Mi temor era que un fracaso de la alternancia nos dejase a los paraguayos paralizados, sin esperanzas.
Hoy estamos en tiempos de elecciones municipales, oportunidad que la democracia nos ofrece para designar al representante más cercano que el pueblo puede tener: aquél que debe ocuparse de su comunidad, de las necesidades inmediatas de la gente; el que busca soluciones para la calidad de vida de sus representados, el que está en momentos de enfermedad o tragedias, aquél al cual recurrir con los problemas domésticos como calidad del agua, provisión de energía, paliativos para enfermedades transmisibles por vectores y un largo etcétera.
Pero solo basta con ver la oferta electoral para confirmar que la sociedad paraguaya está lejos de poder salir de esta verdadera trampa electoral. Los candidatos son, en su gran mayoría, representantes de las cúpulas partidarias o de las maquinarias de los partidos, no de la gente.
En cada barrio, en cada comunidad, los vecinos detectan naturalmente al caudillo local: a veces es la dueña de la despensa, o el vecino que hace servicios comunitarios; a veces incluso, el pastor o la pobladora más antigua de la localidad. Pero estos, que son los líderes naturales, quienes trabajan en su comuna porque les importa la gente, no tienen la más remota posibilidad de acceder a la concejalía o intendencia, que sería el sitio lógico para ellos, porque estos lugares de “elección popular” están debidamente blindados, clausurados, para todo aquél que no integre una maquinaria político-partidaria.
Una máquina que significa privilegios para los correligionarios y amigos, exclusión para el resto; cargos para los operadores, por la prebenda pura y dura, sin importar su formación o interés; postergación de respuestas a la necesidad de la sociedad; utilización de los fondos públicos como si fueran propios, en complicidad con las autoridades que deberían velar por el bien común... La descripción puede insumir páginas y páginas, porque el estado de corrupción es infinito, dinámico y altamente creativo.
Mientras, los ciudadanos estamos cada vez más paralizados, cada vez más desesperanzados, cada vez más excluidos. Y es que la esperanza en la alternancia fue tan alta, que la caída por la desilución nos dejó aplastados, sumisos, totalmente vulnerables ante las trampas partidarias que, como células cancerosas, van tragándose poco a poco lo que nos queda de ciudadanía para convertirnos en títeres de sus propios intereses. Dependeremos nuevamente del seccionalero, del comitero, del puntero, generalmente bruto y paniaguado, para conseguir una habilitación municipal, un permiso de construcción, hasta una patente para circular. Nos mantienen entrampados, sin posibilidad de escape y lo peor es que estamos anestesiados, sin ganas de dar la pelea por mejorar el futuro.
El mayor daño del gobierno de Lugo fue que nos dejó a todos sin esperanzas, porque rasó a las alternativas por lo bajo, los igualó al resto y nos paralizó a todos. Ojalá pronto surja algún liderazgo que nos devuelva la confianza en nosotros mismos.
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