04 de Noviembre de 2008

| DEL LIBRO LOS DERECHOS DEL PARAGUAY SOBRE LOS SALTOS DEL GUAIRA DE EFRAíM CARDOZO

El “uti possidetis” de 1810 favorece los derechos del Paraguay sobre los Saltos del Guairá

Histórica Casa de la Independencia, escenario de los prolegómenos de la gesta emancipadora paraguaya.

Histórica Casa de la Independencia, escenario de los prolegómenos de la gesta emancipadora paraguaya. / ABC Color

LA SITUACIÓN EN 1810

Convencionalmente, se elige 1810 como fecha del “uti possidetis” americano, si bien en nuestro caso, el Paraguay se independizó en 1811 y el Brasil en 1822. ¿Cuál era la situación posesoria de los Saltos del Guairá en el momento de la independencia de uno y otro país? Hemos visto cómo no estaba en pie tratado alguno que demarcara lo frontera, ya que el último firmado, el de 1777, había sido anulado. En consecuencia, la tenencia de las tierras bajo la dependencia de España o Portugal, era la misma que existía antes de ese ajuste, con las modificaciones que hubieran sido introducidas posteriormente antes de 1810 por actos posesorios de una y otra parte. Debemos prescindir, para ajustarnos al espíritu estricto de la institución del “uti possidetis”, no sólo del Tratado de 1777, sino también de todos los anteriores, incluso del más antiguo de ellos el de Tordesillas, que trazó la primera línea de demarcación entre ambas soberanías. Corresponde atenerse exclusivamente a la posesión. Para lo cual será necesario escarbar los orígenes de la situación posesoria existente en la zona de los Saltos.

Ya hemos visto, y ello es un hecho histórico indubitable, que la primera ocupación (y única durante toda la época colonial), fue la de España, por intermedio de los conquistadores y colonizadores del Paraguay. El Guairá, de que los Saltos constituyen su accidente más importante como que dieron su nombre a toda la zona, es una unidad geográfica, descubierta, y conquistada y colonizada por españoles y paraguayos. El factum del descubrimiento, produjo el corpus, al cual se agregó la voluntad de hacerlo como dueño, o el animus possidendi, para que desde el primer momento, la posesión de España y el Paraguay fuera perfecta. Independientemente del título, en el caso el Tratado de Tordesillas, el solo hecho del descubrimiento y consiguiente ocupación, por conquista y colonización, dio título posesorio perfecto al Paraguay sobre la totalidad del Guairá.

Las depredaciones de los “bandeirantes” no hicieron alterar esa situación. En primer lugar porque los cazadores de indios, aunque posaran sus plantas sobre esa región durante el tiempo que duraban sus expediciones, no lo hicieron con ánimo de quedarse en esas tierras, ni mucho menos de comportarse como dueños de las mismas. Carecieron, por completo, de animus possidendi. No dejaron sino ruinas de su paso. Ni una sola población. Y aunque hubiera sido lo contrario, no hubieran ganado título alguno a favor del Portugal, pues no reconocieron su soberanía. Procedían nada más que como delincuentes, colocados fuera de la ley y castigados cuando se les daba alcance. No en una sino en varias ocasiones, fueron derrotados y expulsados por los paraguayos, como ocurrió en las famosas batallas de Mbororé y Caazapá-guazú, entre muchas otras. Y jamás llegaron a los Saltos, según lo probamos anteriormente.

NUNCA SE PERDIÓ LA POSESIÓN

Quedó visto que como efecto de los ataques de los “bandeirantes” el Paraguay trasladó sus poblaciones del Guairá al occidente del río Paraná. Pero este alejamiento no significó la pérdida de la posesión. El Paraguay mantuvo un estado de cosas que le facultaba, como quiere Savigny, a disponer, en cualquier momento y a su voluntad, de las tierras del Guairá, los Saltos inclusive. Si al alejamiento hubieran seguido la ocupación del Guairá por los “bandeirantes” con ánimo de permanecer, y la resistencia armada invencible de estos al retorno de los paraguayos, entonces el Paraguay hubiera perdido el corpus, y en consecuencia, aunque mantuviera el animus hubiera perdido también la posesión.

