17 de Julio de 2017

 

La felicidad no viene del mundo exterior

Por Blanca Lila Gayoso

La mayoría de las personas piensa que la felicidad consiste en tener dinero, viajar, comprar ropas, zapatos, perfumes, comidas, bebidas o vivir un intenso romance. Lo que nadie imagina es que ser dichoso, es acrecentar las riquezas espirituales, como el amor, la solidaridad, la templanza, la misericordia y cuidar nuestra salud síquica y emocional.

La felicidad entonces no viene del mundo exterior, sino está adentro de nuestro corazón y tenemos que agradecer a Dios, por esta bendición, todos los días. Pero los seres humanos, en general, somos muy egoístas y construimos nuestros propios mundos interiores, llenándonos de cosas materiales, creyendo que eso basta para sentirnos satisfechos. Pero la realidad, es que cada vez percibimos más vacío, y una abrumadora soledad existencial. La sociedad de consumo nos tienta con artículos de lujos, carísimos, que hacemos de todo para conseguir. Cuantos más bolsos coloridos y brillantes traemos de los shoppings, más poderosos nos sentimos y ya ni queremos saludar a nuestro vecino, que tal vez no puede realizar semejantes compras. En este punto, generamos la envidia, que con la vanidad y la codicia, van tomadas de las manos, como si fuesen trillizas.

Es difícil en este mundo engañoso, diferenciar lo falso de lo verdadero; lo original de las copias y la superficial de lo profundo. Todo es demasiado fantasioso y a nadie le importa, que adentro, no exista nada sustancial, rico y valioso. La gente compra de todo, ideas, productos, propuestas y sugerencias, sin pensar en su utilidad o provecho.

Vivimos en un mundo veloz, donde no podemos o no queremos pensar y reflexionar sobre temas filosóficos, psicológicos o teológicos, ya que todo lo que se nos ofrece, son informaciones que al nacer ya mueren, porque aparecen otras, con la velocidad del rayo.

La felicidad consiste en cosas pequeñas y sencillas que están al alcance de todos y todas, sin importar la edad, condición económica o social. La podemos descubrir escuchando nuestra música favorita, plantando una rosa o preparando un sabroso plato. La disfrutamos en compañía de los seres queridos, compartiendo con los vecinos o cuidando a las mascotas de la casa.

La felicidad es tomar un helado, caminar descalzo sobre el pasto verde o invitar una comida al que vive al lado o simplemente tener misericordia por nosotros mismos, ya que somos criaturas tan frágiles y vulnerables. Tanto que a la menor crítica, nuestra autoestima cae por el suelo. Porque nos faltan sabiduría y templanza. Nuestros abuelos necesitaban muy poco para criar a sus hijos. Eso, sí, contaban con valores éticos, morales y cristianos. Eran personas respetadas y respetables y eso constituye un aliciente poderoso para un bienestar integral y una convivencia armónica en sociedad.

Ni hablemos de lo alejados que nos encontramos de Dios. Muy pocas personas leen la Biblia o practican la palabra del Señor en la vida cotidiana. Menos aún de asistir religiosamente a misas o cultos al Creador. Cada día tendríamos que agradecer por la vida, el pan, el trabajo y la familia. Si eleváramos una oración de gratitud a Dios por tantas bendiciones que recibimos, sentiríamos un gozo en el corazón y descubriríamos, que la felicidad es un regalo que nos viene del cielo a cada momento, a cada instante, y que no cuesta nada en dinero ni en esfuerzos.

blila.gayoso@hotmail.com

 
 

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