12 de Julio de 2009

| PERSONAJES

Guardianas de una antigua labor Piloneras

“De aquí no me muevo”, les dijo mientras se sentaba en una piedra. Fue determinante en sus palabras, aunque no estaba en condiciones de elegir, sino de seguir órdenes. El cansancio le ganó y aunque quisiera seguir, sus piernas ya no le respondían. Cecilia “La Polla” Monsalvo, como todos los años, iba a Patillal con su amiga de toda la vida, Consuelo Araújo Noguera. Ambas eran muy devotas de la Virgen del Rosario. Eran las cuatro de la tarde del 24 de septiembre de 2001, pero el viaje fue truncado por un retén de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

Creyendo que se trataba del Ejército colombiano, Consuelo bajó de su automóvil. Ella era una conocida figura política de la región, ex ministra de Cultura de Colombia y esposa del procurador general de ese entonces, Edgardo Maya. Consuelo y todos sus acompañantes fueron llevados por los guerrilleros hacia la Sierra Nevada de Santa Marta, a 964 kilómetros de Bogotá.

Aunque ahora luce unos kilos menos, en el 2001 el sobrepeso de “La Polla” contribuyó a sus males de salud. El dolor en las piernas lo sigue sufriendo hasta hoy, que casi trunca nuestro encuentro pautado, en la placidez de su hogar.

Pero su fuerza de voluntad y un buen descanso posibilitaron que nos reuniéramos unas horas después de lo programado. Sentada en la sala, en su mecedor, compartió sus recuerdos, fotografías y anécdotas. El Festival de la Leyenda Vallenata, su amiga Consuelo y las costumbres de su pueblo son temas de los que habla con mucho orgullo.


La vida continúa

Frente a ella, una amplia fotografía ocupa un lugar importante en la sala. Hermosamente enmarcada, llama la atención a primera vista. Son “La Polla” y Consuelo; cada una con una copa de vino en la mano, brindando con una amplia sonrisa, mirando fijamente la cámara. Un instante de felicidad capturado por la máquina. Un recuerdo lejano, pero reciente a la vez, para quien es protagonista. “La imagen —cuenta “La Polla”— fue tomada dos semanas antes del secuestro”. El tiempo pudo curar en cierto modo la pérdida de la amiga, pero lo que no pudo superar hasta ahora es volver a Patillal.

“A Consuelo la llevaron a la Sierra Nevada, donde la mataron el 29 de septiembre. Consuelo era una mujer alta, dinámica, defensora de todas las cosas de Valledupar y del país. Me causó mucho dolor, mucho trauma su muerte. La guerrilla prefiere matar al secuestrado a que el Ejército lo rescate”, expresa con pesadumbre. De momento, su voz se opaca por la tos. Asegura que es producto del trajín festivalero, donde sus colaboradores la tratan como la “Mamá Grande del Festival”. Ella sonríe cuando escucha esa denominación demostrando que el título no le desagrada.

Es que ella, junto a su amiga Consuelo, se han dedicado en cuerpo y alma al Festival de la Leyenda Vallenata, que se realiza en el mes de abril.

Consuelo es cofundadora, junto con Rafael Escalona y Alfonso López Michelsen (presidente de Colombia de 1974 a 1978), del certamen artístico que se ha convertido en el más importante de Colombia.

Desde 1968 ha acaparado la atención de propios y extraños poniendo a Valledupar, capital del departamento del Cesar, en punto referencial de la cultura popular de ese país.


Una tradición

Las abuelas de “La Polla” y de Consuelo inspiraron a estas dos promotoras de la cultura vallenata a organizar el desfile de las piloneras, con el que se abre oficialmente el Festival de la Leyenda Vallenata.

“Consuelo encabezaba los desfiles con las primeras damas, como las de (Ernesto) Samper, (César) Gaviria y (Andrés) Pastrana”, rememora esta pionera de los desfiles. “La de (Álvaro) Uribe ya no participó”, y en su rostro y en su voz se notan cierta desilusión.

