Se digno y dignificarás

Posteado por Sebastián Acha el 26-07-2017

Pedro se levanta todos los días a las 4:00. Mientras toma el mate, su tatakua está cocinando las chipas que va a vender en el desvío a Ypané en una hora más. Luego de eso, irá a trabajar a Asunción como obrero de la construcción. Serán dos horas de viaje por lo menos desde las 5:00, hora que sale de su casa y las 7:00, hora que debe entrar a trabajar.

Él no conoce de descansos. Tiene dos créditos para pagar. El primero, es el de su casa, se lo debe a Senavitat. El segundo, contraído con una institución financiera privada, es para la universidad de su hija mayor, a quien se le ocurrió ser enfermera y se encuentra estudiando en una universidad privada donde las cuotas y los costos de la carrera necesitan la colaboración crediticia. Tiene otros tres hijos. Pero uno a la vez. Todavía no están terminando la Educación Media así que tiempo habrá de ver cómo encarar los deseos y proyecciones de sus hijos. ¿O acaso no tienen ellos el derecho a soñar un futuro mejor?

Juan vive en Capiibary. Hace 14 años el Estado le otorgó un lote de 11 hectáreas. Tenía una pequeña reserva de bosque. También le entregaron dos lecheras. Se hizo un gran acto de Gobierno. Estuvieron todos: el presidente, los ministros, el gobernador, el intendente y el diputado departamental. No faltó nadie. La mala noticia es que luego de ese día no vio a nadie del Estado volver por allí. El presidente del Crédito Agrícola había prometido que se cumpliría la carta orgánica del ente a rajatabla “…créditos entregados en tiempo y en finca…” tal como reza su carta orgánica. Sin embargo, en los tres años siguientes, las excusas fueron las que se entregaban en tiempo y forma “No hay desembolso todavía, volvé la semana que viene…”; “…ya le dijimos al Ministerio que necesitamos extensionistas pero no nos envían…”.

Juan en pocos años se convirtió en un tenedor (no es propietario porque como no puede pagar su deuda con el Indert no pueden entregarle el título) de una propiedad que no le sirve para producir. Su patrimonio es un buey “pirú”, un arado de hierro como los que se usaban en el siglo XVII y la mano de obra de sus cuatro hijos varones.

Las dos mujeres, al terminar la educación básica, se quedarán a ayudar a su mamá en la casa, como es costumbre. Juan no tiene chances. El algodón ya no tiene precio. Él no tiene tecnología ni asistencia técnica. Tampoco tiene crédito y lo poco que debía se convirtió en una inmensa e impagable deuda.

¿Pero acaso Juan no tiene derecho a soñar también al igual que Pedro en una mejor vida para él y para sus hijos? Primero fue la madera de su lote agrícola la que salvó los primeros servicios de deuda y las necesidades básicas. Luego fueron los raleos a los montes vecinos para hacer carbón. La oportunidad está a la vuelta de la esquina: marihuana. Pero él no quiere hacerlo porque sabe lo que viene con esta gente. No quiere peligros para su familia.

Pedro sigue trabajando. Aún sin seguridad social pero con fortaleza logra pagar sus deudas y hacer que sus hijos sigan soñando con un futuro mejor.

Juan también quiere hacer algo. Tiene más tiempo que Pedro y un grupo de amigos le dijo que viajarían a Asunción para que se le perdone la deuda que tiene. ¿Qué puede hacer Juan? Sin crédito, ni asistencia técnica, ni mercado... no tiene nada que perder.

Los líderes de su grupo tampoco: hace muchos años que ellos sí saben qué se debe hacer. En lugar de explotar la necesidad de cientos de agricultores cuando llega la necesidad, ¿no saben que sería mucho mejor acudir en época del presupuesto para que el MAG asigne montos mucho más importantes a los extensionistas y al Crédito Agrícola de Habilitación? ¿Cómo yo que soy un asunceno y abogado puedo saber eso y ellos que son líderes no lo saben? ¿O lo saben y no les conviene? ¿O sacan un rédito político importante para ubicar a senadores y diputados que después les retribuirán con pequeñas parcelas de poder, cargos públicos y facilidades para la “gestión” de derechos del pueblo como si fueran regalos que ellos llevan a sus comunidades?.

Pedro se entera que el gobierno está por “condonar” (entiéndase PERDONAR) la deuda que tienen estos conciudadanos trabajadores y agricultores. Con las manos llenas de cemento y con textura de cartón por los años dedicados a la construcción, oprime los puños para preguntarse porqué a ellos y no a él. ¿Por qué premiar a quienes no pagaron —no importa porqué— y castigar a quienes sí lo hacen? ¿Qué está bien y qué está mal?.

No importa quien tiene razón en esta historia. Aquí hay dos responsables (y uso la palabra responsables y no culpables). Por un lado, los líderes campesinos que, sabiendo lo que deben hacer no lo hacen y otorgan como triunfo lo que expulsará a sus propios hermanos del campo del sistema financiero: luego de la refinanciación, ya nadie los querrá poner en su lista de créditos. Ellos lo saben. Pero no importa. Es rentable en época electoral. El liderazgo gremial y político exige corderos para el sacrificio, y ellos que son los líderes son muy importantes para ser quienes van a ser degollados.

Y, del otro lado, el Estado. Acaso ¿no sabía el Estado hace dos años que la promesa de refinanciamiento iba a traer este problema? Yo no soy economista, pero el Banco Central y el Ministerio de Hacienda tienen varios y de primer nivel. ¿Ellos no sabían que cuando le prometés a alguien que tiene una responsabilidad financiera que asumió libremente que le vas a perdonar, esa persona se va a tirar de cabezas a no pagar más? Entonces ¿cómo piensan los técnicos que puede sostenerse un sistema financiero de esta manera? Me pregunto. Quizás ellos nos puedan responder.

El populismo es la herramienta más peligrosa que tenemos en la sociedad. El populismo quiebra el principio de igualdad, para hacer a unos más iguales que otros. Generalmente esos “unos” son nuestros amigos. Y esos “otros” no son enemigos, sino simplemente son aquellas personas a quienes no conocemos. Son “el pueblo” de quienes presumimos saber sus necesidades y prioridades.

Si seguimos tratando a ese “pueblo” como mendigo, pues muchos de ellos reaccionarán como tales. Pero si los tratamos como lo que son: hombres y mujeres dignos, trabajadores, cumplidores de sus obligaciones, responsables y honorables, les aseguro que así responderán. Ejemplos hay muchos: los Aché de Puerto Barra, los Aché de Kuetuvy, los campesinos de Cuatro Vientos, los productores de la cadena láctea de Yhu, Vaquería, San Joaquín, los indígenas que están produciendo remedios medicinales en San Pedro… Si ellos pueden, ¿por qué el resto de los productores no?

Porque las élites de los sectores gremiales y del gobierno, permiten que así sea. Porque conviene tener a gente necesitada. Porque así manejamos su desesperación en beneficio de nuestros intereses.

Así nomás es. Hace muchos años. Es hora que deje de serlo. Abramos los ojos nosotros y a ese pueblo que está dormido y con el amor propio por el suelo.

 

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