20 de Octubre de 2013

| ISABEL IBARRA CUENTA SU HISTORIA DESDE ZÚRICH

Compatriota desea una vida digna para los paraguayos

Por Elvira Olmedo Zorrilla, enviada especial

La paraguaya Isabel Ibarra (78) vive en Zúrich, Suiza, desde hace 34 años. Sufrió torturas y el exilio en la época de la dictadura argentina. Con lágrimas en los ojos, relató su calvario porque según afirma, siempre que puede, denuncia para que los jóvenes se enteren y luchen a fin de que no haya dictadura nunca más. Desea una vida digna para los paraguayos, que se combata la corrupción y se respeten los derechos humanos.

Isabel Ibarra, más conocida por Chabeli, es una paraguaya que vive en Zúrich, Suiza, desde 1979 en un lugar rodeado de montañas y pinares. Trabajó en la Zentral Bibliotek de Zurich donde se jubiló. Ahora vive disfrutando de la compañía de sus hijos María Esther y Robin y sus dos nietos: Verón y Mélody. Recordó que el año pasado presentó su libro: “Me robaron la vida entera”, para lo cual visitó el Paraguay.

–Trabajó en el Hospital Militar de Paraguay donde fue acosada por los militares del régimen stronista, según pudimos leer en su libro autobiográfico...

–Sí, trabajé en el Hospital Militar de Asunción durante 7 años y pude ingresar por intermedio de una amiga que era odontóloga. Me desvinculé en 1960 al buscar nuevos horizontes a mi vida. Viajé a la Argentina porque ya me encontraba en una situación de acoso permanente de parte de los militares de la época que estaban acostumbrados a tener como amantes a las mujeres, a cambio de un puesto de trabajo. Me duele hasta hoy no haber podido superarme en mi país, por capacidad propia, debido a la dictadura.

–Fue llevada de su departamento, en la Argentina, por policías en el año 1975, ¿por qué motivo?

–Nos secuestraron de nuestro domicilio de Av. Belgrano 3335 en la capital de Argentina donde vivíamos mi hermana Leonor Ibarra, yo y mis 2 hijos, en la madrugada del 15 de mayo de 1975. Golpean la puerta y pregunté qué buscaban y uno de ellos me enseñó una chapa que era de policía. Cuando intenté abrir, entraron con toda la violencia posible y noté que eran más de dos. Se repartieron por todo el departamento y comenzaron a tirar cosas, meter las manos en los cajones; les pregunté qué buscaban y me contestaron: “armas y material subversivo”. Despertaron a mis dos hijos que dormían en mi habitación y también a mi hermana Leonor. Despertaron por supuesto a una chica paraguaya que cuidaba a mis hijos, a quien felizmente la dejaron, pues a nosotras nos dijeron que los acompañáramos. Tomaron unos libros de la pequeña biblioteca que teníamos, entre ellos: “El Principito” y otros que no recuerdo. Arrancó el auto donde nos subieron vendadas y atadas y partimos comenzando el interrogatorio, si a qué “organización” pertenecíamos...”. Llegamos a un lugar donde se escuchaban ladridos de perros, además llovía. Al rato nos sube en algo que posteriormente me entero era un camión y me hicieron sentar sobre una rueda. Sentía respirar a más gente. ¡Ni el coraje de emitir un sonido tenía!

–¿Existió el Operativo Cóndor o intercambio de prisioneros entre países en la época de la dictadura?

–Existió y lo sentimos en nuestra detención, al hacerse presentes para interrogarnos miembros de la Embajada paraguaya. Hasta el Penal de Villa Devoto, en Buenos Aires, nos visitaron. Cuando las cosas aflojaron un poco, haciéndose pasar por miembros de la Cruz Roja nos invitó a que volviéramos al Paraguay, pero no aceptamos porque sabíamos lo que nos esperaba, si aceptábamos. Nos enteramos de que estaban deteniendo, torturando y asesinando a compatriotas en nuestro país también. Hasta hoy no sabemos las razones por las que nos dejaron en la Argentina. Estando en la prisión oíamos comentarios de la existencia de dicho Operativo Cóndor, pero recién cuando llegamos al exilio, en Suiza, supimos con total certeza de su existencia.

–¿Qué siente al recordar la época de la dictadura en el vecino país?

–Recuerdo los lugares de tortura donde estuve. Ponían canciones y ruidos de motores para que no se escuchara lo que estaban haciendo. La parte más cruel fue cuando torturaron a mi hermana Leonor. En el momento del interrogatorio le picaneaban con un clavo con punta que transmite electricidad. Luego me llevaron a empujones para preguntarme por “Tatter”. Yo no sabía dónde se encontraba ese señor. Era amigo de la familia sí, pero ni siquiera sabía dónde vivía. Luego sentí que me pusieron en una cama mojada y me aplicaban la picana, en las piernas y luego en todo el cuerpo. Continuaban sus preguntas y no podía decirles nada, porque no pertenecía a ninguna organización política, ni subversiva. Me pegaban con los puños, y al mismo tiempo me aplicaban la picana en la vagina, es tan desgarrante el dolor, que perdí el conocimiento. No tengo idea del tiempo que yo y mi hermana estuvimos en ese lugar. Solo recuerdo que me encontré en una pequeña celda mojada, pues el techo tenía agujeros, estaba en compañía de otra señora. Después por un preso me enteré de que era la Brigada de Robos y Hurtos de Banfield. Un hombre nos trajo cocido y unas galletitas, por coincidencia, tal vez, era paraguayo.

