Las declaraciones vertidas recientemente por el sacerdote Bernardo Cristaldo Mieres, párroco de Choré (departamento de San Pedro) y hermano del líder guerrillero Manuel Cristaldo Mieres, son ecuánimes y deben ser tomadas en consideración. Una de las armas más eficientes para combatir al Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP) en la zona norte del país es mediante la múltiple implementación de políticas sociales que rescaten a la gente de la región de la pobreza y la ignorancia en que se debate su existencia. Esa es la cuestión de fondo que debe ser priorizada, desde luego, sin dejar de atender lo atinente al problema de seguridad que en sí mismo representa el accionar de los terroristas.
El religioso lamentó que la inacción del Gobierno en materia de combate a la pobreza y promoción de la educación se constituya en la excusa que le permite al EPP extender su criminal actividad irregular en los departamentos de San Pedro y Concepción. “Hay que atacar también al Estado, porque con su inacción alienta a que el EPP siga ganando adeptos. Este Gobierno no ataca la pobreza, es indiferente, cae en una desidia casi criminal, ignora a la gente pobre”, apuntó Cristaldo Mieres.
Que el departamento de San Pedro ha sido prácticamente abandonado por los sucesivos gobiernos, es una realidad manifiesta que ya ni siquiera sorprende, aunque indudablemente indigna. Sabiendo perfectamente que se trata de una de las jurisdicciones políticas menos favorecidas del país, lo lógico hubiera sido que las distintas administraciones del Estado enfocaran su acción en esa región, impulsando las políticas que tendieran a paliar los graves déficits existentes en materia social y también productiva.
Hace rato debieron haberse orientado suficientes recursos financieros en la construcción de escuelas, hospitales y viviendas, así como en la formación de los jóvenes que requiere la producción agrícola moderna para poder ser cada vez más competitiva. La infraestructura vial también debió ser un componente priorizado, y es de esperar que el próximo gobierno atienda de manera preferencial este cúmulo de necesidades.
El EPP es un problema de seguridad para el Estado, es verdad, y como tal debe ser enfocado por el Gobierno. Pero al mismo tiempo subyacen cuestiones de fondo que reclaman la atención de las autoridades, de forma que se vayan eliminando las condiciones que por desesperación o por miedo generan en la población de la región eventuales apoyos a la funesta actividad subversiva.
Desde luego, nada puede justificar la violencia, el atropello a la propiedad privada, el robo, el secuestro, el asesinato de personas inocentes, la persecución por cuestiones ideológicas. Nada, ni siquiera las más profundas convicciones políticas. Entre otras cosas, porque la violencia solo termina engendrando más violencia.
De hecho, así lo entiende muy bien el padre Bernardo, y así lo expresa cuando envía un público mensaje a su hermano Manuel, instándolo a deponer el uso de la violencia como sistema de reivindicación política. “Manuel, hermano, quiero decirte que esta no es la forma de solucionar los problemas del país, no es el método. Nuestros padres que se sacrificaron tanto no te educaron para esto”, manifestó el clérigo en una misiva plena de sentido y de emoción.
“Yo solo cumplo mi misión como hijo de Dios y no tengo tiempo para ocuparme en otras cosas. Obviamente, los que más sufren son mis padres. Queremos que Manuel deje las armas, que se entregue, porque preferimos visitarlo en la cárcel y no en un cementerio”, añadió, en su dramático mensaje.
Este es, sin duda, el enfoque correcto. El camino para la solución de los grandes problemas del país no es la violencia. Las armas no deben ser nunca una opción. No solo porque constituyen un enfoque equivocado e inmoral en sí mismo, sino porque solo contribuyen a multiplicar los dramas que con ellas pretenden combatirse, sembrando duelo y muerte por doquier.
Por lo tanto, urge que los principales representantes del Estado reflexionen acabadamente sobre la gravedad de la responsabilidad que los incumbe, y que generen las acciones necesarias para evitar por todos los medios a su alcance que poblaciones enteras del norte del Paraguay continúen debatiéndose en la pobreza extrema, faltas de lo indispensable, carentes de toda posibilidad de promoción cultural y de participación en la vida social y política de su región.
El país ya no soporta el escandaloso e incesante aumento de la brecha entre quienes lo tienen todo y los que, por falta de la atención prioritaria del Estado, no tienen absolutamente nada. No permitamos que la inequidad siga lastimando la conciencia colectiva del pueblo paraguayo.