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08 de Febrero de 2009

| 150 AÑOS DE...

...Una parada al carro

En estos días se cumple siglo y medio de la finalización de una desagradable situación suscitada entre el Paraguay y los Estados Unidos de América: el frustrado intento de invasión norteamericana a nuestro país, entre 1858 y 1859.

Desde los años de la emancipación política en 1811, la existencia del Paraguay como país soberano fue
bastante incidentado. El Gobierno argen-
tino no reconoció nuestra independencia hasta 1852. Los otros países, vecinos o no,
ya lo habían hecho, pero el dueño de la llave del portón siguió hasta el menciona-
do año, regateando la apertura del portón
rioplatense. Así fue hasta el derrocamiento
del gobernante que porfió en adherir al Paraguay como provincia argentina.


Un impetuoso comisionado

El 8 de noviembre de 1845 llegó al Para-
guay un joven norteamericano de apenas
23 años de edad. Venía como agente espe-
cial del gobierno de los Estados Unidos de América. Su nombre: Edward Augustus
Hopkins. Era el enviado del presidente
Buchanan y entre sus instrucciones, preci-
samente, figuraba allanar la salida del Para-
guay hacia el mundo exterior, además de sondear las condiciones para un reconoci-
miento de la Independencia paraguaya por
los Estados Unidos de Norteamérica.
La situación geopolítica en la región rio-
platense no era la más auspiciosa. En la Argentina, el gobernador Manuel de Rosas y sus pretensiones hegemónicas
sobre el Paraguay; en la región cisplatina,
el problema del Uruguay y sus implican-
cias con sus relaciones con el Imperio
brasileño, las pretensiones comerciales inglesas y las coloniales francesas. Todo un mosaico de situaciones con las que tuvo que enfrentarse el joven diplomático, entre
cuyos designios estaba el de mediar entre
los Gobiernos paraguayo y de la Argen-
tina (también en conflicto: Buenos Aires
–con Rosas a la cabeza– y la Confedera-
ción argentina, liderada por Justo José de
Urquiza), para evitar un enfrentamiento armado.

Por otra parte, además de sus ocupacio-
nes como diplomático, se involucró en actividades privadas, como la obtención de una concesión por quince años para iniciar la navegación a vapor por los ríos paraguayos.

Como todo joven, impulsivo y con actitu-
des desmesuradas, Hopkins actuó incon-
sulta e intempestivamente, en muchos
casos, pero aun así, no hesitó ni ahorró
esfuerzos para hacer propaganda a favor del país en el exterior, mientras duró su
misión en el Paraguay, y aun después.


Regreso al Paraguay

Fruto de estas tareas propagandísticas –y
un intenso lobby– fue su nombramiento
como cónsul de su Gobierno ante el para-
guayo y el envío de una misión científica
–a bordo del cañonero de la Marina norte-
americana Water Witch– y de otra misión comercial, en un vapor al que Hopkins bautizó El Paraguay, del que formó parte
su hermano Clement E. Hopkins, un periodista de Nueva York, que “por des-
gracia –al decir de Pablo Max Ynsfrán,
autor del libro La expedición norteame-
ricana contra el Paraguay. 1858-1859– el destino le asignó un papel desventurado en las complicaciones que arruinaron prema-
turamente la empresa”.

El 11 de octubre de 1853, Hopkins llegó a Asunción, donde fue recibido deferen-
temente por el Gobierno paraguayo y,
según Ynsfrán, “López (Carlos Antonio)
dispensó muchos favores a Hopkins en el deseo de ayudarle en sus negocios. Le per-
mitió la libre introducción de las máquinas
y accesorios de sus instalaciones indus-
triales. Le autorizó a comprar propieda-
des raíces y esclavos. Mandó desalojar un
espacioso cuartel en San Antonio para que
los empleados de la compañía lo ocuparan
gratuitamente, mientras levantaban sus
viviendas propias y construían los coberti-
zos destinados al aserradero. En Asunción, Hopkins estableció una cigarrería.

