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05 de Agosto de 2018

 

Entérese

Por Luis Verón

Un templo con aspiraciones góticas

En unos días más se celebra un año más de San Lorenzo, patrono de varias ciudades del país, como San Lorenzo, Ñemby, Quiindy, Altos, etc.

Es una buena ocasión para recordar que, a principios del siglo XX, el templo edificado a mediados del siglo anterior en la ciudad de San Lorenzo amenazaba ruina, por lo que se empezó a pensar en la edificación de uno nuevo.

Para llevar adelante el proyecto, se fundó una sociedad protemplo, que organizó reuniones sociales, subastas, etc.

El 10 de agosto de 1915 se colocó la piedra fundacional, que contó con la asistencia del presidente de la República, el obispo diocesano, autoridades y pueblo en general. El cura párroco de entonces era el presbítero José María Giménez, entusiasta propulsor de la obra, quien mandó hacer y aprobar los planos del templo.

Poco después hubo cambio de cura párroco y asumió el presbítero Saturnino Rojas, recién llegado de Europa, y enamorado de los templos góticos que tuvo ocasión de visitar y observar. Propuso el cambio de planos, encargando la confección de los mismos al arquitecto Luis Navarro.

Se demolió el viejo templo en 1920, y en su lugar se inició la construcción del imponente y monumental edificio de estilo seudogótico.

En 1927 asumió el curato, el presbítero Agustín Rodríguez, futuro obispo de Villa Rica, y realizó cambios en los planos, agregándoles los corredores laterales.

La obra se paralizó durante la Guerra del Chaco y con la asunción del padre Virgilio Roa se reanudó la construcción, pero surgieron graves problemas que motivaron la suspensión de las obras.

Luego del paso por la parroquia sanlorenzana de otros curas, en 1943 asumió el padre Florian Kroneis, quien continuó los trabajos y el templo, aún inconcluso, se bendijo y consagró en 1954. Le correspondió al padre Radice ver terminada la obra. En 1968 se realizó la bendición solemne del templo y se sepultó en su interior al mentor del mismo, el padre Saturnino Rojas, cuyos restos fueron traídos de Luque.

La imponente construcción tampoco estuvo libre de situaciones que podían haber degradado su integridad. Hacia 1980, el cura párroco Catalino Osorio, con acendrado espíritu pragmático y sentido crematístico, mandó construir un estadio deportivo adosado a su parte posterior y planeó la construcción de salones comerciales en el patio, alrededor del edificio. Su oportuno traslado a otra parroquia evitó males mayores que podrían agredir al edificio.

Asunción de principios del siglo XIX

Según un viajero europeo de las primeras décadas del siglo XIX, la población blanca asunceña –de unas 10.000 personas– constituía las dos tercias partes del total de habitantes. El tercio restante eran indígenas y mulatos, y una modesta proporción de negros.

Las casas de la ciudad eran, generalmente, de una sola planta, salvo contadas excepciones. La mayoría estaba construida de adobe, mientras que algunas –solo algunas– de ladrillos cocidos. Otras estaban edificadas con el sistema de tapias –encofradas con maderas, dentro de las cuales se cargan barro apisonado–. No faltaban las viviendas hechas con tablas de madera o paredes “francesas” y casi todas tenían techos pajizos. Muy pocas poseían tejas españolas, y solo algunas, con terrazas rodeadas de balaustres.

La distribución de las casas de algunas familias pudientes eran, “por lo general, cuadrados que tenían un patio en el medio o, incluso, dos patios, separados por un cuerpo de la edificación”.

Cada patio estaba rodeado por una galería, sobre la que daban las puertas y ventanas de las habitaciones. El frente estaba provisto de una galería, aunque también había edificaciones que carecían de ellas y en las que se entraba directamente desde la calle.

Era poco frecuente que más de dos habitaciones den a la calle. Las entradas eran amplias, como para que se pudiera ingresar a caballo a través de ellas.

Solo en el centro de la ciudad las casas eran contiguas. Generalmente, se construían aisladas unas de otras. Como divisoria entre vecinos, se ponían cercos de madera o se plantaban cactus. Los patios contaban con plantas frutales.

Las calles –comentaba este viajero– eran “tortuosas, irregulares y a menudo tan estrechas que a duras penas se podía pasar por ellas a caballo”. Claro, después vino el cuadriculamiento francista a principios de la tercera década del mencionado siglo.

Extranjeros en la Guerra del Chaco

Orlando Othon Moreno, deportista mexicano que a principios de la década del 30 recorría América a pie, se alistó en el Ejército paraguayo –en el que llegó a ostentar las presillas de teniente 2.º– cuando llegó al Paraguay y se enteró del conflicto chaqueño.

Herido en batalla, murió poco después, pero no sin antes haber enviado una carta al presidente del Comité de los Tres de la Sociedad de las Naciones, Castillo Najera, a quien expresó estar honrado “en pelear al lado del soldado más valiente del mundo”.

Un combatiente español fue Bautista Ferrer Puig, estudiante universitario en Barcelona, quien emigró a Suramérica y se estableció en el Paraguay. Cuando estalló el conflicto chaqueño, se alistó en la Artillería del Ejército paraguayo y murió en combate, al pie de una ametralladora pesada.

Otro olvidado extranjero que murió por el Paraguay fue Emilio Evaristo Ochoa, de nacionalidad argentina, quien acudió a defender el Chaco, pese a que su juventud podía discurrir alejado del infierno chaqueño, en su natal Buenos Aires.

Fue herido en combate, a cuya consecuencia falleció en un hospital en medio de las calcinadas arenas chaqueñas.

surucua@abc.com.py

 
 

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