La chica que vivió aún después de la muerte

Posteado por Estefanhy Ramírez el 16-01-2017

Carolina tenía una licenciatura terminada y una inacabable lista de sueños por cumplir, cuando los resultados de unos estudios de rutina le revelaron la noticia que asimiló con mucho dolor, pero también con mucha valentía.

Si aquella lluvia tenue pero incesante no me detenía ese viernes por la noche en una oscura esquina del barrio Sajonia, no lo hubiera conocido. Me dio un poco de temor cuando me dijo: “mi hija, te vas a mojar todo. Venína sentate un ratito acá hasta que escampe”. Sin embargo, aunque desconocido, algo en sus ojos me inspiró una confianza, una familiaridad que recién después comprendería a la perfección. Con una calidez y amabilidad que me hacían sentir como si me conociera, me preguntó que hacía sola en las calles a esa hora de la noche. Le comenté que acababa de rentar un nuevo departamento en el barrio y que en pocos días más sería su vecina.Inmediatamente me ofreció su ayuda para todo lo que necesitara y a partir de ahí se soltó en una confianza que fluyó naturalmente para contarme la historia de Carolina, la hija amada a la que la muerte arrancó de sus brazos a los 25 años de edad.

“Vos tenés casi la misma edad, por eso me la recordás tanto”, me confesó, y siguió un relato que yo no forzé, al darme cuenta de lo doloroso que era. Sin embargo me impresionó la calma con la que lo contaba. En sus ojos se notaba ese dolor apasible de una herida que quizá nunca desaparezca, pero con cuya huella se aprende a seguir viviendo.

Carolina tenía una licenciatura terminada y una inacabable lista de sueños por cumplir, cuando los resultados de unos estudios de rutina le revelaron la noticia que asimiló con mucho dolor, pero también con mucha valentía.

Un cáncer implacable comenzó a invadir su cuerpo. Se lo contó a su papá de la mejor manera que pudo, para no preocuparlo, pero le lanzó una frase que reflejaría toda su fortaleza. “Papá, no te preocupes, vamos a ganar esta batalla”, aseguró antes de iniciar el tratamiento, y empezó su batalla. El camino lo inició con todo el positivismos y las esperanzas, pero, por alguna razón que no podremos explicar nunca, la vida le negó una segunda oportunidad. Su organismo no respondió al tratamiento, y el traicionero cáncer avanzó sin compasión.

Ella se dio cuenta, y quiso conversar con supapá, buscando que él acepte la realidad con calma y la dejara ir. “Papá, al final perdimos. Pero no llores, yo voy a estar bien”. Wilson no la quiso oír. La abrazó fuerte y la besó. Pocos días después, días antes del Año Nuevo, fue la despedida definitiva.

Wilson se acostó en la cama donde Carolina solía dormir y lloró hasta quedarse dormido. Fue en ese sueño que encontró resignación. Hermosa y radiante, Caro se presentó ante él y le pidió que no llorara más, que ella ya se encontraba bien.

Wilson no sabe de dónde, pero desde ese momento sintió un fuete impulso para seguir viviendo.

Comunicó a su familia que nadie lloraría en la víspera de Año Nuevo, y que a partir de ese año recordarían a Carolina con cariño y alegría. “Decidí no amargarme. Carolina siempre estará en nuestro corazón pero como familia optamos por seguir viviendo sin limitarnos por la tristeza. Y a pesar de todo, puedo sonreír, pues sé que precisamente eso es lo que ella hubiera querido”, reflexiona don Wilson, uno de los vecinos más solidarios de mi querido barrio Sajonia.

Aunque nos creamos “superpoderosos” y lejos de todos los males que les pasan a los demás, lo cierto es que todos estamos expuestos a vivir la experiencia del dolor. Pero depende de cada uno cómo afrontar ese momento, muriendo por dentro, o con una sonrisa y una mano siempre solidaria, dispuesta a mantenerse ocupada para encontrar permanente motivación, como mi querido vecino.

 

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