“La Polla” pide a alguien de su casa que le acerque sus dos álbumes en los que guarda celosamente fotografías de distintas épocas. “Aquí estoy vestida de pilonera”, muestra “La Polla”. Con un vistoso traje, junto a otras amigas, “La Polla” estuvo al frente del desfile de 2002 cuando realizaron un homenaje a Consuelo.


Primera Plana

Orgullosas de su pasado y su región, las piloneras empezaron a tener protagonismo como tal desde 1980, cuando adoptan la danza de “El pilón” para inaugurar la mayor fiesta de Valledupar. La respuesta fue inmediata. Pronto se armó una competencia para elegir al mejor grupo, teniendo en cuenta el vestuario, la coreografía, el acompañamiento musical y el número de participantes.

“¿A quién se le canta aquí/a quién se le dan las gracias?/¿a los que vienen de afuera o a los dueños de la casa?”. Son versos de “El pilón”, canción entonada por los antepasados del Cesar en las fiestas de carnaval. “Es dándole la bienvenida a la gente a la casa”, explica “La Polla”.

Niñas, jóvenes y adultas aparecen al paso, engalanadas en vistosos trajes, con flores adornando sus cabezas y luciendo accesorios coloridos. Van en grupos, conversando animadamente mientras son admiradas por los transeúntes. Un intenso amarillo como el cañahuate (flor típica de la región), un celeste claro como el cielo, un verde como las hojas de un árbol, o un rojo carmesí, son principalmente los colores que acaparan los vestuarios.

El traje que usan está inspirado en el vestuario que usaban las bisabuelas y abuelas: las chambras de media manga, con arandelas de encaje y una amplia pollera. Confeccionado en tela de algodón, con estampado de flores pequeñas o grandes. Algunas dicen que el traje es fresco, pero otras dicen que no. Lo cierto es que todas lo lucen con gracia.


Encuentros

La música no para de sonar en Valledupar. A borbotones nos cuentan historias y anécdotas relacionadas con el vallenato. Pareciera que el aburrimiento no tiene lugar, sobre todo cuando transcurre el Festival de la Leyenda Vallenata, donde artistas locales, regionales, nacionales e internacionales se suman. Gente común también se reúne a cantar y bailar en las casas y en las calles. No importa la hora. Lo importante es compartir la alegría de vivir.

Las casas lucen primorosamente adornadas como cuando llega fin de año, aunque sin las lucecitas características. Sombreros, la caja, la guacharaca y, por supuesto, el acordeón están impregnados en el frente de algunas casas. El afiche colocado en los portones indica que algún familiar o amigo está concursando. En todas partes la hospitalidad es tal que uno enseguida se siente como en su casa. Y toda esta celebración se inicia con ellas desfilando por las principales calles de Valledupar hasta llegar a la plaza “Alfonso López”, frente a la Alcaldía.

“Las piloneras” son las damas de honor de Valledupar. “Hay mucha competencia entre ellas por tener el vestido más lindo. Es como una cuestión de estatus”, comenta una joven.


Tarea doméstica

Así como en nuestro país y en muchos otros de nuestro continente, en Colombia pilar (descascarar en el pilón o mortero) el maíz era muy común. Esa labor llamó la atención de los músicos permitiendo así la perpetuidad de la sacrificada tarea que hacían en las casas para poner la comida diaria en la mesa. Antiguamente, en las casas despertaban cuando despuntaba el alba, para iniciar los trabajos del hogar.

El mortero casi siempre está ubicado en el patio. Aguarda en silencio. Nunca pasa desapercibido. Espera pacientemente el machaqueo que dará como producto el ingrediente principal de la comida. Su base maciza soporta todo el peso que uno empeña para lograr lo que se busca. En la parte superior, el hueco recibe todo aquello que pueda ser machacado: principalmente maíz, otros también lo utilizan para el arroz.

