23 de Octubre de 2008

| DEL LIBRO LOS DERECHOS DEL PARAGUAY SOBRE LOS SALTOS DEL GUAIRA DE EFRAíM CARDOZO

Los bandeirantes, ¿quiénes eran y qué hicieron?

Los ríos fueron una de las vías utilizadas por los portugueses del Brasil para avanzar tierra adentro y presionar sobre las posesiones españolas en América.

Los ríos fueron una de las vías utilizadas por los portugueses del Brasil para avanzar tierra adentro y presionar sobre las posesiones españolas en América. / ABC Color

RAPOSO TAVARES

Durante muchos años sólo pequeñas partidas asomaron en el Guairá. No atacaron las ciudades y reducciones sino las “tavas” aún no sometidas. Estos asaltos sirvieron para que grandes masas de guaraníes se colocaran bajo el amparo de los padres misioneros o de los encomenderos de Villa Rica y Ciudad Real. No creían que los paulistas llevarían su atrevimiento a asaltar indios congregados bajo la cruz. Y así fue durante muchos años hasta que surgió en San Pablo un “bandeirante” de genio militar y comercial al mismo tiempo, el celebre Antonio Raposo Tavares, el “demonio encarnado” que de él dirían los jesuitas. Nada le importaba la Religión. Sólo las ganancias. Puso la vista en el Guairá, donde se hallaban pacificados y civilizados cerca de 60.000 indios y planeó una campaña militar con gran estilo y sobre bases mercantiles, como para enriquecer a todos los vecinos de San Pablo. Estos abrieron sus arcas para adquirir armas y víveres, y Raposo Tavares organizó un gran ejército que cayó como una avalancha sobre las más avanzadas reducciones del Guairá, haciendo gran acopio de indios. En San Pablo sólo permanecieron 25 ancianos. Aunque sabía anticipadamente de la preparación de esta “bandeira”, el gobernador Céspedes Xeria nada hizo para auxiliar a los pueblos del Guairá. Con todo, Raposo no se atrevió a avanzar hasta los Saltos, que quedaron indemnes, y retornó a la costa con un botín humano de más de seis mil indios. Las utilidades de la venta de los indios fueron distribuidas entre los “socios” a proporción de los dineros invertidos.

EL OBISPO ARESTI

El éxito de la primera arremetida en gran escala, animó a Raposo Tavares a organizar una nueva invasión, aún más poderosa. Fue en 1632. Estaba en Villa Rica en visita pastoral, el Obispo de la Provincia, Fray Cristóbal de Aresti. Primero intentó disuadir con palabras al jefe de los “bandeirantes”, como “nuevo San León ante aquel Atila lusitano”, según la expresión del historiador del Guairá, Ramón I. Cardozo. Pero fue en vano. Nada detuvo a los “bandeirantes” en su inhumana furia. Entonces el obispo Aresti dirigió personalmente la defensa. Los indios, sin más armas que las flechas, resistieron heroicamente los asaltos de los mamelucos, abundantemente provistos de armas de fuego. Toda resistencia fue inútil. Los invasores arrasaron las poblaciones, quemaron las casas, profanaron los templos y, según tenían costumbre, acollararon a los indígenas con los cuales se retiraron hacia la costa, después de matar a los ancianos y lisiados.

Después de esta invasión, los pobladores de Villa Rica y Ciudad Real decidieron trasladarse al otro lado del Paraná, y los jesuitas hicieron lo propio con las reducciones, llevando a los sobrevivientes al Itatin y al sud del río Yguazú. Comenzó el gran Exodo. Pero el Guairá no quedó abandonado. Los “bandeirantes” no lo ocuparon y desde Asunción y Villa Rica periódicamente venían destacamentos de soldados para precaverse de nuevas invasiones. Ya sin población indígena el Guairá, dejó de interesar a los paulistas que dirigieron sus depredaciones a otros lugares del Paraguay. Los Saltos del Guairá continuaron bajo el dominio paraguayo. Mucha sangre había sido derramada para que así fuera.

