El agua que cayó en abundancia desde el cielo puso a la zona en los titulares de los principales medios y generó una muy saludable reacción de la ciudadanía, que llegó al auxilio de los inundados del sur. Igualmente, las instituciones se mostraron más ágiles a la hora de asistir a los afectados.
Mientras lentamente la inmensa masa líquida va abandonando los campos de cultivo y pastoreo, y los pueblos del Ñeembucú dejan de aparecer en los principales titulares periodísticos, también la solidaridad se va apagando y los habitantes de zonas alejadas vuelven a su histórico olvido. Familias humildes deben intentar la resiembra en sus chacras, temerosas de una situación parecida a la que ha venido afectando a la zona desde 2014, viven la misma angustia de los pequeños productores pecuarios. Estos últimos deberán hacer lo posible para evitar que una mortandad mayor a la que ya se ha dado en los meses anteriores termine con los pocos vacunos que sobrevivieron a las grandes lluvias.
Tras el enorme perjuicio causado por la naturaleza hostil, se espera que la solidaridad llegue esta vez con acciones que permitan atacar las causas estructurales de la miseria de los habitantes del área rural del Ñeembucú. Nuevos y mejores caminos, que tengan la cantidad de puentes y alcantarillas requeridos para el desplazamiento de las aguas de lluvia hacia ríos y arroyos, son vitales para el departamento. Nuevos grupos habitacionales en terrenos no inundables, el mejoramiento de la estación aérea de Pilar, son algunas de las obras imprescindibles a la luz de los últimos acontecimientos. El sector productivo ya no puede seguir huérfano de la presencia de técnicos y apoyo crediticio. Es hora de hacer que los campesinos del Ñeembucú se sientan partícipes del desarrollo que viven otras zonas del Paraguay.
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