12 de Febrero de 2017

 

El mal hábito de las moscas

Por Pedro Gómez Silgueira

Las plagas de Asunción IV. Si cae una mosca en la sopa es como para asquearse y estar en alerta.

Estudios realizados en torno al vertedero de Cateura ya en el año 1994 revelaban que un metro cúbico de basura era capaz de albergar a unos 10 millones de moscas al mes. Entonces ¿cuántas moscas habitarían y se producirían en cientos de hectáreas o una montaña de desperdicios?

Asunción ha tenido la mala suerte de tener en la zona ecológica más valiosa de su territorio una verdadera fábrica de estos insectos, que no son más que plagas que atentan contra la salubridad de la población.

El entomólogo Jorge M. Joachini había advertido entonces que las moscas pueden contaminarse con más de 100 especies de organismos patógenos, incluidos los causales de la disentería, fiebre tifoidea, cólera, salmonelosis, lepra, tracoma, poliomielitis y hepatitis infecciosa. También portan ciertos huevecillos de helmintos como los áscaris (sarna) y la taenia (giardia), que son las más comunes.

Del vertedero de Cateura salen nubes de moscas que invaden vecindarios y así se van propagando a través de los barrios. Sitios donde reproducirse fecundamente no les faltan y pueden encontrarlos en cada cuadra, en cada contenedor, en cada bolsa de basura no recogida en la ciudad.

Joachini explicaba que “debido a que la mosca solo puede tomar alimentos líquidos, constantemente vomita gotas con el propósito de ablandar los materiales sólidos antes de llevárselos a la boca. Simultáneamente, deposita sus excrementos. De modo que donde se posó una mosca siempre hay puntos de vómito y heces”.

Combatirlas es misión casi imposible, pues un adulto hembra deposita entre 120 a 150 huevos cada vez y, en un mes, una sola mosca es capaz de poner de 3.000 a 3.750 huevos que luego serán larvas o gusanillos.

Una curiosa invasión similar se había dado en 1971, cuando gusanos –larvas de lepidópteros– invadieron el barrio Tablada Nueva, otra zona con foco de proliferación, y causó la alarma entre los vecinos.

Resulta que en el lugar –aparte de las mataderías– se había instalado una empresa que se dedicaba a la compra de huesos y astas de vacunos, que eran acumulados a la intemperie en montículos.

De allí partían las plagas, y las amas de casa debían sacarlas con escobas de sus veredas. Según la crónica de la época, los bichos de poco más de un centímetro de largo, de andar rápido, salían del patio del establecimiento mencionado y se metían en las casas, trepando las mesas, sillas y cuanto objeto encontraban a su paso. Incluso, se metían en los cántaros de agua que todavía estaban en boga.

Gamexan, cal, gasoil y hasta ceniza empleaban los afectados para combatir la plaga, sin ningún resultado.

Gran parte de nuestra clase política y empleados públicos tienen tan malos modales como las moscas y los gusanos, porque no les mosquea tener en Asunción géisers de restos cloacales, que no solo impregnan de mal olor la ciudad, sino constituyen un peligro para la salud y una vergüenza nacional.

pgomez@abc.com.py

 
 

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