El “homo videns” y los miedos de los totalitarios

Posteado por Pepe Costa el 10-04-2017

El fallecimiento del eminente pensador y politólogo Giovanni Sartori quizás haya pasado desapercibido para muchos en nuestro país, inmerso en estos días en una grave y peligrosa crisis política. Una de sus principales teorías, la del “homo videns” –versión deteriorada del “homo sapiens” por efecto del endiosamiento de la Imagen- y la “sociedad teledirigida” como consecuencia de dicho endiosamiento y el poder alcanzado por la Televisión, nos dan suficiente base para entender algunos aspectos de los últimos acontecimientos.

/ José María Costa

Sartori, fallecido hace unos días a los 92 años de edad, sostuvo en aquél análisis que la capacidad del hombre se ha deteriorado por el incrementado consumo de la imagen y el abandono paulatino de las habilidades relacionadas al pensamiento simbólico. En ese análisis, llegó a vaticinar el auge de la “video-política”. Pero sobre todo, hizo hincapié en el absoluto poder que tendría la imagen para formar opinión pública, o para manipularla según el caso, y cómo, por eso mismo, ella sería un elemento sustancial a considerar por quienes quisieran acceder al poder o mantenerse en él. Si pudiera, el poderoso, contar con la imagen para su propio beneficio, la ensalzaría y utilizaría sin empacho. Si no, la reprimiría y suprimiría, por “peligrosa”.

Algo de esto nos empezó a reverberar en la mente cuando, en esta luctuosa semana para la democracia paraguaya, conocimos los detalles de la particular furia con la que más de una veintena de periodistas, reporteros gráficos y trabajadores de prensa fueron atacados, golpeados, agredidos y heridos por parte de fuerzas policiales en el marco de las manifestaciones políticas del pasado 31 de marzo. Pero no sólo ellos, sino también ciudadanos que coyunturalmente tomaban imágenes con sus teléfonos móviles de la represión policial, siendo o no parte de la manifestación, fueron brutalmente reprimidos, e incluso algunos hasta detenidos y torturados, como fue el caso denunciado por un abogado que fue sacado de una propiedad privada por un pelotón policial mientras filmaba los hechos de represión.

También se ratifica el poder de la imagen con las pruebas que van surgiendo con respecto al asesinato del joven dirigente opositor Rodrigo Quintana. Las imágenes del circuito cerrado del local –ilegalmente atracado por fuerzas policiales- y sobre todo, las imágenes captadas por reporteros que lograron ingresar a la sede partidaria, son un mentís para el “relato oficial” que quisieron construir desde el Poder Ejecutivo. En paralelo, sin otras imágenes que daban cuenta de los pasos dados por el supuesto asesino de Rodrigo horas antes, tal vez otra farsa oficial hubiera sido imposible de desarticular.

La mentira tiene patas cortas. Y con imágenes, aún más.

La prensa, por eso, constituye un “peligro” para quienes transitan por los caminos de la ilegalidad y la arbitrariedad. Por algo, cuando una dictadura se instala –o cuando está anidándose el “huevo de la serpiente”, como ocurriera en la Alemania nazi- los primeros que sufren ataques sistemáticos son los periodistas y los medios de prensa “no alineados” al poder y sus ambiciones.

El ataque, los balines de goma, las garroteadas, los golpes a periodistas y trabajadores de prensa el día 31 de marzo no son “casualidad” ni accidente, ni pueden entenderse como “gajes del oficio”. En realidad, son la expresión de un poder político al que le molesta ver en el espejo su propia imagen: la de una autocracia en ciernes que busca su propio provecho por encima de todo y todos.

Las cámaras fotográficas o de TV son armas peligrosas para los tiranos. No las quieren, más aún si están en manos de la prensa. Y quienes portan y usan esas cámaras, son enemigos declarados, así como también quienes pueden dar testimonio de las tropelías que, en sus afanes sectarios y totalitarios, están dispuestos a cometer.

Así de fácil es, con apenas este detalle, saltar de la sospecha a la profunda convicción de que los afanes dictatoriales vuelven a rondar por nuestra infortunada historia política.

 

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