Esa pequeña criatura interior es el símbolo de la reunión de las fuerzas vitales, que con el paso de los años quedaron latentes, sin desarrollar. Es saludable permitir que aflore de nuestro interior aquella infancia de inocencia y asombro.
El niño está abierto a la verdad. Su visión, aún no contaminada por las sombrías discriminaciones de la razón humana, tiene la transparencia del cristal.
La psicología dice que un niño interior herido, reprimido y asustado, crea adultos infelices. Algunos terapeutas consideran que el niño interior tiene básicamente cuatro miedos.
Miedo a enfrentar. Teme que, al hacerlo, sea rechazado. Miedo al abandono. Esto lleva a sentir celos, a ser posesivo, y a tener la necesidad de manipular. El miedo a la pérdida lleva a sentir una profunda inseguridad. Para ocultar este miedo, nuestro ego se disfraza de lo opuesto, y entonces adoptamos una actitud agresiva. Y el miedo a la muerte que siente nuestro niño interior se transforma en desconfianza, egoísmo, apegos, fobias e histerias.
El psicoanalista Carl Gustav Jung relata en una de sus obras cómo le ayudó a conectar con su niño interior el ponerse a jugar, a armar construcciones en un momento de su vida en el que se encontraba especialmente tenso y angustiado. Puso manos a la obra y todos los días dedicó un rato a construir un pueblo en miniatura con los más diversos materiales. No pudo descifrar cuál era el significado de ese juego, que él realizaba como si fuera un ritual. Pero sí encontró la íntima certeza de que así estaba en camino de descubrir algo muy importante sobre sí mismo. El contacto de Jung con su niño interior contribuyó de forma crucial a desatar el vigor creativo, que le llevó más adelante a elaborar su teoría de los arquetipos y del inconsciente colectivo, el concepto del “motivo del niño” o “del arquetipo infantil”.
La clave de un planeta mejor pasa por la salud emocional de cada habitante. Por eso es necesario recuperar y sanar nuestro niño interior desde el amor, el perdón y la comprensión a nuestros padres más que nada, es una buena forma de curar nuestra autoestima dañada. Es una manera de establecer relaciones sanas, de encarar la prosperidad, de amar incondicionalmente. Cuando cambiamos y crecemos desde el amor, todo nos sale bien.
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