17 de Setiembre de 2017

 

No un país de resignados

Por Alcibiades González Delvalle

A principios del siglo pasado, con el país dividido entre lopiztas y antilopiztas –tal como todavía lo vemos hoy, pero con las pasiones un poco más reposadas– ocurrió un hecho que pasaré a comentar. Con motivo del aniversario del fallecimiento del héroe de Curupayty, José Eduvigis Díaz, el 22 de setiembre de 1906 muchas personas asistieron al Cementerio de la Recoleta para recordarle y acompañar a una delegación argentina que llegó para tributarle una corona de flores.

Los oradores, con el pretexto de alabar a Díaz, se despacharon contra los “legionarios”. Sobre este caso, Alfredo L. Jaeggli, en su libro “Albino Jara un varón meteórico”, nos recuerda del siguiente modo: Alguien gritó “¡Viva López!”, lo que en esa época era, francamente, un exabrupto, casi una provocación.

El coronel Duarte, jefe del Ejército, presente en aquel acto también, se encolerizó. Se acercó al orador, Dr. Ignacio A. Pane, y le gritó “Muera López”. El Dr. Pane, interrumpiéndose, le contesta: “Pero si López muerto está...” y siguió su discurso. Alguien empezó a mover violentamente la mesita sobre la cual, parado Pane, seguía gesticulando entre una algarabía de gritos, denuestos, protestas, desmayos…Perdiendo el equilibrio, Pane cayó desde su improvisada tribuna en brazos de un amigo. Intentaron subir otros oradores. Pero la policía –el Escuadrón de Seguridad– montado sobre briosos caballos y bajo la jefatura del argentino Gervasio González, atropelló a la multitud, sable en mano, dando planazos a diestra y siniestra. (Hasta aquí la transcripción textual)

Un grupo de jóvenes reaccionó contra el atropello policial que se saldó con varios estudiantes detenidos, entre ellos Linneo Insfrán, hijo del eminente médico Facundo Insfrán, asesinado en enero de 1902 en el recinto parlamentario.

Apenas enterada, la madre de Linneo visitó al jefe de Policía, el excéntrico Elías García. A continuación, transcribo el diálogo recogido por Jaeggli:

–Usted sabe, don Elías, que mi muchacho es “cabezudo”; es joven e impulsivo; pero creo que el castigo es excesivo

–Oh, Misia Pancha, ¿cómo que es excesivo? ¡Le tengo reservado castigo mucho más severo! Uno tremendo que deberá cumplirlo indefectiblemente dentro de tres días a más tardar

–¿Pero será posible, don Elías? –preguntó la afligida madre

–Sí, señora, dígale a su hijo que se prepare para salir del país, rumbo a Londres, donde irá becado a estudiar ingeniería por cuenta del gobierno. Así aprenderá a ser útil a su patria, a su familia y dejarse de estas “cabezuderías”.

Y poco tiempo después el joven Linneo Insfrán partió para Inglaterra, donde permaneció durante nueve años. Regresó con su título y una gran cultura, finaliza Jaeggli.

Recordé esta anécdota por dos motivos: la reverdecida discusión entre lopiztas y antilopiztas, la recordación de la batalla de Curupayty y lo acontecido en Encarnación durante la presencia de Horacio Cartes. Un grupo de jóvenes y adultos portaba carteles en la reunión política. Las leyendas hacían alusión a las necesidades en las aulas estudiantiles que molestaron a las autoridades, no obstante el derecho a la expresión que tienen todos los ciudadanos. Los guardias del Presidente arrancaron con fuerza los carteles y expulsaron a un estudiante que pedía comida para todos sus compañeros.

Es difícil encontrar motivos para que un pequeño acto de justificada y respetuosa protesta juvenil molestase al Presidente de la República. Él debería entender que la rebeldía se da solamente en los jóvenes sensibles e inteligentes, a quienes hay que ayudar y no reprimir. El Paraguay, y la humanidad toda, debe su progreso a la rebeldía. Los cómodos, los apáticos, los miedosos, los cobardes, los indiferentes, son enteramente inútiles en una sociedad que necesita de voces vigorosas y sanas que hagan conocer sus necesidades para que sean atendidas.

El Paraguay le debe su independencia a un grupo de jóvenes rebeldes. Dejemos a los muchachos y muchachas expresar sus inquietudes. Exhibir un cartel no es cosa que deba reprimirse, salvo desde la prepotencia embrutecida que anula las buenas intenciones. Necesitamos un país de indignados y no de resignados.

alcibiades@abc.com.py

 
 

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