IPS, al desnudo, sin pudor

Posteado por Mirtha González Schinini el 11-10-2013

Los enfermos están por todas partes, hombres, mujeres, todos juntos en salas y pasillos en Urgencias. No hay lugar para poner un bolso, y las enfermeras no quieren que los familiares se queden allí, porque esencialmente no hay espacio.

Trato de entender con qué criterio se agregó a un montón de gente a la ya abarrotada nómina de asegurados, mientras a un señor mayor lo están aseando a la vista de todos, y a su lado una señora necesita orinar, pero no hay chatas, por ningún lado. ¡Un solo baño para hombres y mujeres fuera de la sala donde estoy!

Los pisos están pelados, las paredes manchadas, los cielorrasos con humedad. Una y otra vez se limpia, pero el aspecto de deterioro impacta y deprime. ¡Tiene que usar guantes! me dice uno de los guardias, que están en todas partes dando una extraña sensación de “seguridad” en la más absoluta orfandad. 

¡Acompañante! grita una enfermera en la puerta, es que “hay que ir a comprar   medicamentos porque IPS no cuenta con estos”. Son siete ampollas de G. 50.000 cada una.

El viento helado de Trinidad me empuja a la farmacia donde me sacuden con el costo, y es solo el principio.  Esta noche hace frío y una señora pide algo más que la sábana, pero la manta nunca llega, y tampoco la cena. ¿Es que se olvidaron de nosotros? O los que están en urgencias no tienen hambre.  Toda una vida de aporte y una atención médica que es buena, porque hay camilleros, doctores, limpiadores muy jóvenes que no pierden la paciencia con los pacientes y hacen lo humanamente posible. Los parientes horrorizados se roban las chatas como si fueran joyas, hay una  circulación de virus, sangre, materia fecal, todo a la vista.  

 Estamos en el Instituto de Previsión Social, un hospital de guerra, que según me dice una doctora en la época de Lugo se abrió a miles de asegurados nuevos, que hace que los aportantes antiguos se sientan disconformes. Porque al final para qué sirve que a uno le saquen tanta plata del salario si el día que recurre al IPS se siente como el último pordiosero, dependiendo de la caridad. Y si eso parece algo baladí, pensemos en la cantidad de bacterias que andan en lugares atestados. En el mismo salón están un operado, un afectado de pancreatitis y un afiebrado. El respeto al pudor del que se habla en medicina es un chiste. Es una sensación extraña, una mezcla de: “así nomás luego es con peor sería si no tuviera seguro”. Pero hay que pagar, cada mes, sin falta y sin atraso.

Ahora son más los asegurados, y el muro de los lamentos es insuficiente para tanta indignación, la salud y la vida son un milagro.

 

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