No sucedió nada de eso. La facultad de disponer de esas tierras no se volvió imposible en ningún momento. Villa Rica en su nuevo asiento de Curuguaty y luego la Villa de San Isidro de Curuguaty, establecida en ese sitio cuando Villa Rica se trasladó al Ybytyrusú, fueron centros de vigilancia desde donde se irradiaban expediciones exploratorias y punitivas de intrusos en el Guairá. Y estaban situadas a menor distancia que cualquiera de las poblaciones portuguesas fundadas en las vecindades del Guairá pero nunca dentro mismo de las tierras. Cuando los portugueses intentaron radicarse en el Ygatimí, fuerzas paraguayas les desalojaron por la violencia. Jamás volvieron a aparecer en ese distrito. Llegó el momento de la independencia, y todo el Guairá estaba bajo la plena disposición del Paraguay: su posesión era perfecta sobre toda la zona, y en consecuencia sobre todos y cada uno de los Saltos. El “uti possidetis” de 1810 favoreció el derecho exclusivo del Paraguay no sólo sobre los Saltos sino sobre todo el Guairá.

DOS INTERPRETACIONES

Corresponde aclarar que no hubo unanimidad en la interpretación del “uti possidetis” de 1810. Aquella que la fundamentaba en la posesión de hecho, con exclusión del título escrito de propiedad, fue sostenida por el Brasil y rechazada por la casi unanimidad de los países hispanoamericanos. Estos mantuvieron el criterio de que tratándose, en la mayor parte, de tierras nunca ocupadas, debía adoptarse como título de dominio la posesión potencial, vale decir aquella emanada de los títulos escritos. Tratándose de litigios entre países anteriormente dependientes de España había que investigar, según este concepto, las disposiciones de la Corona española determinantes de las jurisdicciones territoriales durante la Colonia. Estos títulos, (Reales Cédulas, Reales Provisiones, Ordenanzas, etc.), según tal interpretación, generaban el derecho a la posesión, aunque esta no fuera ejercida de hecho, y fundamentaban lo que se dio en denominar el “uti possidetis juris”. Y en relación con el Imperio del Brasil, ya que este, dependiendo anteriormente del Reino de Portugal, no tenía por qué reconocer las disposiciones de la Corona española, el título jurídico a alegarse debía ser el Tratado de 1777.

Vigorosamente rechazó el Brasil esta interpretación. Alegó la caducidad irremediable del Tratado de 1777 y la incongruencia del “uti possidetis de juris”. En su concepto, el “uti possidetis” no podía ser sino de “facto”, basado en el hecho de la ocupación, conforme a su antecedente romano, con prescindencia de todo título y aún contra él. Esta discrepancia se explicaba por el hecho de que el Brasil, ya después de la firma del Tratado de 1777 y antes de la independencia había penetrado profundamente en cada uno de los países lindantes, sin respetar las líneas pactadas. Aunque en el momento de su firma representó aquel tratado una gran victoria, ya no le convenía alegarlo en 1810. Los países hispanoamericanos, por su parte, no vieron otro modo de recuperar siquiera una parte de sus tierras usurpadas, que la invocación del Tratado de 1777. Y al Brasil le interesaba mantener la primacía de la ocupación aunque contraria al título escrito.

EL PARAGUAY Y EL “UTI POSSIDETIS”

El Paraguay fue el único de los países hispanoamericanos que sostuvo la interpretación correcta del “uti possidetis”, aquella que lo basa en la posesión efectiva, no en los títulos escritos. Así lo hizo con la Argentina, lo haría después con Bolivia, y desde luego con el Imperio del Brasil. No fue porque careciera de títulos escritos, sino porque prefería fundar sus derechos en los esfuerzos que insumió en la conquista, colonización y civilización de las tierras bajo su dominio cuando se produjo la emancipación. ¡Gracias a sus heroicos empeños no había “res nullius” en su distrito! Pareciera que tratándose del Brasil no surgirían dificultades para la fijación de las fronteras, ya que la coincidencia doctrinal era completa: ambos países aceptaban el “uti possidetis de facto”. Pero no ocurrió así. Frente al Paraguay, los diplomáticos del Brasil sostuvieron con energía el “uti possidetis juris”, la vigencia del Tratado de 1777, olvidando cuanto estaban alegando ante las demás repúblicas sudamericanas. Y el Paraguay no tuvo que hacer otra cosa que esgrimir contra el Imperio la interpretación que venía dando al “uti possidetis” en sus cuestiones de límites con los otros países hispanoamericanos.

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