27 de Julio de 2008 00:00

| PERSPECTIVAS

La argelería no vende

Unos profesionales hoteleros alababan “la amabilidad y calidez paraguaya” y subrayaban que aquí solo faltaba capacitación. Con la mano en el corazón, dígame si –patriotería aparte– usted se lo cree.

Como todos los países latinoamericanos, nosotros también presumimos de este cliché. En nuestro vivir cotidiano, si queremos progresar humanamente, tenemos que aprender otros modales. El cambio nos toca a todos, pero urge en los vendedores, ya que ellos son los que comercian –al contado– la imagen del país. Si cree que los vendedores paraguayos son amables, suelte a su turista favorito en pleno Mercado 4, dígale que revuelva toda la mercadería de la morena juky y después no compre nada; a ver si ella sonriente le dice: “No se preocupe, hermano turista, vuelva cuando quiera”. Lo que va a recibir es un silencio sepulcral o un reto en guaraní. Pero aclaro que el personal argel no está solo en el mercado, existe también en los negocios más selectos de la sociedad asuncena.

La buena vendedora (desde la de yuyos hasta la de joyas) es buena actriz, sicóloga, amiga instantánea, consejera espiritual y gran conversadora. Al final le compraste por agradable, porque te hizo arrancar bien el día. En cambio, la mala vendedora es lánguida, no te mira o mensajea en su celu mientras mastica los precios que le preguntás.

Estos hoteleros, que optimistas hablaban de que acá el trato cálido ya existe y solo falta capacitación, están manejando el mito de que, para el gringo, el latinoamericano es de fácil humor y hospitalidad. Los veteranos dicen que el paraguayo nunca fue muy expresivo, pero sí un gran solidario; y debe ser cierto, por eso hallamos restos de esa virtud en los pocos negocios barriales que sobreviven. Pero el sistema económico aniquila todo. Hoy los miles de vendedores –nacidos de la precariedad económica– quieren a toda costa el dinero del turista. Pero si el turista compra, lo hace porque le gustó el producto, no porque el vendedor lo haya convencido con su simpatía.

Cada año en la Expo (que es la vidriera grande, dicen) vemos que las empresas repiten la idea de contratar chicas curvilíneas en vez de capacitar a verdaderas vendedoras: hábiles, elocuentes y exuberantes, no de pechos sino de urbanidad. Por fortuna algunos empresarios paraguayos (un 10,20% quizás) van comprendiendo que la mejor inversión es un equipo de gente con la mente abierta, muy cordial y de buena cara.

No olvido que los vendedores son víctimas de la situación económica, pero eso no justifica la descortesía ni el mal genio. El bienestar emocional y el bienestar económico, aunque se complementen, son independientes; es decir, uno puede existir sin el otro. Ser vendedor es una profesión, no la última alternativa laboral para la supervivencia de argeles o faltos de preparación.

Si queremos conquistar turistas con nuestra forma de ser, vendamos honestidad y corrección, no la torpeza del chantaje y la cortedad. “Un cliente satisfecho trae a otro”, decía una sabia confitera paraguayo-alemana que vende bollos como pan caliente.

Fortalecer el buen trato atraerá turistas; recuperemos o aprendamos el “disculpe”, “buen día”, “cuando guste”, “por favor”, “ninguna molestia”. Estos floreos ayudarán al país –y sienta la magnitud de lo que le digo– más que los lapachos floridos que estos días tenemos.
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