A los pocos días de llegar a Asunción, durante un breve viaje que hice, abro la página de mi correo y me encuentro que al pie iba una propaganda (distíngase la diferencia entre “publicidad” y “propaganda”) del precandidato a la presidencia de la República por el Partido Colorado Horacio Cartes. No solo invitaba a que se votara por él, sino además, ¡oh maravillas de la cibernética!, se podía abrir diferentes páginas donde se encontraban las propuestas (perdón, pero había que llamarlas de alguna manera) y un sinfín de textos, fotos y todo aquello que se utiliza en estos casos. Incluso había fotos en primer plano del precandidato.
Ver eso fue sentir, como la leche al hervir, que un rubor incontenible me corría por adentro. Esperé recuperar la calma y fui abriendo todos los sitios hasta encontrar uno que decía “contáctenos” o algo parecido. Allí le escribí al responsable de la campaña, al candidato o vaya a saber uno a manos de quién iría a parar mi misiva, protestando por esta invasión de mi privacidad, la misma que garantiza la Constitución Nacional y asegura la inviolabilidad de la correspondencia. Lo que hacía el señor Cartes, en complicidad con Google, era exactamente lo contrario a lo que me aseguran las leyes: invadir mi espacio privado y violar mi correspondencia, aunque los soportes sean diferentes y el papel haya sido sustituido por una pantalla luminosa, no deja de ser menos violatoria que aquella en la que los agentes del régimen leían descaradamente todo lo que nos escribíamos entre amigos, entre parientes, entre antiguas y nuevas novias.
De modo que no pasara desapercibida mi protesta, decía allí que no solo rechazaba tales procedimientos de propaganda, que me indignaba dicha intromisión, que si actuaban de este modo siendo apenas precandidatos no quería imaginarme lo que serían capaces de hacer si llegaban a apoderarse el Gobierno para finalizar asegurándoles que el sólo ver tales fotografías hacía que se me revolvieran las tripas; así, textualmente. De más está decir que nunca recibí ninguna respuesta, ni mucho menos un intento de disculpas, que es lo que me merecía, y lo merezco ya que el delito continua allí, impune, desvergonzado, prepotente.
Hay que ir un poco más lejos: Google nos ofrece un sistema de correos gratuito a cambio del cual recibimos con una frecuencia que muchas veces supera lo tolerable, una lluvia de publicidad donde se nos ofrece de todo: desde el paraíso de las playas tropicales del Caribe hasta cruceros en barcos que son más grandes que hoteles flotantes sin mencionar cuando ellos encallan en las rocas o los arrecifes coralíferos de la costa. Y lo toleramos por el servicio que nos presta. Pedía más arriba que se distinguiera con claridad la diferencia entre “publicidad” y “propaganda”, dos palabras cuyo uso la gente confunde y que no significan la misma cosa. Publicidad hacen los publicistas, entre quienes hay gente de mucho talento y también los hay muy mediocres para cumplir aquello que hay de todo en la viña del señor. Mientras que “propaganda” era la que hacía Goebbles para glorificar a su jefe que tenía la extraña y mala costumbre de gastar gran parte de su tiempo diseñando campos de concentración, cámaras de gas y hornos crematorios que no pudieron borrar nunca la atrocidad de sus crímenes.
Google tendría que revisar sus principios. Una cosa es que nos atiborren de “publicidad” con sus cruceros, sus playas, sus parques de ensueño. Otra es que permitan meter “propaganda” en nuestra correspondencia privada haciendo desaparecer su aparente y aséptica neutralidad. Reclamo aquí mis derechos constitucionales en bien de mi libertad y de mis tripas, que todavía se retuercen.