15 de Junio de 2007 00:00

| LENGUA CASTELLANA Y LITERATURA

El drama: una síntesis de comedia y tragedia

Existe un género literario que une lo trágico con lo cómico para presentar una obra de fuerte impacto moral: se trata del drama.

Capacidad: Identifica el drama por sus características sobresalientes.


Esta especie teatral es considerada una síntesis de la comedia y la tragedia porque comparte rasgos comunes a ambos, pero se distingue por su intención moralizadora.


Características- Trata un asunto serio y con intención moralizadora.

- Funde elementos de la tragedia y la comedia. Es decir, en el drama hay una mezcla de lo grotesco y lo sublime, lo terrible y lo cómico, lo patético y lo ridículo.

- Está escrita para ser representada por actores ante un público.

- Su forma de expresión es el diálogo.
- Utiliza un tono trágico y cómico a la vez.

- Plantea conflictos entre los personajes principales con la intención de provocar una respuesta emotiva en el receptor.

- Cuando el drama presenta situaciones muy graves, en las que un personaje bueno sufre despiadadamente a manos de otro personaje malo, recibe el nombre de “melodrama”. Se caracteriza por el sentimentalismo exagerado.

¿Sabías?El drama, y en general todas las obras teatrales, utilizan un recurso llamado Acotación. Consiste en las aclaraciones que el autor de la obra teatral realiza sobre cómo debe ser el decorado, cómo se tienen que mover los personajes, qué gestos deben hacer, etc., en los textos aparecen entre paréntesis o con letra cursiva. Sirven solo como orientaciones; no deben ser pronunciadas durante la lectura y la representación.


Un ejemplo
Ahora compartiremos un fragmento de Fausto, drama escrito por el alemán Johann Wolfgang von Goethe. El argumento de Fausto se inspira en una antigua leyenda alemana de un joven que vende su alma al diablo a cambio de conocimiento y poder.
Goethe describe a Fausto como un filósofo racionalista dispuesto a arriesgarlo todo, incluso su alma, por ampliar el conocimiento humano, pero que al final es perdonado por Dios, quien reconoce sus nobles intenciones. Es una alegoría de la vida humana en todos sus aspectos.


Fausto
(Fragmento)

(El Señor. Las Huestes celestiales. Después Mefistófeles. Se acercan los tres Arcángeles)
MEFISTÓFELES: Señor, ya que te acercas otra vez a preguntar cómo nos va todo por aquí, y ya que te agradó mirarme en otros tiempos, estoy de nuevo entre tu servidumbre. [...] El pequeño dios del mundo sigue igual que siempre, tan extraño como el primer día. Viviría un poco mejor si no le hubieras dado el reflejo de la luz celestial, a la que él llama razón y que usa sólo para ser más brutal que todos los animales. Lo comparo, con licencia de Vuestra Gracia, con esas cigarras zancudas que vuelan continuamente, dando saltos, y, una vez que están sobre la hierba, cantan su vieja canción. ¡Si al menos permaneciera en la hierba!, pero no, tiene que meter las narices donde no le importa.

EL SEÑOR: ¿No tienes nada más que decir?, ¿sólo vienes aquí a acusar? ¿Es que no hay sobre la tierra nada bueno?

MEFISTÓFELES: No, Señor; sinceramente me parece que allí todo va tan mal como siempre. Compadezco la vida de calamidades que llevan los hombres. Ni siquiera me apetece atormentar a esos desdichados.

EL SEÑOR: ¿Conoces a Fausto?

MEFISTÓFELES: ¿El doctor?

EL SEÑOR: Mi servidor.

MEFISTÓFELES: Sí; y cierto es que os sirve de una manera muy peculiar. Ni la comida ni la bebida de ese insensato son terrenales. Su inquietud lo inclina hacia lo inalcanzable, pero percibe su locura sólo a medias. Le exige al Cielo las más hermosas estrellas y a la Tierra los goces más elevados y, sin embargo, nada cercano ni lejano sacia su pecho profundamente agitado.

EL SEÑOR: Aunque ahora me sirve en la confusión, pronto lo llevaré a la claridad. El jardinero sabe, cuando el arbolito echa renuevos, que le crecerán ramas y le saldrán frutas.

MEFISTÓFELES: ¿Qué apostáis? Todavía habéis de perder si me permitís llevarlo a mi terreno.

EL SEÑOR: Mientras él viva sobre la tierra, no te será prohibido intentarlo. Siempre que tenga deseos y aspiraciones, el hombre puede equivocarse.

MEFISTÓFELES: Te lo agradezco, pues con los muertos nunca me he entendido muy bien. Prefiero unas mejillas frescas y gordezuelas. Con un cadáver no me encuentro nunca a gusto: me pasa lo que al gato con el ratón.

EL SEÑOR: Bien, lo dejo a tu disposición. Aparta a esa alma de su fuente originaria y, si puedes aferrarla por tu camino, llévala abajo, junto a ti. Pero te avergonzará reconocer que un hombre bueno, incluso extraviado en la oscuridad, es consciente del buen camino.3
MEFISTÓFELES: ¡Muy bien!, no tardaremos mucho tiempo. No me da miedo la apuesta. Permíteme, si logro mi objetivo, sentirme henchido por mi triunfo. Para mi regocijo, él tendrá que morder el polvo, como mi tía, la famosa serpiente.

EL SEÑOR: Podrás actuar con toda libertad. Nunca he odiado a tus semejantes. De todos los espíritus que niegan, el pícaro es el que menos me desagrada. El hombre es demasiado propenso a adormecerse; se entrega pronto a un descanso sin estorbos; por eso es bueno darle un compañero que lo estimule, lo active y desempeñe el papel de su demonio. Pero vosotros, auténticos hijos de Dios, disfrutad de la viviente y rica belleza. Que lo cambiante, lo que siempre actúa y está vivo, os encierre en los suaves confines del amor, y fijad en ideas eternas lo que flota en oscilantes apariencias. (El Cielo se cierra y los Arcángeles se dispersan.)
FAUSTO: (En una habitación gótica, estrecha y de altas bóvedas, Fausto está sentado en un sillón ante su pupitre.) Ay, he estudiado ya Filosofía, Jurisprudencia, Medicina y también, por desgracia, Teología, todo ello en profundidad extrema y con enconado esfuerzo. Y aquí me veo, pobre loco, sin saber más que al principio. Tengo los títulos de Licenciado y de Doctor y hará diez años que arrastro mis discípulos de arriba abajo, en dirección recta o curva, y veo que no sabemos nada. Esto consume mi corazón. Claro está que soy más sabio que todos esos necios doctores, licenciados, escribanos y frailes; no me atormentan ni los escrúpulos ni las dudas, ni temo al infierno ni al demonio. Pero me he visto privado de toda alegría; no creo saber nada con sentido ni me jacto de poder enseñar algo que mejore la vida de los hombres y cambie su rumbo. Tampoco tengo bienes ni dinero, ni honor, ni distinciones ante el mundo. Ni siquiera un perro querría seguir viviendo en estas circunstancias. Por eso me he entregado a la magia: para ver si por la fuerza y la palabra del espíritu me son revelados ciertos misterios; para no tener que decir con agrio sudor lo que no sé; para conseguir reconocer lo que el mundo contiene en su interior; para contemplar toda fuerza creativa y todo germen y no volver a crear confusión con las palabras.


Johann Wolfgang von Goethe

Escena del Fausto. En la imagen, Mefistófeles a la izquierda y el doctor Fausto a la derecha.
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