18 de Mayo de 2010 15:38
La virtud del coraje
Monseñor Rolón vivió y padeció los rigores de una dictadura que se instaló en el país como para no irse más. Al igual que los ciudadanos que plantaron cara al stronismo, a su nombre se ha pretendido colgar el escarnio y la difamación.
Seguro de que la razón, desde la doctrina cristiana, estaba enteramente de su parte, se enfrentaba a los esbirros de la dictadura. Entre muchos casos, se recuerda cuando salió de la catedral para enfrentar al terrible comisario Carlos Schreiber, quien estaba al frente de la represión contra pacíficos ciudadanos que participaban de la marcha del silencio.
Estos y otros hechos injustos -que se extendieron a lo largo y ancho de la dictadura- sirvieron para vigorizar la voluntad de monseñor en su afán de que el país tuviera un mejor destino.
En particular, este diario recuerda con profunda gratitud al arzobispo emérito que en los cincos años de clausura no dejó pasar un solo mes sin que alzara su voz indignada, a modo de homilía, por la libertad de expresión quebrantada. Tenía muy claro que esta libertad es la columna de las demás libertades. Pero también, como corresponde a su espíritu de justicia, protestaba con el mismo coraje las veces, muy frecuentes, en que otros medios de comunicación caían víctimas de la soberbia dictatorial.
En su entera comprensión del valor de la palabra, se hacía de tiempo para hacer llegar a los periódicos su columna "Desde el oasis", que expresaba sus reflexiones, temores, esperanzas, enfado, en un contexto social y político que se había alejado de la doctrina de la Iglesia. Sus escritos reflejaban la cotidianeidad de una dictadura perversa y corrupta, y la mayoritaria aspiración del pueblo por vivir un tiempo distinto, un tiempo de paz, de bienestar, de hermandad.
En la perspectiva, es posible aprehender en su exacta dimensión lo que había significado para la Iglesia, y para el país, un sacerdote que asumió con valentía, a la vez que con humildad, su misión jesucristiana de inspirar arrojo cuando los torturadores parecían inmovilizar de miedo a la población; cuando los garroteros parecían que iban a imponerse al resto de los ciudadanos. En esos momentos, la voz serena de Ismael Rolón condenaba la barbarie de un Gobierno que gustaba proclamarse cristiano.
Es un privilegio para el país contar entre sus hijos a monseñor Rolón. Y más todavía, que se acerque al centenario de una vida consagrada al bien público.
Su dolor no se había acabado con el derrumbe de la dictadura, a la que había enfrentado con singular coraje. Seguía padeciendo de la vida nacional la corrupción, la prepotencia, la impunidad, que seguían oscureciendo las esperanzas de la ciudadanía por mejores días.
Por todo cuanto ha significado para el país, por todo lo que fue, monseñor Ismael Rolón entra en la inmortalidad con la gloria de haber sido un ciudadano imprescindible en las horas amargas de la patria.






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