Di Caprio y el Tío Sam

Posteado por Pepe Costa el 25-04-2017

Hurreros, prebendarios y zalameros que se congregaron en la ANR aplaudieron “como si fuera Leornardo Di Caprio en Titanic” al presidente Cartes. Lo hicieron un día después de que éste haya “renunciado” a su hipotética pero inconstitucional candidatura presidencial para el 2018. ¿Qué pasó para que esa carta de la renuncia haya aparecido sorpresivamente en el mazo de naipes jugados tan significativamente con viento a favor del propio Cartes? ¿Por qué renunciar cuando había una “mayoría” a favor de la reelección en el Congreso y todo apuntaba a lograr “que la gente decida”?

/ Captura de pantalla

Hay quienes piensan que la reculada de Cartes fue provocada por las manifestaciones ciudadanas en contra de su ambición reeleccionista. O por la cruenta consecuencia de los sucesos del “viernes negro”. Más allá de la innegable fuerza de las expresiones cívicas contra el plan reeleccionista, hay detalles que no parecen dar contundencia a esta interpretación, más adobada quizás de romanticismo que impregnada de rigurosidad analítica.

Veamos. El fuego cruzado en el escenario político respecto al propósito reeleccionista viene de hace tiempo. La última semana de marzo alcanzó su punto crucial con la avanzada de una mayoría circunstancial en el Senado que no dudó en forzar la situación con acciones antijurídicas y antiparlamentarias para promover el proyecto de enmienda constitucional. Las violentas manifestaciones del 31 de marzo revelaron el alto grado de crispación existente. El incendio del edificio del Congreso fue una impensada metáfora realista. Y el crimen de Rodrigo Quintana, un lamentable desenlace, previsible en medio del caos y la violencia generada.

Pero Cartes no dio muestras de “renunciamiento” ni ese día ni al día siguiente. Al contrario, insistió en arrojar gasolina al incendio iniciado, con mensajes ambiguos, mostrando lágrimas de cocodrilo públicamente y alentando privadamente, mediante sus allegados, a la continuidad del plan reeleccionista. Las “medidas políticas” frente a la violencia y el crimen de un joven opositor, fueron apenas protocolares.

El “relato oficial” trató de imponerse a ritmo de ruedas de prensa y redes sociales, pero la tecnología de cámaras y grabaciones terminó por desbaratarlo. Por acción o silencio, entretanto, la ruta de la enmienda seguía con su amenaza de violencia y quiebre institucional. Y el socio y cómplice en la onanista aventura, Fernando Lugo, hizo lo propio con su acostumbrado cinismo enjuagado de hipocresía y pusilanimidad. La izquierda neostronista, entretanto, se enredaba en su discurso kele’e hilvanando antípodas ideológicas en función a los apetitos zoqueteriles.
La “renuncia” vino 17 días después de los eventos sangrientos y 15 días después de la multitudinaria manifestación pacífica contra la enmienda. ¿Tanto tiempo necesitó HC para “reflexionar”? ¿Tanto tiempo precisó el reclamo popular para hacer efecto en el ánimo presidencial? ¿O hubo algún factor más “convincente” que fue pergeñándose en ese lapso para obligar al sorpresivo anuncio –hecho vía twitter- a las 15:29 del 17 de abril?

Para nadie resultará irrelevante la intervención que hubo de parte del Vaticano y del Gobierno de los EEUU en esta crisis. La Iglesia adoptó una posición decididamente protagónica: liderazgo moral en el diálogo convocado a iniciativa del Ejecutivo, presencia repetida del presidente de la Conferencia Episcopal y del propio Nuncio en Mburuvicha Roga, y por si fuera poco, contacto directo del Vaticano con el Presidente.

El protagonismo del Tío Sam fue también significativo: Un comunicado muy directo y con indisimulado párrafo de molestia y reclamo, así como el urgente y no previsto envío de un funcionario clave para una sugestiva agenda de reuniones.

El resultado está a la vista. Quizás no haya certeza total sobre cuál de los tres factores –movilización ciudadana, intercesión vaticana o presión yanqui- obró el “milagro” del renunciamiento o fue principal para su concreción. Pero en el caso del último elemento –la presión e intervención directa del gobierno del Norte- no puede uno ser ciego y dejar de considerar las notas altas de vulnerabilidad que los antecedentes comerciales y financieros del “empresario Cartes” aportan, cual destino irremediable, al “presidente Cartes”. Sospechas o negocios de por medio, “algo” significativo parece siempre haber habido como telón de fondo en esa relación.

Si las circunstancias y los hechos llevan a coincidir en que dicho factor fue el esencial para la decisión presidencial, estamos ante un problema parcialmente resuelto (el de la tensión política interna, aunque todavía debe desinflarse del todo con el retiro del proyecto de enmienda), pero a la vez, estamos ante otro problema evidenciado: un escenario particularmente preocupante para una real soberanía en el ejercicio del gobierno nacional en los próximos tiempos.

¿Será el Tio Sam el que, de ahora en más, marque las pautas de lo que resta de la travesía del Titanic cartista? No lo podemos saber ni adivinar, aunque sí podemos ver sus consecuencias si ello resultara así.

Di Caprio, en aquél laureado y romántico filme, no logró resistir ni llegar a la otra orilla. El frío del océano terminó por acabarlo y dejarlo hundir en sus entrañas. No quisiéramos creer que tantas metáforas quepan y se encarnen en nuestro escenario político… aunque, en política criolla, más aún con Cartes, nada puede descartarse…

 

Reportar error

Enviar a un amigo