La ANR y el PLRA, que lograron armar una poderosa estructura electoral a lo largo de los años, quedaron a merced de dos riesgos: uno era que para intentar llegar al poder echasen mano a cualquier alianza o componenda coyuntural, aunque eso hiciera a un lado principios, valores y propuestas. El otro riesgo era que apareciese algún poderoso financista que, plata en mano, comprara candidatura, estructura y dirigentes para su proyecto particular.
A esta altura, es evidente que ambos “fantasmas” se han corporizado.
La dirigencia del PLRA tuvo la clarividencia en los meses previos a la elección de 2008 para darse cuenta de que solamente respaldando a un “outsider” como Fernando Lugo y “prestándole” su maquinaria electoral podía aspirar a compartir con el exobispo el ejercicio del poder. En aquel momento, para los liberales fue una cuestión de cálculo basado en datos reales: carecían de un líder con carisma y Lugo tenía eso, aunque no la estructura para ganar una elección. A ambos les convino esa alianza que luego terminaría en un sonoro y escandaloso divorcio.
Con el ejemplo a la vista, para los comicios del 2013, una parte de la dirigencia colorada captó en forma evidente que no tenía ninguna figura “presidenciable” con posibilidades reales, y optaron por fabricarla. Convencieron al empresario tabacalero (sin ninguna experiencia política y que ni siquiera había votado nunca) de que la inversión valía la pena, lo afiliaron al partido, cambiaron su estatuto para que le cayese a medida y lo consagraron “líder”.
El PLRA procuró tener un candidato propio esta vez, pero adornándolo con un ropaje independiente, con un vicepresidente y una publicidad electoral alejados de los símbolos liberales, para intentar ganar votos más allá de su partido. No lo consiguió, tal vez por el sectarismo, inescrupulosidad y falta de visión de sus líderes. A último momento, esta semana, la cúpula liberal lanzó una jugada desesperada de alianza con Unace que fracasó y dejó más en evidencia su orfandad de recursos.
Los colorados festejan por anticipado una presunta victoria electoral que, de darse, será más por errores ajenos –además de la apatía y falta de expectativas ciudadanas– antes que por las bondades de las candidaturas que ofrecen.
Sin embargo, los dirigentes y los afiliados de la añeja ANR no saben realmente qué pueden esperar de su candidato, en el caso que termine instalándose en el sillón presidencial. ¿Repartirá el poder entre líderes y movimientos internos, con el resultado de caer en la corrupción de siempre? ¿O designará un equipo de gente propia para instalar un proyecto de tinte empresarial? Si se da la segunda posibilidad, ¿lo dejarán hacer o harán saltar la gobernabilidad en pedazos?
Si nos atenemos a los antecedentes cercanos, ni la dirigencia del PLRA ni la de la ANR acostumbran quedarse tranquilas si los dejan de lado, y el Congreso, en el que posiblemente ganen espacio nuevas fuerzas políticas, suele ser el principal foco de conspiraciones e inestabilidad política. ¿Hay razones para creer que lo que se viene será distinto? Más bien parece que vendrán tiempos tormentosos.
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