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04 de Febrero de 2018

 

Una roca y su castillete

Por Luis Verón

Una milenaria mole rocosa en medio del río, coronada desde hace casi nueve décadas por un castillete, es uno de los sitios de importancia paisajística cercanos a la capital paraguaya. Digno de visitarlo.

En noches de plenilunio, una oscura silueta interrumpe la riela de los reflejos de la trémula luz del astro sobre la superficie del río epónimo. Una oscura silueta que en esas noches de plenilunio es bien visible, pero en las impenetrables oscuridades de luna nueva se convierte en trampa mortal para la navegación y siempre fue objeto de preocupación para los navegantes que atinaban la llegada a sus proximidades.

En estos días, la zona estuvo en boca de todos por la masiva aparición de unas plantas acuáticas de singular belleza. Mucha gente visitó el lugar, maravillada por el espectáculo que aparece cada tanto, pero que lo tenían olvidado. Una incursión en el río Paraguay es una linda oportunidad para visitarlo y conocer su curiosa historia.

Un antiguo lugar

Durante milenios, el peñón prestaba su silueta y su volumen al paisaje, a tal punto de convertirse en referencia de los lugareños y extraños. Era el Itá Pu’ã vernáculo. A donde llevaba uno de los principales caminos guaraníticos, cuya sección puede verse en la toponimia asunceña en la diagonal conocida con el nombre de Itapúa, que se desprende de la avenida Santísimo Sacramento y une con la actual Transchaco, a la altura de la intersección con la avenida Primer Presidente.

Ese es un antiguo camino por el que –allá por los albores del coloniaje habitualmente lo transitaba– cuando estaba en Asunción, el gobernador Martínez de Irala, para ir a los pagos del cacique Moquirasé, de cuyas hijas tuvo descendencia, y donde tenía su establecimiento ganadero en los limpios campos de un paraje que llamaron San José.

Por ese camino, siguiendo ramales se llegaba al puerto natural de la que sería la ciudad de Limpio. Allí, en las primeras décadas del siglo XX, específicamente en 1926, empezó a funcionar una planta frigorífica de carne, alrededor de la cual fue formándose una población constituida por obreros de dicha industria.

Esta planta fabril elaboraba carnes envasadas con ganados provenientes del Chaco preferentemente.

En frente, al otro lado del canal principal se encuentra el curioso peñasco que da nombre al paraje: el Peñón.

El castillo de Piquetecué

Como ya lo habíamos dicho, ese accidente geográfico era un peligro para la navegación, más todavía ante la proximidad de la contienda chaqueña y, por la ausencia de caminos para penetrar en el Chaco, tal cosa había que hacerse a la altura de Puerto Casado, en el Alto Paraguay.

El aumento del tráfico fluvial obligó a la Marina nacional a dar una solución al riesgo que representaba el peñasco para la navegación nocturna, sobre todo.

Fue esa la razón para que, a mediados de la década de 1920-1930, un equipo de técnicos y expertos de navegación, entre ellos el capitán de corbeta Lázaro Aranda sugirió la instalación de un elemento luminoso, a manera de faro señalizador que advirtiera a los navegantes de la presencia del peñasco en el sitio.

A la par, según un relato del historiador Jaime Grau, también se decidió determinar el canal principal de navegación, instalar el sistema iluminador, según lo sugerido por el capitán Aranda; construir un alojamiento de los encargados del funcionamiento del faro, entre otras disposiciones.

Pasaron los años, incluso los de la guerra con Bolivia, pero el capitán Aranda, con tozudez, seguía con su idea de ubicar en el peñón una estructura que sirviera de señal para los navegantes, ante la peligrosidad que la roca significaba para el tráfico fluvial.

Para su construcción, cual quijote solitario, solo encontró dificultades y obstáculos por parte de las autoridades de la Prefectura General de Puertos. Aun así siguió en su empeño, construyendo con recursos propios el castillete que corona el peñón.

