17 de Enero de 2016

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Desafío Kuña Guapa

Por Mabel Rehnfeldt

“Adrenalina”, “¡me siento viva!”, “¡voy a tirar por todos esos lugares mi estrés laboral!”, “la emoción, la aventura, lo inesperado”, “¡catarsis, libero todos mis miedos!”, “autoestima: ¡querer es poder!”, “¡me siento libre y poderosa!” son algunas de las respuestas de mujeres de todas las edades, quienes correrán hoy en la competencia Kuña Guapa de bici y trail (correcaminata), con la organización Arasunú.

Hubo una época en que, para ser una mujer “de bien”, había que quedarse en la casa, preferentemente cocinando, lavando o limpiando. Si tan primorosas virtudes se adornaban con la sabiduría del croché, el ao po’i o el ñandutí, la virtuosa era aún más codiciada. Era una religión profesada con convicción y devoción absolutas que no admitía discusiones.

Si a alguna de nuestras abuelas y bisabuelas les contaran que hoy en día sus nietas y bisnietas pedaleamos solas entre nosotras por los cañaverales, maizales y esterales, que corremos por los bosques y saltamos sobre alambrados, que hacemos duras pendientes con la bici al hombro o que pedaleamos en los cauces de arroyos, que a veces nos llegan a la cintura, seguro no opinarían demasiado bien de nuestros modales, conducta y santidad.

Correr y pedalear parecen ser las respuestas que todas queremos encontrar a las preguntas que nos hacemos. Un nicho, un cartel, la puerta de una capillita escondida, un árbol en forma de “Y”, la piedra en medio del arroyo, la caída de agua que hay que cruzar… Cualquiera de estos sitios pudo haber sido elegido como un lugar al que se tendrá que llegar con ayuda de un mapa, sacar foto al sitio e ir completando como un gran rompecabezas.

Generalmente, estas competencias de ecoaventura unen equipos mixtos de hombres y mujeres, carreras en las que todos interactúan apoyándose; pero desde hace un par de años, Oikoité Aventura teeté abrió el nicho solo para las chicas con la Ecofem. Este año se suma otro emprendimiento: Arasunú con la aventura Kuña Guapa.

Adrenalina y superación

No necesitás ser una profesional, tampoco importa tu edad ni tu aguante. Si vas a correr o caminar, agua suficiente, un buen par de calzados; si vas a pedalear, una bici, el casco, una compañera (equipos de a dos), agua suficiente para tomar y una cámara –aunque sea de celular para sacar fotos– y el mundo de la aventura tendrá rostro de mujer.

Pedalear por metros y metros de arenales en los que la bicicleta parece negarse a rodar, o hacerlo en gigantescos esterales o barriales, en las que las ruedas giran solo con el ánimo de hacer algún gran batido, correr y saltar encima de los caraguatases, encontrar sendas perdidas entre especies nativas, caminar respirando el aire húmedo del rocío o sentir el sol que abraza a la tierra puede quitarte el aire.

El domingo 24 de enero habrá una competencia de 32 km de ciclismo con un trote o caminata de 8 km, con puntos que ya estarán marcados en un mapa. Si no sabés nada de cartografía y querés participar en la carrera, hoy habrá una sesión gratuita de cómo leer mapas, en la granja Don Amancio, de Ykuá Naranja (Itá).

Y si no te gusta el pedaleo, pero lo tuyo es caminar y correr, tendrás tres distancias de 5, 10 y 20 km. Hay dos categorías: para las chicas de hasta 39 años y para las jovencitas de 40 en adelante.

“Como Forrest Gump”

“Mi tiempo, mi momento”, dice Diana. “No compito con nadie porque, para mí, es placer, disfrute y saber que yo puedo”. Y Silvia agrega: “En las corridas no hay burlas por ser la última en llegar”. “Yo corro porque estoy loca y ¡ser loca me hace feliz!”, añade también Clari.

Las historias de superación, de ir franjeando los primeros kilómetros y demostrarse a una misma que se puede son maravillosas. Como Sil, a la que diagnosticaron artritis reumatoidea y le dijeron que no tenía más que correr, pero como le expresaron que podía hacer lo que se propusiera, sigue corriendo, pues ¡ella sabe que puede!

A Fide le diagnosticaron a los 43 años que los discos de su columna ya estaban deteriorados y le prohibieron actividad física. “Salí del consultorio como Forrest Gump, sin parar y me propuse disfrutar de la vida cada kilómetro que corro hasta que el Barbas me diga que llegué a la meta; corro porque me siento viva y porque me siento feliz”. La historia de Mary no es tan distinta: “Descubrí la adrenalina, la serotonina, el ere eréa de las ecoaventuras y me transportan a donde solo yo sé. Corro porque amo a mi familia y mis aventuras hacen que mi cerebro esté más saludable. Porque descubrí que el tiempo que pierdo en el vyrorei retorna mucho más que todo el dinero que pudiera ganar trabajando en esas horas. Amo mi bici, amo la trail, y seguiré hasta que Ñandejara me diga: ‘Hasta aquí llegaste’”.

No sé si importa que quien esto escribe tenía casi 60 kg de más y hace poco tiempo le diagnosticaron osteoporosis. Recién empezaba a pedalear y su doctor le dijo que no dejara de hacerlo. La susodicha que hoy les cuenta su testimonio lo tomó muy en serio y, hoy, el pedal la lleva por mundos que no soñaba hasta que el cuerpo le diga basta. Y para cuando eso ocurra y deba quedarse, permanecerán esos momentos memorables que no se pueden describir ni periodística ni literariamente. Es magia.

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