14 de Enero de 2018

 

¿Viviremos para contarla?

Por Paula Carro

En el libro “Vivir para contarla”, el nobel de literatura Gabriel García Márquez pasa revista a su propia vida y revela hechos que inspiraron algunas de sus novelas. Uno de ellos fue el affaire de un adolescente Gabo con la mujer de un policía, mucho antes de convertirse en el escritor inmortal.

A ella se refiere en su libro como “Nigromanta”, “una mujer con piel de cacao que tenía un instinto para el amor que no parecía de ser humano sino de río revuelto”.

Tentando a su propia suerte Gabo tenía la costumbre de quedarse dormido en los brazos de su amada hasta minutos antes de la hora de llegada del esposo. Tal es así que en lo que sería la primera alerta del destino se cruzó al marido en un puente al salir de la casa de este, y luego de que el tembloroso Gabo accediera a darle fuego para el cigarro, el marido se despide de este con una frase que, por resultar demasiado risible para el lector hace dudar de su veracidad; “traes un olor a puta que no puedes con él”.

Jugando nuevamente con su fortuna volvió a quedarse dormido en la cama del oficial y despertó con la pistola de este en su propia sien. Vivió para contarla, sí, porque, como el mismo oficial le confesara, después de obligarlo a jugar a la ruleta rusa con una pistola descargada y a embriagarse con él, le dejó vivo por una deuda moral que tenía: mucho antes del episodio que se describe, al despechado oficial el padre de Gabo le había tratado y curado de una enfermedad venérea.

Se cree que en esta anécdota están inspirados algunos hechos que se describen en las 168 páginas de “Crónica de una muerte anunciada”. 

Ahora bien, en nuestra garciamarquezca sociedad paraguaya, donde la realidad mantiene una encarnizada guerra con la ficción, y donde algunas veces asistimos a la narración de giros inverosímiles en nuestra trama, tenemos derecho a dudar de la verdad absoluta del libreto. Después de todo, no estamos asistiendo a la redacción de las memorias de un escritor, sino construyendo y escribiendo nuestra propia historia, y por como van las cosas, aquí nadie sabe si vivirá para contarla.

El giro que dio el escándalo de los audios, tras ser devorado por otro escándalo trágico pero de igual magnitud, nos da derecho a sospechar.

El mismo día en que cayó preso Raúl Fernández Lippmann, el hombre que con su afán de vanagloriarse de sus trapisondas comprometió a políticos jueces y fiscales, el autodenominado EPP hizo lo impensable, lo que nunca antes había hecho: dejó panfletos que indicaban la ubicación exacta del cadáver del hasta entonces secuestrado don Abrahán Fehr.

Esos panfletos hallados en Tacuatí, departamento de San Pedro, tienen un olor a rancio que nadie puede con él.

pcarro@abc.com.py

 
 

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