30 de Enero de 2012

Que no duerman tranquilos

Por Jesús Ruiz Nestosa

SALAMANCA. Cinco años más, y ya no será posible llevar a juicio a ninguno de los responsables de la Shoa, el Holocausto, esa versión nazi del apocalipsis imposible de descifrar. Cinco años más, aseguró Efraim Zuroff, actual director del centro Simón Wiesenthal, y luego todos sus responsables estarán muertos.   

El viernes último fue el día dedicado a la Memoria del Holocausto, instituido por Naciones Unidas, coincidiendo con aquel 27 de enero de 1945 en el que el Ejército Soviético abrió las puertas del campo de exterminio nazi Auschwitz-Birkenau. Lo que tanto tiempo había sido nada más que un rumor que recorría el mundo entero, demasiado atroz para ser cierto, se desplegaba ante los ojos de soldados estremecidos por el horror. No sólo era cierto, sino superaba en mucho todo lo que se había podido imaginar.   

Simón Wiesenthal, sobreviviente del campo de exterminio de Mauthausen, dedicó toda su vida a perseguir a los responsables de aquella matanza. Solo en Auschwitz, se mató a un millón de personas donde nueve de cada diez eran judíos. Para ello se debió montar todo un sistema de industrialización de la muerte, lo que evidencia el carácter perverso que tuvo el Holocausto. La filósofa Hannah Arendt asistió como periodista al juicio de Adolf Eichmann, secuestrado en 1961 por agentes israelíes cuando vivía plácidamente en Buenos Aires, y lo que vio y escuchó allí lo vertió en un libro que tendría que ser de lectura obligatoria: "Eichmann en Jerusalén" (Ediciones Debolsillo, Barcelona, 2010). Es algo más que la crónica de un juicio; es una reflexión sobre el horror, sobre la responsabilidad y sobre la ausencia total de sentimiento de culpabilidad.

Eichmann, responsable de mantener en funcionamiento toda la infraestructura que permitía aquellas deportaciones en masa de judíos de toda Europa a los campos de exterminio, se declaró varias veces inocente con la excusa de que solo cumplía órdenes de sus superiores y que nunca había tenido nada que ver con el exterminio. No le podían recriminar el que hubiese trabajado con extrema eficiencia.   

Hace ya varios años me tocó dirigir un ciclo de cine dedicado al Holocausto. El primer día, después de presentar el ciclo, un hombre de edad acompañado por su mujer y otro matrimonio pidió la palabra. Levantó el brazo izquierdo y, desprendiéndose la manga de la camisa, mostró un número tatuado: "Usted sabe lo que significa este número -dijo- y también sabe que puedo borrarlo. Pero no voy a hacerlo jamás porque es la constancia del exterminio que sufrió mi pueblo. Se han hecho miles de películas y se han escrito miles de libros; se harán otros miles de películas y se escribirán otros miles de libros. Nunca, sin embargo, serán capaces de traducir todo el horror que nos tocó presenciar y vivir".   

Actualmente se le está juzgando en Madrid al juez Baltazar Garzón, el que abrió las puertas a la jurisdicción universal de la justicia para crímenes contra la humanidad cuando pidió el arresto del dictador chileno Augusto Pinochet. Garzón pensó que estaba dentro de sus facultades investigar también los crímenes del franquismo, y la derecha más cavernaria, carpetovetónica y retrógrada decidió denunciarle ante los tribunales y, lo que es peor, los tribunales la aceptaron.   

Un sentimiento de indignación recorre toda España. Familiares de represaliados durante la Guerra Civil, o los mismos represaliados durante la dictadura franquista, se han apostado frente a la entrada principal del edificio donde se le juzga en estos días a Garzón y cuentan, a quien quiera escucharlos, los horrores que debieron vivir, los dolorosos recuerdos de cómo los falangistas se llevaron a sus padres, a sus hermanos, a sus tíos, a sus abuelos y no volvieron a verlos nunca más.   

¿Tienen relación las dos partes de este artículo? Sí, en el sentido de que esa universalidad de la justicia para los crímenes de lesa humanidad debe ser defendida, fortalecida y buscar que se reconozca en todas partes y se la ponga en práctica, para que los tiranos, los asesinos de sus pueblos, paguen todos sus crímenes, o al menos no puedan volver a dormir tranquilos nunca jamás.
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