13 de Julio de 2009

 

Convergencia y divergencia en la educación superior

El 19 de junio de 1999, 29 países europeos firmaron la famosa Declaración de Bolonia. Se dieron cuenta de que la unidad europea pasaba por tener un proyecto común, una moneda común, un mercado común, un parlamento común y también una convergencia de los sistemas de educación superior donde básicamente todos coincidan en sus estructuras de acreditación, en sus cargas horarias y de créditos, en los niveles de competencias de profesores y de exigencia académica a los estudiantes.

En este momento son por lo menos cuarenta países los que han suscrito dicha declaración y están comprometidos en esa dinámica de integración.

Se han propuesto “crear un sistema de grados académicos fácilmente comprensibles y comparables, fomentar la movilidad de los estudiantes, docentes e investigadores, garantizar la calidad de la enseñanza y tener en cuenta la dimensión europea de la enseñanza superior”. Tienen previsto completar el proceso en el 2010.


Dos años después, el 19 de mayo firmaron el “Comunicado de Praga” para insistir, entre otros aspectos de la integración, en la necesidad de la formación continua con el propósito de mantener a Europa a nivel de competitividad mundial.


En el 2003 los ministros encargados de la educación superior de Europa en la Conferencia de Berlín destacaron la necesidad de reforzar la investigación, la formación en investigación y el fomento de la interdisciplinariedad para sostener y mejorar la calidad de la enseñanza en la educación superior.


Sucesivamente los ministros de Educación europeos han seguido reuniéndose en Bergen el año 2005 y en Londres el 2007, en sus respectivos meses de mayo, para seguir promoviendo el proceso de convergencia hacia una progresiva integración, siempre con el objetivo de mejorar más y más sus universidades y las otras instituciones superiores.


Sus últimos informes confirman el éxito de este proyecto. Mientras Europa camina hacia la convergencia, exigiéndoles a sus universidades e institutos superiores cada vez más calidad, más transparencia y más convergencia, nosotros, en Paraguay, seguimos alimentando la divergencia y el caos en la educación superior.


Seguimos creando por ley más y más universidades e institutos superiores, por exclusiva voluntad de los parlamentarios, que ni siquiera se molestan en pedir informes a las instituciones consagradas para ello, como el MEC, el CONEC, la ANEAES, el Consejo de Universidades, etc., para conocer la opinión especializada y competente de los expertos sobre los méritos o deméritos de los proyectos que postulan el reconocimiento y su aprobación de creación por ley.

Una vez creadas, cada universidad esgrime su poderosa espada de la autonomía y hace y deshace a su antojo lo que le parece y vende sus cursos y carreras con cualquier carga horaria, con cualquier asistencia a las clases, con cualquier currículum y programas, con cualquier tipo de evaluación.


En nuestro país se puede hacer un doctorado en un año, en dos años con solo asistir a clase los sábados y entregar algún trabajo práctico, incluso comprando la tesis en alguno de los laboratorios comerciales de producción de tesis doctorales.


La variedad de posibilidades para lograr títulos es increíble, supera la fecundidad de la imaginación. No podemos ni debemos generalizar, porque hay universidades, institutos superiores y profesores que cumplen profesionalmente con su alta responsabilidad. Pero tenemos que reconocer que el ámbito de la educación superior es caótico. No hay ningún control. Y mientras el Estado, por la mediación del gobierno de turno, no ponga orden, los riesgos y los daños se agravan y acrecientan. Dejar al mercado la función selectiva es ciencia ficción. No olvidemos, además, que la educación no es un bien mercantil, es un bien público de trascendencia definitiva para el presente y el futuro del país. Es hora inaplazable de reaccionar y enfrentar el gravitante problema de nuestra educación superior.
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