–Recibió ayuda de organismos internacionales durante su reclusión, ¿cómo se dio este apoyo?

–Me abrieron juicio por tenencia de “literatura subversiva” en la Argentina. Nos trasladaron a la cárcel de mayor seguridad Villa Devoto. Después de unas horas al sol deciden bajarnos y llevarnos a salas donde nos tuvieron contra la pared y las dos manos atrás esposadas. Luego nos enteramos de que estaban de visita los de Amnesty Internacional, razón por la cual “nos escondieron”. Era la primera vez que esa gente pudo llegar ahí. Cuando nos llevaron a las celdas encontramos unas camas llenas de chinches, el proceso de desinfección fue impresionante. Allí estuve hasta el 3 de noviembre de 1979. Fui sentenciada a 2 años y medio por el material encontrado en casa. Estuve 3 años y medio con el Poder Ejecutivo Nacional hasta mi vuelo a Estocolmo, Suecia. Allí nos esperaba un autobús enorme. Y en el campamento adonde fuimos llevados nos dieron de comer comida que hacía tiempo no había olido. Al levantarme al día siguiente, fue un recuerdo inigualable: abrir las ventanas y respirar el aire de los pinares, ver a mis hijos en cama aún durmiendo. ¡Indescriptible...era la libertad! No podía asimilar que me encontraba libre y resonaban en mis oídos la voz de aquellas celadoras, y la de militares que entraban por las noches con perros haciendo ruido con sus botas al caminar en la noche. Encendían la luz, abrían la celda para sacar a alguna persona que luego desaparecía, la mataban. Recibí ayuda de mi madre durante mi reclusión y de la Cruz Roja Internacional. Una vez en Suiza me prestó ayuda Amnesty Internacional, además de Cáritas, que se encargó de nosotros con ayuda de un intérprete, buscando departamento, ropas y alimentos.

–¿Qué aspecto de su reclusión no puede olvidar?

–De entre tantas cosas, no olvidaré jamás cuando compré el libro: “Hijo de Hombre”, autografiado por Augusto Roa Bastos. Debía pasar primeramente por la censura en la cárcel. La bibliotecaria me trajo a la reja y lo vi, le faltaba la dedicatoria. Le dije: celadora, ¿usted sabe lo que hizo?¡Mutiló un libro!, y me eché a llorar con todas mis fuerzas prendida de los barrotes de mi celda. Me contestó que la hoja se lo había dado a mi madre. Cuando iba a viajar a Suecia le pedí que me pusiera en la maleta. Ya en el aeropuerto, en los 5 minutos que me dejaron con cada familiar, mi madre me dijo con mucha pena, que no encontraba la hoja sabía el valor que para mi tenía ese trozo de papel. Por supuesto, lo buscó y me lo mandó luego. Ya en la Zentral Biblioteca de Zurich, mi compañera Magdalena me lo encuadernó y me puso con un cuidado tal que hoy está en poder de mi hija “Maia” como herencia. Tengo muchas secuelas debido a las torturas sufridas. En Suiza, cuando me llevaron a un traumatólogo, tenía la columna en muy malas condiciones de las palizas que recibía. La intérprete le contó parte de mi vida y el médico dijo: ¿cómo esta señora puede sonreír después de todo? Le contesté que tenía el cariño de mi familia, además podía ver el sol, las flores y respirar el aire de la vida, cuando sabía que tantas personas, no pudieron hacerlo más.

–¿Cómo es su vida actual?

– Es muy tranquila..., muy familiar. Trabajé durante 18 años para recibir la jubilación en una biblioteca de Suiza, y eso me permite un pasar sin lujos, pero sin que me falte lo que deseo. No tengo grandes ambiciones. Por supuesto que una trata de acostumbrarse allí donde le toca vivir, pero mi alma, mi corazón siempre sufre el deseo de volver a mi tierra, a mis raíces, a mi familia que casi toda se encuentra en el Paraguay. Otras están en Buenos Aires y San Rafael, Argentina. Nos desparramamos por el mundo, pero nos queremos y nos extrañamos.

–¿Qué le gustaría hacer realidad en el Paraguay?

–En mi querido país me gustaría que haya más justicia social, mejor educación, salud, mayores oportunidades laborales, que se combata la corrupción en todos los poderes del Estado y que se respeten los derechos humanos.

Para todo el pueblo paraguayo quiero: ¡una vida digna, con justicia social y que no haya dictadura nunca más!

eolmedo@abc.com.py

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