10 de Diciembre de 2012

 

Las mismas zanjas en los mismos lugares

Transitando durante semanas, meses y hasta años, recorriendo un itinerario fijo de muchos pueblos y ciudades del país, uno se tropieza con las mismas zanjas, los mismos baches, en los mismos sitios, sin que a través del tiempo cambie otra cosa que el tamaño o la cantidad. ¿Es que los intendentes, concejales y jefes municipales no los ven? Esto es impensable, puesto que también recorren sus pueblos, ciudades, caminos y calles al igual que los que sí vemos y padecemos esos males todos los días. Lo que nos diferencia a los habitantes que los soportamos de las autoridades comunales, es que a nosotros nos molestan y hasta nos cuestan dinero, mientras que a ellos su existencia ni les incomoda, ni les molesta a la vista ni altera sus economías particulares.

Transitando durante semanas, meses y hasta años, recorriendo un itinerario fijo de muchos pueblos y ciudades del país, uno se tropieza con las mismas zanjas, los mismos baches, en los mismos sitios, sin que a través del tiempo cambie otra cosa que el tamaño o la cantidad.

¿Es que los intendentes, concejales y jefes municipales no los ven?
Esto es impensable, puesto que también recorren sus pueblos, ciudades, caminos y calles al igual que los que sí vemos y padecemos esos males todos los días. Lo que nos diferencia a los habitantes que los soportamos de las autoridades comunales es que a nosotros nos molestan y hasta nos cuestan dinero, mientras que a ellos su existencia ni les incomoda, ni les molestan a la vista ni alteran sus economías particulares. Les importa un bledo.

Para peor, en las ciudades mayores, además de los raudales y el paso de los años, existen agentes destructivos de mayor poder que los naturales: son las empresas públicas que rompen el pavimento o realizan instalaciones en las veredas y calzadas. Esos agentes destructivos son los peores enemigos de nuestras ciudades y de la calidad de vida en ellas.

Si se determina que un bache, una zanja, la destrucción de una vereda o la tala destructiva de árboles son producto de las intervenciones de Essap, ANDE o Conatel, por ejemplo, las municipalidades no se consideran responsables ni con la obligación de reparar los daños. Los intendentes y concejales simplemente se lavan las manos y pretenden que los vecinos vayan a quejarse a sus abuelas.

Pero, quienes tienen en realidad que mantener la ciudad en buen estado de funcionamiento y habitabilidad son ellos y solamente ellos, por la obligación que les impone el cargo que ejercen, para el cual se postularon y fueron votados.

Sin embargo, lo primero que hacen los intendentes y concejales al asumir sus funciones (salvo honrosas excepciones) es incorporar a decenas o centenas de nuevos funcionarios, escogidos de entre sus correligionarios o de parientes y recomendados de los caudillejos de barrio, de los operadores electorales, o por compadrazgo, parentesco o afición personal.

Naturalmente, en estas condiciones no hay presupuesto que aguante, y las obras de beneficio público no pueden ser ejecutadas por una administración exangüe, ordeñada hasta la última gota de dinero, por los funcionarios, contratados y planilleros que están colgados de las tetas municipales.

De entre estas miles de personas que perciben salarios municipales, no es posible conseguir un diez por ciento que sea capaz de salir a las calles a tapar baches, a repavimentar pequeñas áreas, a reformar ochavas, a remover obstáculos, a manejar una carretilla para remover pequeños montones de desechos o de escombros. Nada de nada. Cobran su salario, unos para quedarse en su casa sin hacer nada, otros para dedicarse a sus actividades particulares, y los que concurren a las sedes municipales, para sentarse en oficinas con aire acondicionado y pasarse la mañana hablando por teléfono, usando las computadoras para divertirse o tomando tereré en rueda de amigos, todos igualmente holgazanes, ineptos y faltos de toda ambición en la vida.

Es la escena más patética que uno pueda imaginar y la más deprimente, porque pinta de cuerpo entero la pobreza mental de tantos de nuestros intendentes y concejales, su pésima condición moral de funcionarios ineptos, negligentes, desinteresados y faltos de todo sentimiento de solidaridad comunitaria.

La mayoría de ellos, no obstante, cada vez exigen más dinero. Impulsan el incremento de impuestos, tasas y contribuciones, inventan proyectos de obras públicas que nunca concretan o culminan porque están exclusivamente destinadas a conseguir los famosos royalties de Itaipú, la gran vaca lechera que, junto con alrededor del 90% de las recaudaciones tributarias, son despilfarrados para alimentar a los centenares de parásitos que vegetan en las oficinas municipales o cobran salarios sin siquiera concurrir a ellas.

Estos políticos no van a corregirse. ¿Por qué? Hay que repetirlo: porque el sistema político prebendario y clientelista funciona así y quien no se ajuste a sus reglas no tiene cabida, es expulsado por el mismo sistema.

La única que tiene la llave de las soluciones a estos problemas es la ciudadanía. Si los habitantes de cada municipio observan y vigilan a sus autoridades municipales, detectan sus vicios y los de la institución, podrán encontrar las maneras de corregir sus males. Por último, es preciso entender que a lo único que los políticos en funciones públicas le tienen pavor –por cierto, no es a la ley ni a la prensa ni al descrédito– es a no ser reelectos.

La ciudadanía tiene en sus manos la llave para no reelegir a corruptos, inútiles y negligentes; es una actitud contra todo sentido común que no haga uso de ella. Si se los reelige, entonces la culpa por los males señalados debe ser compartida entre pésimos funcionarios y la indiferente ciudadanía que permitió tal reelección. En estas condiciones no hay que quejarse si los años pasan y las mismas zanjas estén en los mismos lugares.

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