Ya anciano, seguía en su porfía. Regularmente iba hasta el lugar a supervisar los trabajos y llevaba con él a su familia en plácido paseo.

La construcción del “castillo” –que fue edificado de a poco, a lo largo de más de 10 años, desde mediados de la década del 30– fue hecha con cemento armado y mampostería, con las comodidades mínimas para pasar en él algunos días.

Consta de una salita, pieza de baño y cocina. Unas escalerillas en forma de caracol conducen a una plataforma con barandilla, que forman un mirador. Cuenta con instalaciones para sistema eléctrico, enchufes para aparatos de radio y cocina eléctrica.

El “castillo” debía estar rematado con una estatua dedicada al teniente Andrés Herreros, héroe de la Marina paraguaya, muerto en los días iniciales de la Guerra de la Triple Alianza.

La muerte del capitán Aranda, en 1945, dejó inconcluso el castillo del peñón de Piquetecué y, desde entonces, su silueta se enseñorea en el río, señalando la presencia de la voluminosa roca y formando parte de ese encantador paisaje, cuan vigía protector de los navegantes de un río que últimamente, luego de décadas de postergación, ganó protagonismo como medio de comunicación y tráfico de alto valor económico para el país.

El constructor del “castillo”

El capitán Lázaro Aranda fue un conocido marino y promotor social. Nació en Capiatá, el 17 de diciembre de 1873. Con apenas 13 años se escapó de su hogar y se trasladó a Asunción donde se empleó de lavaplatos en un barco que iba a Montevideo. En el Río de la Plata acumuló una rica experiencia naval, que le llevó a alcanzar el grado de guardiamarina.

En 1904 regresó al país a bordo del buque revolucionario “Sajonia” y tuvo activa participación en los sucesos que encumbraron al Partido Liberal al poder político. Terminada la revolución se instaló en una pequeña hacienda que adquirió en Limpio, donde se dedicó a la agricultura y ganadería.

Enamorado de la actividad fluvial, no tardó en retornar a la navegación, principalmente en los buques que viajaban al Alto Paraguay, primero como baquiano, luego como capitán y propietario de una empresa de buques mercantes. Con familias en estado de abandono en lejanos parajes del Amambay, creó, en la confluencia de los ríos Paraguay y Apa, la colonia, hoy distrito, de San Lázaro, en agosto de 1924, y a quienes de su propio peculio proveyó de viviendas, víveres, arados y yunta de bueyes. También mandó construir una escuela, una capilla, un local policial y dispensario médico.

Recorriendo las tierras que le fueron concedidas para la fundación de la colonia, a la que llamó San Lázaro, Aranda descubrió los ricos yacimientos de mármoles de la zona. Se propuso explotarlos, pero no pudo lograr ningún apoyo para su propósito productivo.

Durante la guerra paraguayo-boliviana, aprovechando la amplia experiencia naval de don Lázaro, el Gobierno le encomendó la reorganización del balizamiento del río Paraguay, debido a que este curso fluvial era vital para el traslado de contingentes y pertrechos al frente de batalla, vía Puerto Casado. Pero no solo eso fue realizado por don Lázaro, sino que se encargó de proveer a la Marina de leña para todos los buques a vapor, sin cobrar nada por los cargamentos.

De esa época data la construcción, que don Lázaro emprendió con recursos particulares del castillete en el Peñón emergente del río a la altura de Piquetecué, en la zona de Limpio. Fue también el ejecutor de las tareas de salvataje de los muelles del puerto capitalino a poco de finalizada la guerra paraguayo-boliviana. Don Lázaro Aranda falleció en Asunción, el 15 de noviembre de 1945, en la pobreza, pero rodeado de la gratitud de la ciudadanía.

surucua@abc.com.py

Fotos: ABC Color/Marta Escurra mescurra@abc.com.py.

 
 

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