Los avatares sufridos en su viaje al Para-
guay mellaron sus posibilidades económi-
cas, por lo que recibió fuertes sumas en
préstamo del Gobierno paraguayo, para la
puesta en funcionamiento de sus empren-
dimientos comerciales e industriales.


Incidentada estadía

La caída del dictador de Buenos Aires,
Rosas, y las noticias de una mayor pre-
sencia inglesa y francesa en el Río de la
Plata llevó al Gobierno norteamericano
a emprender una ofensiva diplomática
en la región, en un escenario totalmente
diferente al conocido hasta entonces, con
la aparición de nuevos elementos y situa-
ciones.

En ese ambiente de tejes y manejes diplo-
máticos, los Hopkins llegaron de regreso
al Paraguay. A poco de permanecer en el país, empezaron algunas murmuraciones acerca de su solvencia económica, agra-
vadas por ciertas relaciones inapropiadas
que minaron la reputación de los her-
manos norteamericanos. Eso se exacerbó
en el ambiente aldeano de la pequeña
ciudad capital. A todo esto, se sumaba
la impertinencia de los Hopkins en sus
actividades particulares, despertando el
recelo del Gobierno ante cualquier atisbo
de pretensiones monopolistas que desafia-
ban su autoridad. Esta situación, inclusive, llevó a frustrar importantes inversiones y emprendimientos favorables al Paraguay; tal el caso de una moderna escuela agrí-
cola.

La llegada al Paraguay, pocos días antes
de los Hopkins, del vapor norteamericano
Water Witch vino a agravar la situación.
No existieron buenas relaciones entre los
Hopkins y el capitán Thomas Jefferson
Page, lo que complicó severamente la situación. Además de todo esto, surgió la
trasgresión de Page a las condiciones del
presidente López de que la embarcación
no subiera más allá de Bahía Negra, en
un viaje de exploración (en realidad subió hasta Coimbra, luego, con autorización
brasileña, hasta Albuqerque).
“Paradójicamente, dice Ynsfrán, los tres
primeros actos de aproximación entre los
Estados Unidos y el Paraguay –el tratado
del 4 de marzo (de 1853), el nombramiento
de Hopkins como cónsul y la expedición
del Water Witch–, que buscaban promo-
ver y cimentar en los hechos la amistad y
la confianza recíproca de los dos países,
sirvieron más bien para crear desinteligen-
cias y agravios y llevar ambos al borde de una conflagración. Así como la iniciativa
de aquellos actos nació de Hopkins, así también el imprudente chispazo que creó el peligro de incendio partió de él, para
propagarse en una ‘reacción en cadena’
que felizmente se detuvo antes de producir efectos irreparables”.

