Esa noche de mierda

Posteado por Daniel Ortiz Blog el 24-03-2016

Me ardía la parte abdominal y casi no escuchaba. Noté sangre en parte de mi camisa, mínimamente perforada. Esa explosión más fuerte del "12x1", a centímetros de mi abdomen, no solo me dejó sin audición en el oído izquierdo, sino me provocó una quemadura. Ese ambiente en la Plaza era cada vez más de fantasía. La falta de sueño por varios días de guardia, que obligaba ese maldito marzo del 99, ya pasaba factura a mi cerebro. Parecía que alucinaba. Los zumbidos sobre nuestras cabezas eran de balas, había sido, pero hasta muy entrada la noche de ese viernes nadie se lo imaginaba.

/ ABC Color

El combate con pirotecnia entre oviedistas y jóvenes, en donde recibí mi parte, de repente se convirtió en una contienda desigual con la entrada del plomo. Desorientado aún por la explosión que afectó mi oído me encontré sin ningún colega reportero gráfico a mi lado. Siempre andamos juntos en este tipo de coberturas, pero esa vez nos dispersamos. Un joven, de los miles que estaban protestando, se preocupó al ver la mancha de sangre que mostraba mi camisa a la altura de la quemadura. "Te hirieron amigo? Vamos que te atiendan", dijo mientras me guiaba a una ambulancia en la esquina de Paraguayo Independiente y Alberdi. Los dos paramédicos designados a esa unidad hacían lo imposible para atender a una docena de heridos. Hacía horas que pedían refuerzos por radio, pero nadie venía.

Al ver mi equipo fotográfico, uno de los socorristas dejó al paciente que atendía y se me acercó. "Vos sos periodista?", me preguntó gritando. Sí, le dije pensando que por eso se ocuparía más rápido de mi dolencia, pero me equivoqué. "Decile a tus compañeros de radio que acaba de ir un herido de bala. Llegó muerto a Primeros Auxilios. Acá están disparando de verdad. Decile que digan por radio para que la gente salgan de la plaza o va haber más muertos. Anda rápido", me pidió. Este está loco. Está inventando, me dije por dentro. Pero como una bofetada de realidad, un segundo después varios jóvenes acercaron a la misma ambulancia a un señor con una herida de bala en la pierna.

"Chore", me dije y sin pensar fui corriendo hasta la Casa de la Cultura, de donde provenía el "baleado" con quien recién me había cruzado. Ya en mi ida veo a lo lejos que una persona operaba uno de los tractores de la Municipalidad de Asunción en inmediaciones de aquel edificio histórico. Este tipo va atropellar la barricada oviedista de Benjamín Constant y 14 de Mayo, pensé al apurar mis pasos. Al llegar me di cuenta que no había ningún plan audaz, sino el objetivo era bajar a un herido de la terraza de la centenaria construcción.

Después de varios minutos, el improsivado operario entendió como manejar la pala del tractor y fue así como hizo mirar hacia el cielo la plancha de hierro de la maquina. Miré también hacia el techo y observé como dos jovencitos ubicaban desesperados a su compañero caído en la pala convertida en camilla. El brazo mecánico comenzó a bajar lentamente y preparé mi EOS 5 (la cámara Canon que usaba en ese entonces) para hacer la toma. Apenas veo en mi cuadro al herido apreté el disparador. Fueron 4 cuadros en un segundo, pero el flash solo reaccionó 3 veces. Usaba diapositiva de 100 asa. Esperé dos segundos para que recobrar mi luz artificial y de vuelta otro disparo. Nuevamente se imprimieron 4 fotogramas, pero el flash solo me ayudó en uno. "ABC, pará carajo o te mato. Desaparecé de acá oviedista de mierda", me dijo nervioso uno de los amigos del asistido. De inmediato bajé la cámara y me concentré solo en observar la escena. Ese joven yacía en el piso con una herida de bala en la cabeza. Acudió al llamado y terminó con el cráneo perforado por un proyectil. Esto no puede ser verdad, pensé.
 
Entré en razón y me di cuanta que ya era muy tarde. Corrí hasta el Panteón de los Héroes donde un móvil de mi diario sin logotipo esperaba. Entregué al conductor el rollo para que lo lleve al laboratorista. ¿Por qué un móvil sin el distintivo de ABC? En ese entonces la linea editorial jugaba en contra de los que estábamos en la calle. Eramos oviedistas, sin serlo. Soportábamos insultos y amenazas por las posiciones de nuestro director, Aldo Zuccolillo. Era parte de este juego, nos decían los jefes cuando reclamamos por nuestra seguridad.     
Fui de nuevo a la plaza a buscar a mis colegas de los otros medios. Los reporteros gráficos veteranos ya organizaron para movernos "en manada", lejos del alcance de los francotiradores. Los fotógrafos teníamos que cuidarnos entre nosotros y que "ningún nuevo"  se haga el loco. Para ese momento ya sabíamos de los muertos, casi todos jóvenes.
En esa madrugada del sábado pensábamos que el sacrificio de esas vidas por lo menos iban a colaborar para un Paraguay mejor. En esas primeras horas del "día después" el rumor de la renuncia del entonces presidente Raúl Cubas era cada vez más fuerte. Un nuevo gobierno sin Lino Oviedo, pensábamos esperanzados. Que ilusos eramos, lo que se vino fue igual o peor. La clase política no solo promovió la muerte de jóvenes, sino también extinguió el espíritu combativo de una generación.
 
 

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