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05 de Agosto de 2018

 

El caso Ibáñez

Por Alcibiades González Delvalle

El resultado de la votación del miércoles en la Cámara de Diputados es una muestra acabada de la moral de los políticos que lo integran en mayoría. Es el espejo donde se retrata una clase retrógrada, que vive de espaldas a las aspiraciones de una ciudadanía que desea vivir un tiempo nuevo y más limpio.

La “victoria” de Ibáñez fue el fracaso estrepitoso de la democracia. ¿Qué democracia es esta que permite que un legislador eche mano a su influencia para abonar, con dinero público, a sus empleados particulares y además quedarse con parte de ese dinero?

Con este ejemplo, queda abierto el camino –en rigor, lo estuvo siempre– para que otros hagan lo mismo hasta que sea descubierto. Pero ser descubierto no significa sino la interrupción, seguramente momentánea, del acto delictivo sin ninguna consecuencia.

En su intento por justificar su conducta, Ibáñez acudió a un largo discurso cargado de palabras vacías. Pero no necesitaba esforzarse. Sabía que los lugares comunes eran las necesarias para contentar a sus colegas. Casi nada se puede rescatar de ese discurso. Ya se sabía que iba a despacharse contra la prensa, contra la persecución política, etc. Pero lo que no se esperaba –o por lo menos yo no lo esperaba– era que repartiera su perdón entre quienes le ofendieron porque San Pablo no sé qué cosa. Lo normal hubiera sido que él pidiera perdón. Pero nada fue normal en la sesión del miércoles.

Ya se sabía, también, que Ibáñez iba a ser premiado por sus colegas. Se entiende. Un castigo abriría las puertas para que otros parlamentarios corriesen la misma suerte. No le defendieron a un colega: se defendieron a sí mismos.

En la antigua Grecia los delincuentes se refugiaban en los templos para escapar de la justicia al amparo de algún Dios. En nuestro país se refugian en el Parlamento al amparo de los fueros, el Dios moderno de los corruptos.

Ibáñez, y algunos de sus defensores, insistieron en que ya no existía la causa penal. El problema es que no se trata de un problema judicial nomás. El caso es enteramente moral. Ni siquiera importa la suma sustraída al Estado, sino que un diputado haga figurar a sus caseros como empleados públicos para evitar pagarles de su bolsillo. Esta es la cuestión.

Del bochornoso acto del miércoles quedan: 1) Que Ibáñez declaró haber salido fortalecido de las “críticas despiadadas”, de las “persecuciones inmisericordes”, de las “intrigas de la prensa”, etc. No es bueno que nadie –menos aún un “representante del pueblo”– alimente su fuerza con la corrupción. Tiene que ser fuerte en la honestidad y la decencia; 2) De los que votaron a favor de Ibáñez ya no es posible esperar que, de presentarse situaciones parecidas, vayan a castigar a un colega. Plantaron un antecedente que permite la reiteración del premio a quienes delinquen; 3) Quedó bastante debilitado el Parlamento, la institución madre de la democracia. Perdió toda autoridad. Ahora sólo le queda la arbitrariedad; 4) El grupo que apoyó al diputado en la plaza del Congreso exhibió esta leyenda: “Ibáñez nos representa.” Esta no es solo una frase, es la actitud frente a un hecho que distorsiona precisamente la representatividad. En una sociedad sana no es normal proteger un crimen.

Una ministra sueca renunció cuando saltó a la prensa que había utilizado la tarjeta de crédito gubernamental para una compra particular de 300 dólares, además perdió su carrera política; la presidenta de la Comunidad de Madrid fue obligada a dejar el cargo cuando se difundió la prueba de que había robado dos o tres pomos de crema de un supermercado. Anécdotas como estas hay a montones en muchos lugares del mundo donde, como en todas partes, se cometen delitos hasta que salta a la opinión pública y sus autores son merecidamente castigados. Menos entre nosotros.

Los encubridores de Ibáñez le hicieron poco favor. A partir de ahora está expuesto a un castigo más duro aún: el castigo social tal como ahora se está dando. Con toda seguridad será señalado con el dedo acusador donde quiera que vaya. Él se lo buscó. Si hubiera tenido la fortaleza de renunciar, capaz que se suavizara la indignación pública.

En definitiva, con diputados como los que tenemos se entiende la entrega de Yacyretá a la Argentina.

alcibiades@abc.com.py

 
 

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