Las implicancias de un paseo a caballo

Un día de mediados de 1854, Edgard Hop-
kins y su más que pariente madame Gui-
llemot, esposa del diplomático francés en el Paraguay, emprendieron un paseo a caballo hasta el establecimiento industrial
de San Antonio, donde los esperaba Cle-
ment Hopkins. “Los tres jóvenes visitaron
las diversas instalaciones de la compañía, pasearon por la ribera del río, y a mediodía volvieron para almorzar…
“A las 4 de la tarde hicieron los preparati-
vos para el regreso a Asunción, pero quien escoltaría a madame Guillemot sería Cle-
ment, no Edward, quien resolvió pernoctar
en San Antonio. Ambos jóvenes montaron
sus caballos y emprendieron el regreso. A poco de andar dieron con un hato de bueyes conducido por un soldado de caba-
llería y algunos ayudantes, que venía en
dirección opuesta. En condiciones ordina-
rias, este encuentro, inocente y fortuito, se
habría sepultado en el anónimo de hechos
triviales que forman el cañamazo del trajín cotidiano; pero en ese recodo de la historia tomó un giro imprevistamente melodra-
mático, y acarreó una de las complicacio-
nes internacionales más novelescas del
continente”.
Con temeraria impertinencia Clement
Hopkins apostrofó de mala manera al
soldado paraguayo, de nombre Agustín
Silvero, para que le allanara el camino a
un ciudadano americano y su compañera francesa, atropellando la tropa de ganados y dispersándola, lo cual enfureció a aquel y reaccionó asestando un sablazo a la espalda
del extranjero. La pareja volvió a San Anto-
nio, contaron a Edward lo ocurrido. Aquí
ardió Troya: un oscuro soldado de “un país semiprimitivo” se atrevió a apalear a nada menos que al hermano del cónsul de los
Estados Unidos. Esta situación solo podría resolverse por medio de un desagravio público para lavar semejante ultraje.
Esta ingrata situación, llevada a la exagera-
ción por el cónsul Hopkins, llevó al desen-
lace de un verdadero escándalo diplomáti-
co de proporciones inopinadas.
El lunes siguiente –el hecho ocurrió el sába-
do anterior–, Edward Hopkins se presentó
a la Casa de Gobierno con ropa de trabajo
y empuñando un rebenque; a empellones,
entró hasta la misma oficina del presiden-
te López y, en medio de improperios y amenazas, exigió al Gobierno paraguayo
una reparación desproporcionada de la ofensa recibida. López, con tranquilidad
pasmosa, le despachó sugiriéndole que
presentara sus reclamaciones al ministro
de Relaciones Exteriores (José Falcón).
Pero así como lo recibió con calma, no le
perdonó su osadía e impertinencia. Salie-
ron a relucir numerosos reclamos por las
inconductas del cónsul, los préstamos a su compañía, etc. El resultado final fue
el retiro de patente de cónsul, anuló una
compra de tierras que había hecho Hop-
kins, ordenó el retiro de su aserradero de la
propiedad de San Antonio, la clausura de
su fábrica de cigarros, además de una serie
de medidas punitivas. Como corolario, ordenó la expulsión del cónsul.
Hopkins apeló al capitán Page, del Water
Witch, y, luego de una serie de inciden-
tes, consiguió salvoconductos para salir
del país, que lo hizo el 30 de septiembre
de 1854.

La cuestión Water Witch

Luego del enojoso incidente, cuando el
Water Witch estaba en Corrientes, llegó el
senador norteamericano C. R. Buckalew,
con el texto del tratado de paz, comercio y
navegación, firmado entre los Gobiernos paraguayo y norteamericano el 4 de marzo
de 1853, para su canje de ratificaciones.
Page señaló lo ocurrido y la imposibilidad de subir nuevamente hasta Asunción, por lo que dichas ratificaciones no pudieron
hacerse en aquella ocasión.
Los ánimos del Gobierno paraguayo que-
daron muy sensibilizados luego de aquellos incidentes. Fue así como sucedió el ataque
de la guarnición paraguaya de Itapirú, del 1 febrero de 1855 al Water Witch, durante un viaje exploratorio por el Paraná, rumbo a la isla Apipé.
El comandante Page dio parte a las autori-
dades norteamericanas. Por su parte, Hop-
kins, con sus socios comerciales, reclamó
a su Gobierno “una justa exigencia”, al Paraguay, pues, decían, no tenían “más
recursos que el brazo fuerte de nuestro Gobierno (cuya protección se extiende)
sobre los intereses, bienestar y felicidad de
sus ciudadanos, donde quiera se encuen-
tren, para escudarlos de la tiranía y el
abuso”. Para ello solicitaron que el Gobier-
no estadounidense adoptara las medidas
“que se juzguen oportunas y apropiadas”, y reclamaron como indemnización el pago,
por el Paraguay, de cerca del millón de dólares.