DESTRUCCIÓN DE SAN PABLO

Ante tantos horrores, en 1632 propuso a la Corona el virrey del Perú, cuatro medidas extremas para extirpar el mal de los “bandeirantes”: 1°. Que el Consejo Real del Portugal mande poner en libertad a todos los indios cautivados; 2°. que el Rey compre el poblado de San Pablo a los herederos de Lope de Sousa para colocar allí gobernadores de su confianza que sean obedecidos manu militari; 3°. mudar la residencia del gobernador del Paraguay para Villa Rica; 4°. que el Rey de España, comprando la población de San Pablo, o sin comprarla, la mande destruir “por los muchos crímenes que tiene cometidos”.

LA COMPLICIDAD DEL GOBERNADOR

El historiador jesuita Padre Lozano dice que el gobernador Céspedes Xeria, impulsado por la codicia, celebró contrato con los “bandeirantes” para participar en los resultados financieros de la macabra operación. Por eso se hizo sordo al clamor de los guaireños, no acudió en su auxilio, y si algunos escapaban del cautiverio, los restituía a los “piratas”, como si fueran justa presa, que hasta ese término llegaba su codicia e inhumanidad. El vecindario de Asunción hirvió de indignación. Hubo una conmoción popular. Céspedes Xeria fue obligado a renunciar, acusado de traidor. Se presentó a la Audiencia de Charcas, que le privó del oficio, le condenó a cuatro mil pesos de multa, y le inhabilitó por seis años para cualquier cargo honorífico de la República.

LA VOZ DE HERNANDARIAS

La Audiencia de Charcas, en el curso del juicio a Céspedes Xeria, pidió al gran Hernandarias, retirado muy anciano de toda actividad oficial en su casa de Santa Fe, que dirigiera las averiguaciones sobre las atrocidades de los “bandeirantes”. El memorial que produjo, el último salido de su pluma, pues poco tiempo después fallecía, contiene detalles patéticos: “seis reducciones destruidas; las iglesias profanadas; las investiduras sagradas y santos evangelios arrojados por el suelo; las imágenes rasgadas; las pilas de agua bendita quebradas; los sacerdotes heridos a flechazos y maltratados; el numeroso gentío de aquellas provincias, acabado; parte muerto con extraordinarias crueldades a manos de los portugueses y de sus indios tupíes, parte consumido de hambre, huyendo por los montes, parte llevado en colleras y cadenas, quedando tantos hijos sin padres y estos sin ellos; tantos maridos sin mujeres y mujeres sin sus maridos”.

¡Esta era la obra de los bandeirantes!

JUICIO DE LÁZARO DE RIBERA

Los “monstruos abortados del abismo” como les llamó el Padre Lozano, dejaron de su paso por el Guairá no sólo el rastro de las ruinas calcinadas sino también un sentimiento de aversión que perduraba en los finales de la Colonia. He aquí cómo los recordó en 1808, otro gran gobernante español del Paraguay, Don Lázaro de Ribera: “Los grandes ejemplos de la virtud y constancia que Gama y Alburquerque daban a su Nación desde las orillas del Tajo hasta la boca del Ganges, no fueron imitados por los aventureros que se dejaron ver en el Brasil, no como conquistadores sino como arrebatadores injustos de estas regiones, cometiendo excesos y crueldades que los mismos bandidos no pueden ejecutar, porque a veces se descubre alguna generosidad en el ejercicio de los delitos. Aún no conocían los portugueses la América, cuando el gobierno del Paraguay abrazaba todo el Brasil, por derecho de descubrimiento, conquista y posesión, sin que desde el Marañón hasta el Río de la Plata, se excluyese comarca alguna de la dominación española. Esta vasta extensión de terreno fue el teatro de las injusticias más espantosas, donde el dolo, la mala fe y la sorpresa fueron los instrumentos que dieron al Portugal países inmensos. El honor y la humanidad se conmueven y quisieron arrancar de la historia de las páginas que describen los atentados que cometieron en el Paraguay”.

¿La apasionada requisitoria de Ribera fue totalmente justificada? ¿Corresponde calificar a los “bandeirantes”, como arrebatadores injustos de las tierras del Paraguay? ¿Sus depredaciones en el Guairá tuvieron por objeto incorporarlo al dominio del Portugal?

MAÑANA: No fueron los bandeirantes, sino los diplomáticos los arrebatadores de nuestras tierras.
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