14 de Enero de 2018

 

Mujeres de verdad y payasas de Tilsentown

Por José Antonio Zarraluqui (*)

En Hollywood hay tormenta y no parece que escampe pronto. Cuando estalló el escándalo del multimillonario mogul de Miramax Harvey Westein, el cielo se encapotó y el prestigio de muchos se deshizo. Hubo tantas acusaciones de abusos sexuales, se rompieron tantos silencios, que el mundo supo que la corrupción en Tilsentown era endémica y generalizada.

Las celebridades resucitaron en 2017 una frase, “MeToo”, creada por una organizadora comunitaria en 2006, le agregaron un # y la pusieron en circulación para revelar la ubicuidad de la violencia sexual. Ciertas luminarias afirmaron no haber estado al tanto, algunas por defender a los depredadores y otras para dárselas de puras dentro del torbellino putrefacto. Mientras en las calles aparecieron carteles señalando que todo el mundo lo sabía todo.

Desde que allá por los 60 del siglo pasado se abolió el código Hays, un manual de conducta que había guiado y sujetado la industria del celuloide en sus años dorados, la más maravillosa fábrica de sueños comenzó a decaer, de forma lenta al principio, luego con celeridad, hasta llegar al pantano donde se encuentra ahora.

El código Hays, denostado, combatido y descartado por encorsetar el pensamiento y censurar las manifestaciones del séptimo arte, no era en el fondo más que la concreción de esa moral de andar por casa de la clase media que tan bien se avenía con la asombrosa pujanza de la sociedad estadounidense, próspera y feliz y sin par.

Durante el tiempo que el código rigió, en la gran pantalla el que la hacía la pagaba. Si era un ladrón, lo mismo un chorizo de barrio que un empingorotado de cuello y corbata, terminaba en chirona. Y si mataba a alguien, cuidado y no lo sentaban en la silla eléctrica, pena que sin miramientos se aplicaba al asesino en serie y al terrorista de profesión.

Aunque no había tema tabú, los escabrosos y polémicos se abordaban con un mínimo de buen gusto. No había desnudos gratuitos, consumo de drogas sin venir a cuento ni violencia injustificada. No se hacían apologías del aborto ni de todas las manifestaciones sexuales imaginables. Y hasta los tiroteos, a menos que la trama los demandara, se reducían a lo mínimo.

Hoy ocurre lo contrario. Hay películas en que desde que empiezan hasta que terminan no dejan de sonar los disparos mientras corren ríos y más ríos de sangre. Ahora, esos actores y actrices, los productores, directores y guionistas que nos abruman con las matanzas más bestiales hay que oír los discursos que echan cuando reciben los premios que ellos mismos se otorgan: ¡resulta que están contra las armas de fuego, por la paz universal y la concordia y el amor del género humano entero! 

Y ni qué decir del despliegue que hacen de corrupciones y degeneraciones personales, políticas, corporativas y hasta donde dé la imaginación mientras peroran como salvaguardias de las conductas más probas y políticamente intachables.

Tras tanto dolor actual por las depredaciones pasadas, dirigidos al parecer a la castración del macho, el hombre, cualquier figura masculina porque meten en el mismo saco una violación, un manoseo, un pellizco, un piropo o una invitación a cenar, las feministas francesas han respondido con un manifiesto en Le Monde en el que dicen que tampoco hay que pasarse.

Son un centenar de escritoras e intelectuales encabezadas por la actriz Catherine Deneuve y afirman que ni la seducción es delito ni la galantería agresión, así que mejor se sosiegan un poco las payasas exaltadas de Tilsentown y las que las imitan en otras partes de los Estados Unidos. Porque, como subrayan, la existencia de la libertad sexual lleva aparejada la libertad de perseguir el objeto del deseo, así como la libertad artística incluye la libertad de ofender y desafiar.

[©FIRMAS PRESS] 

*Analista político.

 
 

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