselo de la cara. Varillitas de vidrio o metal entrechocaban entre los yuyos, aunque de seguro ninguno de los dos oiría ese cantito isócrono, fantasmal. Tampoco el apagado rumor de la ciudad que allí parecía trepidar bajo tierra.

Y el que arrastraba, sólo tal vez ese ruido blando y sordo del cuerpo al rebotar sobre el terreno, el siseo de restos de papeles o el opaco golpe de los zapatos contra las latas y cascotes. A veces el hombro del otro se enganchaba en las matas duras o en alguna piedra. Lo destrababa entonces a tirones, mascullando alguna furiosa interjección o haciendo a cada forcejeo el ha... reumático de los estibadores al levantar la carga rebelde al hombreo.

Era evidente que le resultaba cada vez más pesado. No sólo por esa resistencia pasiva que se le empacaba de vez en cuando en los obstáculos. Acaso también por el propio miedo, la repugnancia o el apuro que le iría comiendo las fuerzas, empujándolo a terminar cuanto antes.

Al principio lo arrastró de los brazos. De no estar la noche tan cerrada se hubiera podido ver los dos pares de manos entrelazadas, negativo de un salvamento al revés. Cuando el cuerpo volvió a engancharse, agarró las dos piernas y empezó a remolcarlo dándole la espalda, muy inclinado hacia delante, estribando fuerte en los hoyos. La cabeza del otro fue dando tumbos alegres, al parecer encantada del cambio.

Los faros de un auto en una curva desparramaron de pronto una claridad amarilla que llegó en oleadas sobre los montículos de basura, sobre los yuyos, sobre los desniveles del terreno. El que estiraba se tendió junto al otro. Por un instante, bajo esa pálida pincelada, tuvieron algo de cara, lívida, asustada la una, llena de tierra la otra, mirando hacer impasible. La oscuridad volvió a tragarlas enseguida.

Se levantó y siguió halándolo otro poco, pero ya habían llegado a un sitio donde la maleza era más alta. Lo acomodó como pudo, lo arropó con basura, ramas secas, cascotes. Parecía de improviso querer protegerlo de ese olor que llenaba el baldío o de la lluvia que no tardaría en caer.

Se detuvo, se pasó el brazo por la frente regada de sudor, escarró y escupió con rabia. Entonces escuchó ese vagido que lo sobresaltó. Subía débil y sofocado del yuyal, como si el otro hubiera comenzado a quejarse con lloro de recién nacido bajo su túmulo de basura.

Iba a huir, pero se contuvo encandilado por el fogonazo de fotografía de un relámpago que arrancó también de la oscuridad el bloque metálico del puente, mostrándole lo poco que había andado. Ladeó la cabeza, vencido. Se arrodilló y se acercó husmeando casi ese vagido tenue, estrangulado, insistente. Cerca del montón, había un bulto blanquecino.

El hombre quedó un largo rato sin saber qué hacer. Se levantó para irse, dio unos pasos tambaleando, pero no pudo avanzar. Ahora el vagido tironeaba de él. Regresó poco a poco, a tientas. Jadeante. Volvió a arrodillarse titubeando todavía. Después tendió la mano. El papel del envoltorio crujió. Entre las hojas del diario se debatía una formita humana.

El hombre la tomó en sus brazos. Su gesto fue torpe y desmemoriado, el gesto de alguien que no sabe lo que hace pero que de todos modos no puede dejar de hacerlo. Se incorporó lentamente como asqueado de una repentina ternura semejante al más extremo desamparo, y quitándose el saco arropó con él a la criatura húmeda y lloriqueante.

Cada vez más rápido, corriendo casi, se alejó del yuyal con ese vagido y desapareció en la oscuridad.


AUGUSTO ROA BASTOS

ACTIVIDADES

I. Subraya la opción correcta:

El cuento realista narra:

a) un hecho verdadero como ficticio

b) un hecho ficticio como tal

c) un hecho ficticio como verdadero

La temática incluye:

a) el hombre

b) el ambiente

c) a y b

Para crear un efecto de verosimilitud, el autor utiliza:

a) fotografías

b) el lenguaje cotidiano y la descripción de creencias y tradiciones.

c) testigos

II. Lee el cuento realista “El baldío” del célebre escritor extinto Roa Bastos y completa los siguientes datos:

a) El tiempo se desarrolla en forma:………………………………………

b) Un defecto del protagonista es……………………………………………..

c) Una virtud que posee el protagonista es……………………………….

d) La intención del relato es……………………………………………….
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