Los niños soldados

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SALAMANCA. Hace menos de diez días se realizó en Madrid uno de esos encuentros que uno se pregunta de qué servirán. El tema era, para decirlo de manera directa y sin andar con circunloquios, si había llegado el momento de rezar un responso por la novela. En literatura también hay de todo como sucede en muchos campos de la actividad humana: desde aquellos que niegan los atentados contra las Torres Gemelas (cayeron no porque se estrellaron aviones contra ellas sino por explosiones de dinamita en sus sótanos, producidas por orden de Bush para justificar la guerra en Oriente Próximo) hasta quienes aseguran que la llegada del hombre a la Luna nunca existió y que fue una puesta en escena hecha en Hollywood. Incluso se menciona el nombre de Stanley Kubrick como el realizador responsable. Por suerte los escritores, y sobre todo los editores, dijeron que por el momento no; por el momento la novela sigue gozando de buena salud.

Antes de sentarme a escribir estas líneas leí lo que está sucediendo en el Festival de Cine de Cannes, el más famoso, en el que el realizador Steven Soderbergh presentó su última película: “Detrás de los candelabros” sobre la vida del pianista Liberace. Entre otras cosas, dijo que los realizadores de cine están emigrando hacia la televisión. Palabra más, palabra menos, estaba decretando el fin del cine, como el de la novela.

De pura curiosidad caí en un cine aquí en Salamanca en el que proyectan películas en versión original y subtituladas en lugar de dobladas al castellano como sucede en la inmensa mayoría de las salas. El título: “Rebelde” (War Witch) del realizador Kim Nguyen (canadiense de origen vietnamita). En sus angustiosos noventa minutos de duración afronta el tema de los “niños soldados”, una cultura de la violencia que sigue arrojando resultados aterradores a pesar de los esfuerzos hechos por organismos internacionales de detener esa costumbre imposible de clasificar.

El espectador es advertido que se basa en hechos reales. Vargas Llosa hace poco escribió que es improcedente decir tal cosa pues no existe obra literaria que no se basa en hechos reales; en la base de cada historia están las experiencias personales de su autor que no se limita a traducirlas literalmente sino después de un complejo proceso de elaboración hasta llegar incluso al punto en que el autor no reconozca cuánto hay de esa experiencia en la obra que ha concebido.

Nguyen traduce en imágenes que por momentos están más próximas al documental que al cine de ficción, los tres años en los que Komona (Rachel Mwanza) es secuestrada por guerrilleros que asuelan una aldea en busca de niños que convertirán en soldados, la obligan a matar a sus padres y se la llevan a la selva, la selva del Congo que se convierte en un personaje más de la historia. No serán solo soldados sino además trabajarán como esclavos en la recolección de coltán cuyo principal productor es justamente la República Democrática del Congo que posee cerca del 80% de las reservas mundiales.

A los trece años Komona se “casa” con otro niño soldado, Mago (Serge Kanyinda), albino en un continente donde la sangre de los albinos es requerida por los brujos para realizar sus hechizos y a los catorce da a luz a su primer hijo resultado de una violación de uno de los “señores de la guerra”.

Soy pesimista y tengo la seguridad de que la realidad debe superar, en mucho, lo que aquí nos ofrece la ficción con imágenes descarnadas, pero sobrecogedoras, apoyadas por una música igualmente descarnada y sobrecogedora, los primitivos cantos tribales, los sonidos primitivos de instrumentos musicales primitivos. Nada de esa envoltura estética rodea la vida de esos niños cuya única consola de juego es un fusil o un machete con el que matan si no quieren ser muertos.

Al salir del cine no pensé en esos niños del África sino me vinieron a la memoria nuestros niños soldados a los que nadie secuestra en sus aldeas sino son dejados por sus propias madres en los cuarteles “para que aprendan a ser hombres”.

jesus.ruiznestosa@gmail.com