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26 de Octubre de 2012

 

El culto al poder y a la personalidad

Por Víctor R. Sosa (*)

Conocida la noticia acerca de las recientes compulsas electorales en Venezuela, los presidentes Rafael Correa, de Ecuador, y Evo Morales, de Bolivia, expresaron sus pareceres sobre el triunfo de Hugo Chávez.

Correa calificó la victoria como “maravillosa”, agregando con un lenguaje notoriamente bélico: “Próxima batalla: Ecuador”. Esta extravagante forma de hablar fue seguida por otra no menos llamativa expresión de Evo Morales que dijo: “El triunfo de Chávez se lo dedico al Che Guevara”.

Recurrir a caracterizaciones bélicas así como a ciertos personajes, en este caso el Che –un revolucionario asesino- forma parte del lenguaje político utilizado por aquellos que consideran a la sociedad como un campo de guerra. Las masas deben ser enardecidas continuamente. Por allá los malos y por aquí los buenos, que es lo mismo que decir, empresarios contra trabajadores, proletarios contra burgueses, etc. La cooperación social, de este modo, es contraria al ideario programa. Ya no se gobierna para la nación, sino para el grupo dominante conformado por hordas de seguidores dispuestos a obedecer más que a criticar.

Este mal enraizado en nuestras culturas latinoamericanas se debe a la tendencia de querer glorificar el poder político. No son héroes los emprendedores, innovadores y educadores que crean riqueza, puestos laborales y promueven el conocimiento, sino los que ocupan un cargo público, los políticos y funcionarios que utilizan el aparato estatal para distribuir prebendas y canonjías. Los valores éticos de la sociedad están como cabeza para abajo.

La glorificación del poder político tiene larga data. En este sentido, el filósofo Karl Popper señala que la historia del poder político había sido elevada a la categoría de historia universal y afirmaba que esto era peligroso puesto que: “Esta historia se enseña en las escuelas, y en ella muchos de los criminales más grandes son presentados como héroes”.

Popper, seguidamente, indica que esto se debe a que “los hombres son propensos a rendirle culto al poder” y así quienes lo detentan quieren ser venerados. De este culto al poder hay un pequeño paso hacia el culto a la personalidad. Ambos vienen de la mano con una estrategia común: la perpetuación en el poder.

La historia guarda memorias imborrables sobre el culto al poder y a la personalidad. Basta con recordar a sus últimos hacedores, los fascistas y socialistas del siglo pasado. En estas últimas décadas, sin embargo, esta equivocada inclinación está volviendo con inusitada fuerza. Mucha gente empieza nuevamente a enceguecerse con el culto al poder y a la personalidad, prefiriendo otorgar licencias absolutas a los políticos que fungen de presidentes y hasta con otros miembros de los gobiernos, ya sea senador, diputado, intendente y hasta concejal. Esta veneración por el poder está llegando al nivel del paroxismo.

El culto al poder y a la personalidad se alimenta de la permanente confrontación. Necesita de un enemigo común o de varios que son usados como excusas para avanzar hacia la consecución del proyecto totalitario con hordas de seguidores. Y esto no puede ser de otro modo porque existe un común denominador psicológico y hasta ético por el cual el culto al poder y a la personalidad termina por convertirse en una conducta típicamente narcisista.

Este narcisismo se configura en que es tendencioso, malo, perjudicial todo lo que no sea parte del proyecto común y, en contrapartida, es bueno y sobrevalorado todo lo que sea parte de ese proyecto.

Los presidentes Evo y Correa que alabaron a Chávez y hasta la misma Cristina Fernández, se caracterizan por ser adictos al culto del poder y a la personalidad, con planes de acción que difiere entre ellos apenas en grados de aplicación, uno más que el otro pero al final van por el mismo camino.

Quieren alzarse con el poder absoluto con seguidores cada vez más fanatizados, atacando el libre mercado, la propiedad privada y la prensa libre.

El Paraguay sufrió de este mal del cual aún no nos hemos despojado. Bien haríamos en no repetir la misma historia, con los bolivarianos o sin ellos.

(*) Decano de Currículum de UniNorte. Autor de los libros “Gobierno, justicia y libre mercado” y “Cartas sobre el liberalismo”

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