20 de Mayo de 2010 07:50
Su legado
Deja una fortuna incalculable, capaz de alcanzar a todos. Monseñor Rolón es un hombre de palabra y, por ende, con su partida nos queda una herencia inagotable: Testimonio de vida y palabra.
Hizo en vida todo el esfuerzo que una persona pueda emprender para cumplir con la misión del sacerdocio, y sobre todo para mantenerse coherente. Gran trabajador de la palabra, monseñor meditaba profundamente sus homilías, sus cartas pastorales y sus comunicados a la opinión pública, así como sus memorables artículos periodísticos escritos "desde mi oasis".
Renunció a la comodidad del refugio eclesial para salir a desafiar nada menos que al régimen despótico y corrupto del general Alfredo Stroessner, no solamente desde el púlpito sino desde la calle, con las sonoras "marchas del silencio", en señal de protesta por los atropellos de la dictadura.
Fue una persona de coraje. En medio del temor, de la censura y de la incertidumbre, no titubeó en usar los términos apropiados para denunciar como parte de su misión pastoral anunciar y denunciar- y desnudar las mentiras y la crueldad del stronismo.
Sus palabras, además de ser escuchadas y respetadas por el pueblo católico y no católico del país, quedaron registradas rigurosamente para el análisis de la inteligencia militar y policial, a través del ejército de pyragués que asistía indefectiblemente a las apariciones públicas del obispo.
Él no decía tonterías; sus palabras, al igual que sus actos, eran resultados de serias y profundas reflexiones. No se le podía rebatir ni un solo argumento, ni siquiera con la insidia, las diatribas y calumnias de la voz del coloradismo, del diario Patria ni de ninguno de los órganos comunicacionales al servicio de la dictadura.
Le tocó vivir los momentos más amargos de la represión como arzobispo de Asunción, y como tal, el referente más encumbrado de la Iglesia Católica para el Gobierno. La década del 70 fue de una persecución cruel y particularmente sanguinaria, lo que convertía la oficina de monseñor Rolón en un refugio para el dolor de las víctimas y sus familiares. No calló ni una sola injusticia y sigilosamente salvó la vida de más de uno de los prisioneros de la dictadura mediante su función mediadora.
Sufrió y soportó estoicamente la persecución a sacerdotes y obispos y el ataque a varias instituciones. Varios de ellos -inclusive extranjeros- fueron asaltados (¿recuerdan el caso Uberfil Monzón?), expulsados (caso de los jesuitas), heridos (caso Jejuí), denigrados y amedrentados (caso monseñor Maricevich) y asaltados, como la Universidad Católica, Cristo Rey y parroquias del interior.
No le temblaron las manos para dictar la excomunión del entonces temible jefe de Policía y menos aún del ministro del Interior, Sabino Augusto Montanaro, que hoy disfruta de los beneficios de la democracia y del estado de derecho, reposando en su casa luego de agotar sus reservas de vida en un escondite, hasta donde huyó de la justicia para ocultar sus crímenes.
Tampoco le tembló la voz para negarse formalmente a asistir a las sesiones del Consejo de Estado, un engendro colegiado de la dictadura que legitimaba de forma las atrocidades del régimen dictatorial, ni para gritar en las pascuas y navidades la injusta detención de ciudadanos, la tortura y exilio forzoso de otros.
Tuvo clara conciencia de la labor de la prensa y de la importancia de la libertad de expresión, por lo que su postura fue de apoyo y solidaridad para los diarios La Tribuna y Ultima Hora durante la suspensión que sufrieron, así como durante la clausura de ABC Color y la persecución a radio Ñandutí, El Pueblo y Comunidad.
¡Cuánto cuesta el testimonio de vida y la palabra de monseñor Rolón! Nunca nadie los podrá comprar. Jamás. Quedan como legítimo e invalorable patrimonio de la humanidad. Qué más se le puede pedir.
Renunció a la comodidad del refugio eclesial para salir a desafiar nada menos que al régimen despótico y corrupto del general Alfredo Stroessner, no solamente desde el púlpito sino desde la calle, con las sonoras "marchas del silencio", en señal de protesta por los atropellos de la dictadura.
Fue una persona de coraje. En medio del temor, de la censura y de la incertidumbre, no titubeó en usar los términos apropiados para denunciar como parte de su misión pastoral anunciar y denunciar- y desnudar las mentiras y la crueldad del stronismo.
Sus palabras, además de ser escuchadas y respetadas por el pueblo católico y no católico del país, quedaron registradas rigurosamente para el análisis de la inteligencia militar y policial, a través del ejército de pyragués que asistía indefectiblemente a las apariciones públicas del obispo.
Él no decía tonterías; sus palabras, al igual que sus actos, eran resultados de serias y profundas reflexiones. No se le podía rebatir ni un solo argumento, ni siquiera con la insidia, las diatribas y calumnias de la voz del coloradismo, del diario Patria ni de ninguno de los órganos comunicacionales al servicio de la dictadura.
Le tocó vivir los momentos más amargos de la represión como arzobispo de Asunción, y como tal, el referente más encumbrado de la Iglesia Católica para el Gobierno. La década del 70 fue de una persecución cruel y particularmente sanguinaria, lo que convertía la oficina de monseñor Rolón en un refugio para el dolor de las víctimas y sus familiares. No calló ni una sola injusticia y sigilosamente salvó la vida de más de uno de los prisioneros de la dictadura mediante su función mediadora.
Sufrió y soportó estoicamente la persecución a sacerdotes y obispos y el ataque a varias instituciones. Varios de ellos -inclusive extranjeros- fueron asaltados (¿recuerdan el caso Uberfil Monzón?), expulsados (caso de los jesuitas), heridos (caso Jejuí), denigrados y amedrentados (caso monseñor Maricevich) y asaltados, como la Universidad Católica, Cristo Rey y parroquias del interior.
No le temblaron las manos para dictar la excomunión del entonces temible jefe de Policía y menos aún del ministro del Interior, Sabino Augusto Montanaro, que hoy disfruta de los beneficios de la democracia y del estado de derecho, reposando en su casa luego de agotar sus reservas de vida en un escondite, hasta donde huyó de la justicia para ocultar sus crímenes.
Tampoco le tembló la voz para negarse formalmente a asistir a las sesiones del Consejo de Estado, un engendro colegiado de la dictadura que legitimaba de forma las atrocidades del régimen dictatorial, ni para gritar en las pascuas y navidades la injusta detención de ciudadanos, la tortura y exilio forzoso de otros.
Tuvo clara conciencia de la labor de la prensa y de la importancia de la libertad de expresión, por lo que su postura fue de apoyo y solidaridad para los diarios La Tribuna y Ultima Hora durante la suspensión que sufrieron, así como durante la clausura de ABC Color y la persecución a radio Ñandutí, El Pueblo y Comunidad.
¡Cuánto cuesta el testimonio de vida y la palabra de monseñor Rolón! Nunca nadie los podrá comprar. Jamás. Quedan como legítimo e invalorable patrimonio de la humanidad. Qué más se le puede pedir.





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