Hoy esta situación no ha cambiado en el fondo, sino en la forma, pues en las reuniones internacionales se utilizan los mismos artificios para disfrazar las intenciones y la propia personalidad. En la conferencia de Brasil, los participantes adoptaron posturas semejantes a las que adoptan los plutócratas reinantes de la alta burguesía internacional, donde solo tiene vigencia el vil metal y las fructíferas transacciones comerciales al mejor postor, como en un remate de feria, pero adobada y maquillada con máscaras progresistas, populistas, igualitarias y humanistas, utilizadas para provocar la desinformación.
La verdad es que Hugo Chávez fue incluido por la fuerza en la “troika” imperante como un señor feudal de la oligarquía petrolera, donde también se encuentran los países “imperialistas” con quien Chávez se alinea recibiendo abultados dividendos con la venta de más de un millón de barriles de petróleo por día a la primera potencia militar hegemónica del planeta. El presidente venezolano utiliza muy bien la careta del carnaval carioca, vociferando a voz en cuello las supuestas intenciones perversas del “imperio” para desestabilizar su gobierno, cuando que la verdad se encuentra en el sentido contrario, por las ventajas económicas que le redunda esa transacción.
En cuanto a la presidenta del Brasil, Dilma Rousseff, de tanto en tanto agita el fantasma perverso del Conde de Eu, instigador de uno de los genocidios más brutales que consigna la historia universal. La metodología de la doctrina pirata de los bandeirantes parecía relegada al basurero de la historia; sin embargo, ella ha sido reeditada con un sesgo diferente, mimetizada bajo el ropaje de la fraternal integración hemisférica, pacificadora y progresista, cuando en realidad encarna un mercenario y siniestro intervencionismo crematístico que tiene como principal cometido la tarea de ejercer rapiña, inequidad y usurpación en los países de menor desarrollo.
Y con respecto al canciller argentino Timerman, nos viene a la memoria lo que había dicho alguna vez Julián Marías, el discípulo de Ortega y Gasset, acerca de determinados políticos: “No intentéis conocerlos porque sus respectivas almas viven en el mundo impenetrable de la dualidad. Ellos mismos no se conocen. Creen en la interpretación de los sueños de Freud, en el horóscopo chino, en los veredictos de los curanderos y nunca renuncian a sus ilusiones ni aprenden de sus desilusiones”. Viven como decía Ortega y Gasset “una permanente disociación entre la imagen que tienen de sí mismos y la realidad”.
Y recordando al presidente Mujica, evidentemente que no ha tomado en cuenta las ponencias de los grandes juristas uruguayos, expresidentes, y excancilleres que se han opuesto con argumentaciones sólidas e irrefutables a la posición asumida por el Gobierno, tanto en el tema de la suspensión del Paraguay como en la inclusión de Venezuela, que ha sido incorporado como miembro pleno del Mercosur. Los representantes del partido Blanco y del partido Colorado uruguayo manifestaron con voces de reprobación la actitud del canciller Almagro, que con un giro inesperado cambió de libreto en la cumbre de Mendoza, presionado por Dilma y Cristina, rompiendo con ello la brillante tradición diplomática del país Charrúa, sometida hoy a una ideología como bien lo dijo el propio presidente Mujica cuando mencionó que era más importante la prioridad política que la verdad jurídica.
Más temprano o más tarde, la comunidad internacional organizada dará su veredicto final sobre esta lamentable decisión de la “cuádruple alianza” de negociar la inclusión de Venezuela a espaldas de uno de los países fundadores del Mercosur, sobre quien pesa una suspensión arbitraria e ilegal porque no se ha cumplido con los requisitos de la defensa en juicio consignada en uno de los artículos del citado tratado.
La puesta en escena de esta parodia fue tan burda que se ha convertido en el hazmerreír de la sociedad internacional, extrarregional, que trata de llevar adelante un relacionamiento civilizado, justo y equitativo. Se ha apelado en este caso a un expediente sumario, inquisidor y panfletario, a un mamotreto jurídico que no tiene asidero en la legalidad.