Moralmente inaceptable

Posteado por Ilde Silvero el 16-05-2017

El error proviene desde la propia denominación: matrimonio igualitario. Según la tradición de nuestra sociedad desde tiempos inmemoriales y según nuestra propia Constitución Nacional, el matrimonio es la unión de un hombre y una mujer. Por tanto, no es jurídicamente posible y menos aún moralmente hablar de “matrimonio” entre dos personas del mismo sexo, sean hombres o mujeres entre sí.

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No se trata de querer poner límites ni reglamentar las preferencias sexuales de las personas. Por supuesto que en los tiempos contemporáneos y en pleno ejercicio de las libertades civiles, cada uno puede tener las inclinaciones y prácticas sexuales de su gusto particular.

La homosexualidad ha existido siempre, desde los tiempos más remotos de la civilización humana. Sería tonto no reconocerlo. Existe mucha documentación histórica que demuestra las prácticas de relaciones sexuales entre personas del mismo sexo desde la época de las cavernas. Por tanto, que hoy sigan existiendo es una situación conocida y admitida por la sociedad.

El problema actual es que se pretende utilizar el concepto y la institución del matrimonio para dos personas del mismo sexo. Esto simple y llanamente es imposible porque, como lo señalamos, la propia Constitución Nacional reserva esta denominación exclusivamente para la unión de un hombre y una mujer.

Esta institución constitucional no es fruto del azar, pues la base de la sociedad es la familia, la cual está constituida por el padre, la madre y los hijos. No puede hablarse de “familia” cuando únicamente existen dos personas del mismo sexo. Esta diferencia es tan fundamental que no puede borrarse en nombre de una supuesta libertad individual y mente abierta para robar el nombre “matrimonio” que corresponde en absoluto.

También está el aspecto moral. El Estado, como sociedad organizada, no tiene porqué promocionar, proteger ni asistir legal ni económicamente a un supuesto “matrimonio igualitario” integrado por dos personas del mismo sexo. Qué educación estaríamos brindando a los niños y niñas del presente y del futuro si les inculcamos que la unión de dos homosexuales tiene la misma validez y legalidad que el matrimonio heterosexual.

No se trata de reprimir, perseguir ni discriminar a una persona por su preferencia sexual. Allí, el Estado no puede ni debe meterse. El problema surge ahora porque dos personas del mismo sexo quieren ser tratadas y tener los mismos derechos que un hombre y una mujer unidos en matrimonio. Esto es legal y moralmente inaceptable, aunque por pensar así probablemente nos traten de trogloditas discriminadores. La verdad, muchas veces, es dolorosa y molesta, pero no por eso deja de ser verdad.

 

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