El primer golpe vino del lugar menos esperado. Llegó del mismo equipo de transición, de la mano de Leila Rachid, quien anunció que Venezuela sería invitada a los actos de asunción el próximo 15 de agosto. Claramente Rachid se desbocó. Lo que no está claro es si fue intencional o fue una simple torpeza.
Como sea, su anuncio resucitó temprana e innecesariamente un tema controvertido que el buen juicio aconseja manejar con extremo cuidado. De golpe Cartes fue puesto en el centro de la escena y recibió los primeros golpes sin entender muy bien cómo se armó el vendaval.
Si fue un gesto pensado para dar una señal a la región, los efectos parecen ser muy pobres y la exposición muy grande para un mandatario que todavía está esperando asumir. La torpeza parece la respuesta más adecuada. Una tercera explicación es inquietante. Apunta que la decisión fue pensada y tomada por fuera, por uno de los muchos grupos que se conformaron en las cercanías de Cartes. De ser así estaríamos ante una situación problemática que podría derivar en conflictos mucho más complejos en un futuro cercano.
El entorno más próximo al presidente electo asegura que el derrape Rachid molestó sobremanera porque hasta ahora no hay una decisión tomada con relación a la presencia de Venezuela en los actos oficiales. Todos indican que era una cuestión que se estaba discutiendo y que se definiría apenas semanas antes de los actos oficiales. Justamente la intención era evitar exposiciones innecesarias.
Por ahora Rachid se mantiene en el cargo más que nada para evitar mayores escándalos. Se optó por alejarla y hacer que Cartes saliera a dar respuestas esquivas buscando descomprimir la crisis. La maniobra parece haber dado resultados, pero está claro que el tema todavía no está agotado y que solo se logró una postergación. Se compró un poco de tiempo, algo relativamente importante cuando se está en gestión.
Esta experiencia con el equipo de transición parece haber obligado al presidente electo a encabezar las negociaciones en el campo político, dejando de lado intermediaciones que podrían generar inconsistencias.
Los acuerdos para lograr una alianza en el Congreso son esenciales para un Poder Ejecutivo que pretenda tener cierto margen para tomar decisiones que tengan impacto. Sin consensos las iniciativas del presidente de la República pueden terminar naufragando en el Parlamento. La consecuencia inmediata sería un duro golpe a la imagen del jefe de Estado.
A la nueva administración que asume en agosto no le alcanza con tener mayoría propia en la Cámara de Diputados y ser la bancada con mayor número de legisladores en el Senado. Precisa un acuerdo mínimo. El juego está abierto con todos.
Por ahora el presidente electo se muestra solvente. Sin embargo en el horizonte se avizoran conflictos que por lejos son más explosivos y podrían generar choques que lastimen a la gestión. En las próximas semanas Cartes se juega buena parte de lo que será su administración en los próximos cinco años. De las decisiones que tome dependerá que su mandato se desmarque de los anteriores o acabe encallado en buenas intenciones.
