“Nuevo Rumbo”, un gobierno desastroso

Posteado por Alberto Candia el 19-06-2017

A punto de concluir su mandato, colegimos que en todo este periodo, a Horacio Cartes le importó un bledo el pueblo paraguayo. A la clase pobre o necesitada lo suprimió con saña y lo aplastó como si fuera un trapo de piso. A las clases populares, solo lo dispensó si ellas se prestaban a sus fines estrictamente personales, tanto en la política como en la corrupción que lidera.

 

En todo este tiempo solo se preocupó de su parcela, de su entorno, de su reelección y de su continuidad o influencia en cualquier estamento. Mientras, para la ciudadanía fue otro tiempo perdido al contar con un gobernante malandro y funesto. Y así van sumando al poststronismo, casi tres décadas de continuismo y de adversidad para la población paraguaya, que se debate en la miseria, el desamparo, la expoliación, el hambre, la enfermedad, la violencia y la carestía extrema en todos los órdenes.

Cartes vivió su vida mirándose al espejo, nada le importó de los demás. Se encriptó en su propio delirio. Ahora ya lo conocen tal cual es: vanidoso, traidor, conspirador, persecutor, odioso, vengativo, vicioso, altanero, megalómano, rencoroso, autoritario, hereje y excluyente.

Por algo le dicen SCARFACE (cara cortada)… es que justo cuando se lanzó al éter la película de Oliver Stone en 1983, Horacio Cartes arremetía con su “evasión de divisas y dólares preferenciales” al Banco Central del Paraguay, a través de “Humaita Turismo”.

Amparado por el poder stronista y la influencia del Jefe de Policía de entonces, el general Alcibíades Brítez Borges y familia (prestanombre-socio comercial), estaba liderando una mafia de “capitales fugados” que lo llevó a la huida precipitada y a establecerse en la frontera, paraíso del hampa, donde se zambullo en el tráfico y los negocios de cigarrillos, junto a otros anexos. Alfonso Capone había seguido este mismo camino.

Así amasó una gran fortuna, dolosa y espuria. La riqueza que alardea no es fruto del orden legal, de la planificación, del trabajo tesonero, del sacrificio, de la legalidad, de la honestidad acrisolada, factores requeridos a todo ciudadano que suda el día a día.

Este mágico “Tío Rico” aparecido, temerario y poderoso, obnubiló a la clase parasitaria del Paraguay: los seudopolíticos. Y es así cuando aparecen los falsos colorados, más conocidos como “coloretes”, y lo privilegian reclutándolo para transformarse en candidato político dentro del núcleo y formato colorete-stronista.

Barriendo a todos con sus propios métodos gansteriles, llega a la presidencia de la República del Paraguay, en forma torcida y artificial, salpicada por amaños y comisiones, para establecer un régimen putrefacto y endeudador.

Desde ese momento, empezó a simular programas, a plagiar mensajes, a recurrir a clichés, a inventar leyes (para él y su grupo) y a santificarse constantemente con el Papa Francisco. Se convirtió en un mandatario de fachada, un “turista”, por ser el más viajero de entre los gobernantes nacionales. Fue un presidente para sí, no para el pueblo y mucho menos para la nación.

En todo este tiempo, HC se tornó en una burla a la civilidad. Es un hombre “flaco de ideas”, un “cero social y político”… apuesta al ilusionismo encantador como el caudillaje, el patronismo, el mandamás, que son los páramos peligrosos para un pueblo, ya que estos son los devoradores de la “voluntad popular” y los que reducen a la gente a su mínima expresión, sometiendo y deshumanizándola.

Esto se produce porque los moradores siguen ciegamente al “cabecilla” y no a las ideas o a los principios verdaderos… es el caso de los “coloretes” (falsos colorados), desde Stroessner en adelante… HC es devoto seguidor de esta línea, un fidedigno representante de este modelo artero y chauvinista… nació y creció con este arquetipo.

Así fue su acceso al poder, regalado y servido en bandeja. Pero fue lo suficiente como para que se lo conozca acabadamente. Tiene un ejército de gente cepillera a su alrededor, en todos los círculos, tanto en sus empresas, como en el fútbol y ahora en la política. Es una especie de Nerón criollo, capaz de incendiar al Paraguay.

Si se carece de valores, de causas y de un catecismo cotidiano, será imposible satisfacer exigencias públicas y generales o globales. Si no hay honestidad, sanas intenciones, patriotismo y prójimidad, es muy difícil ser un buen gobernante. No plantearse la realidad social del Paraguay como norma o parámetro, es un error táctico-estratégico de gran volumen.

Por ese motivo, este gobierno termina siendo desastroso para el pueblo y para la historia nacional. Nada llegó a la gente, solo pobreza franciscana, comercio paralizado, necesidad aguda, marginamiento generalizado, país vilipendiado por las autoridades y república atosigada por sus dirigentes… un “viejo rumbo” conocido desde siempre.

Solo la clase terrateniente, sojera, cárnica, cigarrillera y narcótica, vive en el limbo del éxito y la abundancia. HC nos trajo al Paraguay golpismo, iniquidad, consternación, inestabilidad, división, atraso, paralización, retroceso, tortura, persecución, exilio y muerte.

La clase privilegiada: los políticos, los funcionarios públicos, los entes autárquicos, los aduaneros, los fiscales, los jueces, miembros del estado (estatales), se diferencia abismalmente de la clase común, viviendo en un paraíso permanente.

Es la gran carga social creada por una política lacerante, claquista, ignorante, clientelar y servilista. Horacio Cartes echó en gorra al Paraguay, en consecuencia, su gobierno termina siendo un adefesio político, sin brújula, sin norte, sin timón, sin metas nacionales, sin nada de nada… es el “nuevo rumbo” que en su trayecto, se ha despedazado por completo.

 

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