De grueso tronco, esta rudimentaria herramienta doméstica, también conocida en nuestro país como “angu’a”, ha sido fundamental en la cocina del continente sudamericano, donde el maíz es el principal plato de alimentación.

Ha pasado de generación a generación durante siglos, pero la tecnología lo ha sustituido hace tiempo. Hoy, el maíz elaborado, cuidadosamente envasado, se consigue en cualquier sitio. Es así como el uso popular del pilón pasó a formar parte del pasado. Pero sus años de gloria seguirán recorriendo mientras las piloneras existan.

Cuentan que en Colombia el mortero comenzó a ser objeto de alabanza en las fiestas de carnaval en Valledupar. Con su majadero largo de madera, lo exhibían como ofrenda por los alimentos que recibían diariamente.

A mediados del siglo XIX, la danza “El pilón” fue concebida en las serenatas andantes. “Yo no faltaba en ningún carnaval. Me gustaba mucho. Era una gran fiesta que nadie se perdía”, cuenta Maritza Villa Guerra con una gran sonrisa. Sus ojos la delatan. Esos felices recuerdos de su niñez vuelven a su mente, aunque admite con tristeza que actualmente el carnaval de Valledupar ha perdido el brillo de antaño.

Con algarabía salían a bailar y cantar “El pilón”, una canción muy rítmica. La trasmisión oral se encargó de su perpetuidad.


En el tiempo

“Abrile el ojo al tuerto Gil/Abrile el ojo al tuerto Gil/que tiene ojo de candil/que tiene ojo de candil”. Canta el coro, mientras el desfile está en su apogeo. La gente acompaña con palmas. Todos ensayan pasitos de baile al tiempo que admiran el colorido despliegue de las piloneras. Hombres, mujeres, niños, jóvenes y adultos. No importa la edad, sino el sentimiento de pertenencia a una cultura y a una comunidad que se siente orgullosa de sus raíces.

Con los años, “El pilón” fue adquiriendo nuevos versos, compuestos de acuerdo a las circunstancias. Las letras están inspiradas en el amor, el odio, la desilusión, la esperanza, costumbres y tradiciones.

Desplegando a sus anchas las amplias faldas, las piloneras regalan una amplia y cálida sonrisa. Algunas llevan el cedazo. A su lado, el pilonero le responde con otra sonrisa y una reverencia con el sombrero. Algunos llevan el majadero de madera. Y así, el galanteo prosigue durante todo el recorrido.

En esta celebración, no solo se quiere significar el oficio de pilar el maíz, sino también los demás oficios que se realizan en las casas.

Sus pasos de baile son sencillos. La música rítmica y divertida no deja inmóvil a nadie. “El paseo, el merengue y la puya son los ritmos de ‘El pilón’, recalca ‘La Polla’”. Cada grupo trata de lucirse para ganar. Además del dinero, el grupo ganador podrá participar en otros festivales, carnavales y hasta viajes al exterior representando a Valledupar y Colombia. Todo esto compensa los tres intensos meses de preparación de cada grupo.

“Al principio, los hombres no querían participar”, expresa “La Polla”. ¿Por machismo? “No —responde ella—. Es que no quieren ser disciplinados y para esto hay que ensayar”, afirma.

En los primeros años, las piloneras desfilaron sin acompañamiento masculino. Pero los hombres se animaron luego. Impecables, de blanco, el traje está inspirado en el que utilizó Gabriel García Márquez cuando recibió el Nobel de Literatura en 1982.

Desde que fueron integradas a la mayor fiesta de Valledupar, las piloneras se han convertido en íconos de la ciudad. Durante los últimos días de abril ellas forman parte del paisaje natural, convertidas en la postal de una ciudad que goza al son del acordeón, la caja y la guacharaca.

Ver a los niños y jóvenes perpetuando esta tradición supone una importante continuidad en estas tierras donde se venera la vida con los sentimientos.


FOTOS: Gentileza Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI)
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