El zapato que hacía magia

Posteado por Pedro Gómez Silgueira el 04-01-2017

“Queridos Reyes Magos: Melchor, Gaspar y Baltasar...”. Todas las cartas que escribíamos año tras año en los primeros días de enero comenzaban de la misma forma.

De cartero hacían nuestros padres quienes se encargaban de llevar aquellas esquelitas con la mejor caligrafía y garabatos a su destinatario.

 

Ansiosos, en la noche del 5 de enero, poníamos nuestro mejor calzado en la ventana esperando la llegada de los viajeros de Oriente. En el patio dejábamos una latona llena de agua y pasto cortado para los camellos.

 

Al día siguiente, nos tirábamos a mirar qué nos habían dejado y luego buscábamos por todo el patio las huellas de los camellos durante horas, buscando para qué rumbo habían partido. En más de una ocasión habrán volado mágicamente.

 

El primer regalo de reyes que me viene a la mente -el mismo que le vino a mi hermano- era un autito rojo de carrera con grandes ruedas. Especial para un rally en el patio de la casa, donde había arenales, bosques, dunas, charcos y ríos que creaban nuestra imaginación con los caminitos trazados. Como no tenían pilas, nuestros labios simulaban el rugido de motores y las bocinadas.

 

¡Cómo gozamos con aquel regalo! Y lo disfrutamos. No obstante, es casi seguro que habremos pedido otro juguete mucho más caro y sofisticado, pero eso es lo que los reyes podían llevar sobre sus camellos hasta nuestra casa. Además, llegaban ya muy cansados al interior del país y tenían demasiados niños a quienes repartir la encomienda. Nos conformábamos con la explicación que daban nuestros padres, quienes -a nuestro entender- los conocían muy bien, pero no podían revelar el secreto.

 

Tampoco entendíamos muy bien por qué nos dejaban juguetes y a los vecinitos no les trajeron. Tal vez no se portaron muy bien o no hicieron sus cartitas a tiempo. Quizás no estudiaron y tenían malas notas.

 

Incluso, en los últimos días de clases o en época de exámenes finales nos esmerábamos para obtener las mejores calificaciones con tal que los Reyes no nos dejen sin juguetes. Algunos compañeritos -no muy apegados a estudiar- nos decían que nos preocupemos porque “al fin y al cabo los reyes no existen y los juguetes que quedan en las ventanas los ponen nuestros padres o padrinos”. ¡Cómo nos enojábamos! No sabemos bien si era por ingenuidad o conveniencia.

 

Cuando fuimos creciendo los reyes ya no querían traer juguetes, sino algo que necesitábamos que justamente tenían que comprarnos papá y mamá.

 

No sé hasta qué edad nos habrá durado la inocencia de creer en los Reyes Magos. No sé si la mentira piadosa era mejor o peor para nuestra infancia.

 

Pero la vida era como un cuento de hadas, con muy poca cosa, eramos felices. Hoy lastima ver niños en las calles, abandonados a su suerte, que tal vez no vivan esa ilusión de otrora, ni siquiera por unos momentos.

 

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