29 de Enero de 2012
Anestesiados
Existen contradicciones difíciles de entender, o cuando menos difíciles de aceptar. Y pongo por caso la tragedia que están viviendo miles de familias campesinas del interior del departamento de Itapúa como efecto inmediato de la sequía que afecta a toda la región.
Un censo preliminar, elaborado por las intendencias municipales de los distritos más golpeados por la crisis, da cuenta de que unas 4.500 familias de escasos recursos están al borde de la hambruna porque sus cultivos de poroto, mandioca, maíz, entre otros rubros que son básicos para el sustento diario, se perdieron por efecto de la sequía. Las plantas se arruinaron y se quedaron sin nada que cosechar.
La Gobernación de Itapúa envió notas pidiendo ayuda al Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG), y pidió al Congreso Nacional una asignación de G. 3.000 millones para el Comité de Emergencia Departamental, con el objetivo de destinar ese dinero a la compra de alimentos y semillas para una nueva siembra.
Los parlamentarios, que suelen ser más rápidos cuando de resolver cuestiones de su propio interés se trata, se están tomando el tiempo para responder a la urgente solicitud. Tal vez estén esperando que la crisis acabe primero con las familias, y que el problema se resuelva solo.
Mientras esto ocurre en el interior del departamento, en la capital departamental, Encarnación, se inician los carnavales cuyo costo de organización, por lo bajo, demanda una inversión de G. 3.200 millones.
Nadie discute la importancia económica ni el impacto que tiene este evento, y su indudable trascendencia turística y comercial; pero debemos admitir que el hecho desnuda, sin ambages, las paradojas de un sistema que pasan inadvertidas para una sociedad anestesiada y autocomplaciente.
Mientras para los eventos carnavalescos de la capital sobra dinero, no tenemos el necesario para librar a miles de familias del hambre y la desesperación que los acecha y acorrala por los efectos de la sequía.
jaroa@abc.com.py
Un censo preliminar, elaborado por las intendencias municipales de los distritos más golpeados por la crisis, da cuenta de que unas 4.500 familias de escasos recursos están al borde de la hambruna porque sus cultivos de poroto, mandioca, maíz, entre otros rubros que son básicos para el sustento diario, se perdieron por efecto de la sequía. Las plantas se arruinaron y se quedaron sin nada que cosechar.
La Gobernación de Itapúa envió notas pidiendo ayuda al Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG), y pidió al Congreso Nacional una asignación de G. 3.000 millones para el Comité de Emergencia Departamental, con el objetivo de destinar ese dinero a la compra de alimentos y semillas para una nueva siembra.
Los parlamentarios, que suelen ser más rápidos cuando de resolver cuestiones de su propio interés se trata, se están tomando el tiempo para responder a la urgente solicitud. Tal vez estén esperando que la crisis acabe primero con las familias, y que el problema se resuelva solo.
Mientras esto ocurre en el interior del departamento, en la capital departamental, Encarnación, se inician los carnavales cuyo costo de organización, por lo bajo, demanda una inversión de G. 3.200 millones.
Nadie discute la importancia económica ni el impacto que tiene este evento, y su indudable trascendencia turística y comercial; pero debemos admitir que el hecho desnuda, sin ambages, las paradojas de un sistema que pasan inadvertidas para una sociedad anestesiada y autocomplaciente.
Mientras para los eventos carnavalescos de la capital sobra dinero, no tenemos el necesario para librar a miles de familias del hambre y la desesperación que los acecha y acorrala por los efectos de la sequía.
jaroa@abc.com.py





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