Ejército huérfano busca nuevo comandante

Posteado por Ana Rivas Tardivo el 05-02-2013

Unace no es un partido político. Unace es la herramienta que Lino César Oviedo concibió para mantenerse al mando de un ejército.

Porque Oviedo no era un demócrata que concibe la lucha interna como una competencia. Es más: él no quería competir de forma alguna, ni que se ponga en duda su liderazgo. Su estructura mental no se lo permitía, había sido instruido para cumplir órdenes pero principalmente, para darlas.

Es por eso que  a causa de su ambición política y su enfrentamiento comercial con el Presidente al que él había contribuido en gran medida a imponer en el sillón de López, fue defenestrado de las Fuerzas Armadas y no concibió otra forma de liderazgo que aquella que era su impronta: ordenar, mandar, exigir, imponer. Oviedo no creía en la democracia ni en la política concebida como el bien colectivo. Oviedo creía en el pragmatismo de una visión unilateral de las cosas donde el criterio correcto era exclusivamente, el suyo.

Oviedo consolidó un grupo donde desde el inicio coexistieron dos vertientes: una, la política, conformada con quienes quizás sinceramente creyeron en su discurso aperturista y liberador dentro del Partido Colorado, por entonces capturado por el argañismo y su estilo clasista de dirigir la vida interna partidaria. Un grupo que se rebeló ante los Frutos, los Peñas y otros conspicuos “monarcas” de la vida y estructura internas, vigentes aún en el hoy ya lejano 1992. Entonces, el movimiento Unace fue como una rebelión de las masas frente a los antiguos jerarcas. Allí, Oviedo unificó a los marginales partidarios, los operadores de las periferias, los relegados de las reuniones, los preparadores de asados y cebadores de tereré. Los llamó “colorados éticos” y les dio una razón para seguirlo: asegurarles que capturarían el poder.

Pero Oviedo se movía también en otra vertiente, la más clandestina y sobre la cual hasta hoy sólo se intuye, porque es de ésas que no dan recibo ni declaran en Hacienda. Es la de los socios en negocios de toda índole, la que consigue favores por voluntad o por presiones, la que establece lazos de compromisos silenciosos, pero poderosos. No son pocos los jefes de reparticiones públicas que pueden comentar de llamados imperativos y pedidos de “favores” sin posibilidad de negativa. Ni hablar de las veces que se aseguró de que había sido quien se alzó con negocios, propiedades y tributos de jerarcas a quienes había servido en otras épocas. En esta vertiente no entraban los “pynandi” que hacían vigilia por su libertad a cambio de una exigua paga, durante meses, en las esquinas de Asunción; aquí se codeaba con condes, terratenientes, importadores, poderosos ganaderos y maquiavélicos comerciantes. Aquí no entran las mujeres disfrazadas de paraguaya, cargando cuadros de la Virgen de Caacupé.

Pero ambos sectores lo protegieron y lo siguieron durante su azarosa vida política, signada por la ambición y la autoreferencia. También hay que señalar que hubo dos etapas en la vida política de Oviedo: una, antes del asesinato de Luis María Argaña y otra, después de su paso de años por la prisión militar de Viñas Cue.

Si antes había llevado todo por delante, llegando hasta las consecuencias más extremas por imponer su verdad, con la liberación decretada por Nicanor Duarte Frutos surgió un líder no sólo de mayor edad y temple, sino con una estilizada habilidad de utilizar las reglas de la democracia a su favor. Dejó de pelear y combatir y optó por negociar y acordar. Así, el antiguo golpista se mimetizó en el proceso manteniendo formas seudodemocráticas, que sirvieron perfectamente en una clase política  donde no hay compromisos ni principios, sino cuoteos y repartijas. Su verticalismo afloró en la última interna, donde desplazó con amigos de negocios a antiguos caudillos y operadores de calle de las listas para el Congreso. Su nuevo estilo le vale hoy, ser honrado con días de duelo y banderas a media asta por prácticamente los mismos que en el 99 lo repudiaban y obligaron a un periplo de refugiado por el Mercosur.

Oviedo fue un elemento tóxico durante casi 30 años para la vida política paraguaya, un representante de la antigua tradición autoritaria y un líder de dudosa calidad para la democracia. El accidente que le costó la vida se lleva no sólo al caudillo, sino a todo un estilo de hacer política. Un estilo que las nuevas generaciones deben empeñarse en superar.

 

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