Preparativos para una invasión

En realidad, la cuestión que involucraba a Edward Hopkins no impresionó mucho al Gobierno norteamericano. No tanto como
el ataque paraguayo al vapor Water Witch,
en Itapirú. La primera fue un elemento
considerable, pero no determinante. La
segunda cuestión sí. Preocupaba, además,
a los norteamericanos, los estrechos lazos comerciales entre el Paraguay e Inglaterra.
Por otra parte, una comisión parlamentaria recomendó demostrar la determinación de usar la fuerza, si necesario fuere, para exi-
gir al Gobierno paraguayo, medidas satis-
factorias para los Estados Unidos.
En consecuencia, el Gobierno norteameri-
cano resolvió enviar una expedición naval
para exigir lavar la “afrenta” a la que fue
sometido. Para tal efecto, se equipó una
flota compuesta por veleros y vapores. En
julio de 1858, se ordenó al capitán Page a formar una escuadra, de la que fue nom-
brado jefe de Estado Mayor. Comandante
de esta poderosa flota, compuesta por la
fragata Sabine, como buque insignia, y los
vapores a rueda Caledonia, Westernport,
Atlanta, Memphis, Metacomet, Fulton,
Water Witch, Harriet Lane, Argentine; los
vapores a hélice M.W Chapin, Southern
Star y los navíos a vela, la fragata St.
Lawrence, las corbetas Falmouth y Preble;
el bergantín-goleta Bainbridge, los bergan-
tines Dolphin y Perry; la fragata-almacén
Supply y la barca hospital Release.
En total, 20 embarcaciones. Una dotación
de 2.500 hombres y 200 cañones. Fue
la más poderosa fuerza naval que hasta
entonces zarpó de las costas de los Estados
Unidos. Al mando de la misma, se nombró al comodoro William Banford Subrick.
Como comisionado civil, fue designado el
juez James Buttler Bowlin.

Gestos amigos

En aquella ocasión, el diplomático brasi-
leño José María da Silva Paranhos pre-
sentó a la legación americana en Río un detallado alegato a favor del Paraguay.
Para repeler cualquier ataque, el Gobierno paraguayo dotó a la guarnición de Humai-
tá con 12.600 hombres, más una reserva de
más de 16.000 hombres. Este preparativo,
observado por el propio comisionado juez
Bowlin, le obligó a abrigar reservas sobre los resultados de un eventual ataque de la flota norteamericana. Por otra parte,
el ánimo de dicho funcionario estaba en contraposición con los motivos iniciales de
la expedición.
La flota zarpó de Buenos Aires el 2 de
enero de 1859. El presidente de la Confe-
deración Argentina, Justo José de Urqui-
za llevó a cabo exhaustivas negociaciones
para atenuar los resultados de la expedi-
ción, inclusive consiguió de los americanos
el asentimiento de una mediación con
Carlos Antonio López. Viajó hasta Asun-
ción, llegando a las 10:30 de la noche del 16 de enero de 1859.
Urquiza le informó a López de las condi-
ciones norteamericanas (reparación del
agravio al Water Wictch, la libre navega-
ción del río Pilcomayo y la indemnización
a la compañía de Hopkins y sus socios). El 18 de enero llegó el comisionado Bowlin.
Poco después, inició sus entrevistas con las autoridades nacionales, sumándose a las gestiones del general Urquiza.

Final feliz

Arduas fueron las negociaciones entre López y Bowlin (Urquiza ya había vuelto a su país). Los entretelones son tortuosos y largos como para detallarlos, por lo que remitimos al lector a la obra de Pablo Max Ynsfrán. Pero esas tratativas no fueron en vano, pues el presidente López y el comi-
sionado Bowlin convinieron en firmar un tratado de amistad, comercio y navega-
ción, además de una convención especial sobre las reclamaciones de la compañía de
Hopkins, la que sería sometida a arbitraje,
según lo anunció en los primeros días de
febrero de 1859.
De esa manera se frustró la invasión naval
norteamericana al Paraguay. Probable-
mente, este haya sido el único intento en
ese sentido, que se vio frustrado para el
poderío norteamericano. El Gobierno
paraguayo le paró el carro al Tío Sam,
hace 150 años.

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