Colombia: A la sombra del proceso

Posteado por Médicos Sin Fronteras (MSF) el 30-08-2017

En los municipios costeros de Buenaventura (Valle del Cauca) y Tumaco (Nariño), en el oeste de Colombia, frente al Pacífico, los altos niveles de violencia persisten a pesar del fin de 50 años de conflicto con las FARC-EP.

/ MSF

Por ello, en pequeñas comunidades como estas, donde el 65% de la población vive en condiciones de extrema pobreza y sin acceso a servicios básicos, la atención psicológica es urgente y fundamental, y debe implementarse de forma integral.

Aquí, la presencia cada vez mayor y la influencia de las organizaciones criminales y de otros grupos armados provocan un gran número de amenazas, homicidios selectivos, secuestros, desapariciones, acoso, extorsión y restricción de movimientos.

"Aquí la violencia se ha normalizado tanto que mucha gente está convencida de que es lo que les ha tocado, lo que tienen que vivir. Están resignados"

Un tipo de violencia con "un claro impacto en la salud física y mental de las poblaciones de Buenaventura y Tumaco", explica Juan Matías Gil, coordinador general de Médicos Sin Fronteras (MSF) en el país. Según él, las situaciones y necesidades de los pacientes que hemos visto pueden servir como "una aproximación plausible de la realidad en áreas urbanas y rurales de muchas provincias de Colombia".

LAS SECUELAS DE LA VIOLENCIA

Una realidad que MSF ha podido ver durante dos años de trabajo en ambos municipios, entre 2015 y 2016, periodo en el que nuestros equipos han recogido datos de más de 6.000 pacientes.

Según las consultas de nuestros psicólogos y médicos, la exposición a eventos violentos y factores de riesgo ha provocado en la población depresión (25%), ansiedad (13%), trastornos mentales (11%) y estrés postraumático (8%).

Pero, además, la violencia es contagiosa. Muestra de ello es el caso de una mujer que vino a una consulta de Buenaventura con sus tres hijos.

"El pequeño había perdido tres años seguidos en el colegio, el mediano robaba todo el tiempo, y el mayor solo quería conseguir un arma y meterse en un grupo armado. Y la mamá, claro, sufría depresión", relata Brillith Martínez, una de las psicólogas de MSF en Buenaventura.

Sin embargo, cuando fue desgranando la historia, pronto descubrió que estos tres niños llevaban tres años viviendo al lado de una 'casa de pique' –un lugar donde llevan a los que desaparecen
para matarlos y luego desmembrarlos; así se esconde mejor el cuerpo-. En su barrio, además, los asesinatos eran rutina y, cada vez que salían a la calle, se topaban con un muerto.

"Esa mujer nunca se planteó que ella o sus hijos recibieran tratamiento psicológico. Solo acudió a nuestra consulta cuando ya no sabía qué más hacer. Pensaba que, dejando atrás la violencia, todo pasaría. Aquí la violencia se ha normalizado tanto que mucha gente está convencida de que es lo que les ha tocado, lo que tienen que vivir. Están resignados", añade la psicóloga.

SIN TRATAMIENTO

En la actualidad, la atención a las necesidades en salud mental de la población es inadecuada y deficitaria, ya que solo puede encontrarse en las principales ciudades: los centros de salud de las poblaciones más pequeñas o apartadas no cuentan con estos servicios, con lo que parte de la población se queda sin recibir el tratamiento que necesita.

"No hay psiquiatra en Buenaventura", sentencia Brillith. "Si una persona necesita atención psiquiátrica debe ir a Cali, a dos horas y media por carretera. La mayoría de los que viven aquí no pueden permitirse el viaje. Así que finalmente muchas de las víctimas se quedan sin recibir un tratamiento integral", explica.

Así, solo el 9% de los casos de violación fueron tratados dentro de las 72 horas posteriores al incidente, lo que limita la eficacia del tratamiento médico y aumenta el riesgo de enfermedades de transmisión sexual y embarazos no deseados.

 

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