Baños como la gente

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En los países llamados desarrollados, muchos detalles de la organización social deslumbran, y no están exentos los baños públicos. Bien posible es alterar un conocido refrán: “Muéstrame tu baño y te diré quién eres”. Aquí en Alemania, donde la urbanidad se inculca a los niños desde muy pequeños, se distingue una estricta manera de mantener a raya la higiene de los sanitarios. Los baños públicos están impecables, salvo rarísimas excepciones. Aunque existe una ordenanza que prohíbe cobrar por el uso del baño (toilette), generalmente se abona 50 centavos de Euro (aprox. 2.700 G.) para ingresar, antes de la obtención del ticket para superar el torniquete de control de acceso. En las estaciones de servicio se deja a voluntad, en los centros de compras, se paga. Tampoco faltan quienes llegan a cobrar hasta 1 Euro (por ejemplo en la Estación Central Ferroviaria de Stuttgart, donde una señora vigilaba militarmente la entrada). Como sabemos para las mujeres un baño cercano es absolutamente necesario, de modo que en los bares tenemos el privilegio asegurado.

Con humor, ni los baños para caballeros se libran de alguna dama apresurada que los utiliza a riesgo de toparse con usuarios –en su territorio– en plena micción. Vale comentar que no se ven hombres orinando en la calle. Muchos ya lo hacen sentados en el water. Hace años una empresa alemana creó un fantasmita (Spuk) que se adhería a la tapa del retrete y además traía una serie de grabaciones para invitar a los varones a orinar sentados. Se utiliza hoy sobre todo en las escuelas y jardines infantiles. El producto trascendió fronteras.

Evitar el pago de los ticket en lugares públicos, no solo es tentación latinoamericana, también de otras nacionalidades, incluso de alemanes. Una señora de unos 50 años –con quien charlé amenamente durante un viaje–, en las paradas burlaba los controles pasando por debajo del torniquete. “Ningún problema, nadie puede prohibirme usar el baño”, me adiestraba legalmente. La falibilidad también existe en la tecnología alemana; la máquina de ticket puede aceptar tus monedas, pero no liberar el torniquete, llevándonos a filosofar respecto a si debemos volver a pagar o sentirnos con derecho a cruzar la valla bajo la mirada de los demás usuarios y/o del personal de limpieza.

Para la desinfección, existen inodoros que poseen un sistema de autolavado y control de agua; a muchos turistas les gusta filmar lo sorprendente del sistema. Pero, salvando los chiches, lo fundamental está constantemente cubierto: nunca falta papel higiénico, jabón y toallitas de papel o secador de mano, ninguna canilla pierde. Sin llegar todavía a la sofisticación de los baños japoneses, en Alemania tanto los de servicio público como privado son asunto de alta cultura sanitaria.

No me arriesgaría a afirmar la perfección de sociedad alguna, pero sí que muchos buenos hábitos ahorran enfermedad y presupuesto. Nosotros, por las epidemias mortales que sufrimos, si algo debemos imitar de países como Alemania (82 millones de habitantes) es la conducta de los ciudadanos cuidando su salud y la de los demás. No es prioridad instalar avanzada tecnología, nos basta y sobra con que los usuarios, tanto hombres como mujeres, empecemos a erradicar las pésimas costumbres. Las mamás como primeras maestras son piezas fundamentales en esta transformación sanitaria, y los papás con su ejemplo.

En tiempo de tanta promesas, esperemos que los correspondientes ministerios, gobernaciones, municipalidades, escuelas y empresas privadas se interesen en la parte que les toca y más. Paralelamente a la infraestructura, necesitamos verdaderos programas de educación higiénica y sanitaria.

lperalta@abc.com.py