28 de Febrero de 2016

 

LA CANASTA MECÁNICA

Por Carla Fabri

LA NUEVA NORMALIDAD.- Los griegos usaban el término estigma para referirse a marcas corporales de connotación negativa. Eran cortes o quemaduras en el cuerpo que señalaban que el portador era un esclavo, criminal o traidor. Como un tatuaje que etiquetaba a una persona corrupta, ritualmente deshonrada, a quien debía evitarse, especialmente en lugares públicos.

En el tiempo actual y en nuestro medio, la lista de excluidos no suele contener nombres de autoridades consideradas corruptas. Las pautas culturales del momento marcan reglas de juego que no toman en cuenta la honestidad como un valor indispensable, y se asume la corrupción como si fuera parte de la normalidad.

Con alarmante naturalidad, un diputado nacional primero niega la paternidad de un niño e intenta procesar por extorsión a la madre del infante; luego, más adelante, retira la demanda, reconoce su paternidad e inscribe al chico en un Registro Civil del interior del país. El hecho puso al descubierto una circunstancia aberrante: el niño ya había sido reconocido como hijo por el secretario privado del legislador. Es a todas vistas execrable que así se proceda con la identidad de una inocente criatura que, ante la ley, ahora tiene dos padres.

Este es un caso de inmoralidad y falta de ética aceptado sin chistar por sus colegas, como si se tratara de algo normal. El descrédito es nulo y confirma la normalidad del veneno contaminante.

El estatus moral podrido acepta la inmundicia en la vida cotidiana, la vuelve normal. La gente no limpia sus espacios, acumula agua y basura, permitiendo larga vida al Aedes aegypti. Por eso, para exterminar al mosquito que produce las enfermedades, se fumiga con insecticida y de paso, como si se tratara de algo también normal, se matan mariposas, luciérnagas, libélulas, cigarras, grillos, sapos, ranas, caracoles, bichos de luz.

Es normal que la policía custodie la seguridad de la ciudadanía. No es normal que solo uno de cada seis policías se encargue de la protección de la gente, mientras que los otros cinco están al servicio y protección de legisladores, ministros, jueces y autoridades varias. Existe un legislador que tiene 20 policías a su servicio (¡).

Es normal que en estas fechas se inicien las clases. No es normal que, existiendo el dinero del Fonacide, los edificios de las escuelas estén tan deteriorados al punto de que existan alumnos que se verán obligados a tomar clase bajo los árboles.

En el éxtasis de la normalidad, lo usual es la comodidad. Al final de la saturación de los reclamos y puros plagueos en los vulgares mecanismos de la rutina, quedarse sin energía eléctrica no es normal, sino catastrófico. Es una burla a la supuesta normalidad energética que significan Itaipú y Yacyretá. Acudir a la Justicia sería lo normal, pero la normalidad de la llamada administración de la justicia está saciada de corrupta criminalidad, aunque necesitada de nuevos cadáveres. El aparato está diseñado para repartir de la manera más irresponsable los castigos y premios a quienes menos se merecen lo uno y lo otro. La normalidad chapotea en la comodidad ciudadana, en la sociedad del crimen sonriente e irresponsable.

carlafabri@abc.com.py

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