05 de Noviembre de 2017

 

LA CANASTA MECÁNICA

Por Carla Fabri

RAROS Y RARAS.- La primera vez que escuché la palabra monflórito fue de la boca de mi abuela. Con mis cinco años de edad, iba yo con ella caminando por la calle Perú, cuando nos topamos con un muchacho que vestía una camisa de seda floreada y pantalones ajustados de color verde. El joven mostró un forúnculo inflamado en un brazo, un susuá. Le preguntó a mi abuela el modo de curarse, y ella le recomendó que hirviera tapekue y se lavara con ese líquido durante una semana. Cuando nos despedimos, parece que abuela vio extrañeza en mi rostro ante aquel personaje y con toda naturalidad me dijo: “Péa co monflórito”. El término quedó resonando en mi cabeza, así que apenas llegué a casa le pregunté a mi mamá qué era un monflórito. Sin mucha vuelta, mi madre me dijo que se trataba de un varón que había nacido con algunas condiciones femeninas. Mi curiosidad infantil quedó satisfecha y caso cerrado. Es probable que si a mí no se me llenó la cabeza de perversas maldades, fue gracias a la actitud bondadosa y normal tanto de mi abuela como de mi madre.

Cuando fui creciendo, descubrí que había personas con ideas desgraciadas y un trato cruel hacia la gente diferente. Sentí dolor y vergüenza ante la violencia intolerante, y cuando le comentaba esto a mi mamá, ella me respondía: “Recordemos que el mismo Jesús llegó a decir: ‘Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen’”. Me reiteraba lo del amor a nuestros semejantes e insistía en el primer mandamiento.

Hoy cunde una virulencia cargada de odio hacia la diversidad. Se insulta a quienes se trata de relegar a los márgenes de la sexualidad dominante. Pero también somos muchas las personas que nos objetamos si los conceptos de hombre y mujer son una construcción social. Un ser humano nace, y en función de sus genitales (especialmente) y sus cromosomas se le pone en una de las dos casillas posibles. En cada una de esas dos casillas hay un pack que le acompañará el resto de su vida, que contiene desde una forma de vestir hasta un set de valores (que son diferentes para cada grupo). Nos dicen que estas casillas son opuestas y diferentes: hombre y mujer. Esos seres, desde sus casillas respectivas, están destinados a atraerse, a tener hijos y a aumentar la especie. Resulta que este planteamiento se cumple en algunas personas, pero no en todas. Y esta construcción es muy dolorosa, especialmente para aquellas personas que no encajan en los moldes esperados. Según la Intersex Society of North America, uno de cada 100 bebés no nace con los genitales “esperados”. Cabe preguntar si reconocer la diferencia y aceptar a raros y raras atenta contra las verdades religiosas, o solo es parte de una manera de ver las situaciones sociales y personales en relación con el misterio y lo trascendente, pero que, en definitiva, es reflejo de las realidades individuales y colectivas.

Tal vez sea necesario comprendernos desde el amor al que se refiere Pablo de Tarso: “…Aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada…

El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia y se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta… ”.

carlafabri@abc.com.py

 
 

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