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05 de Abril de 2009

 

Alfredo Bryce Echenique, un grande de la literatura

El peruano Alfredo Bryce Echenique irrumpió en la escena de la narrativa latinoamericana con una obra que no se ajustaba a los temas y personajes de la época. Su novela Un mundo para Julius, publicada en 1970, tenía como protagonista a un niño de la elite social limeña. En torno de él, Bryce intentó un fresco de la sociedad peruana que atravesaba por entonces un proceso inédito de reformas. El escritor nació en Lima en 1939, en el seno de una familia que incluye entre sus ancestros al último virrey del Perú. En 1964 se estableció en Francia, donde residió veinte años, antes de mudarse a España. También se radicó en Grecia, Italia y Alemania.

/ ABC Color

En la actualidad vive en el Perú.Ha publicado, entre otros libros, Huerto cerrado, La felicidad ja ja, Tantas veces Pedro, La vida exagerada de Martín Romaña. Es un asiduo visitante de Buenos Aires, tanto es así que la visitó en 1990, 1993, 1998, 2003, oportunidad que aprovechamos para entrevistarlo.

Desde los años setenta fue perfilando una obra en la que se destacan el humor, el registro del lenguaje oral, los personajes a contracorriente de la historia y la explotación del mundo de los afectos privados. “Me eduqué –informa– en colegios privados norteamericanos, monjas y curas en primaria (Inmaculado Corazón y Santa María, donde cursa también, el primer año del secundario), y luego en un internado inglés (el San Pablo, donde completa, hacia 1956, los cuatro años restantes), laico, aunque con sus curitas de visita y con profesores británicos que, según decían, provenían de Oxford y Cambrige, cosa que yo sigo poniendo en duda. Más tarde, entré a la Universidad Nacional de San Marcos porque el examen de ingreso a ésta (más otras pruebas a rendir en el instituto cultural peruano-británico) me permitiría viajar meses después a la Universidad de Cambrige”.


La familia astilla sus planes con razones contundentes: “Nada de literatura ni tonterías que no producen sino borrachos y bohemios”. Obediente, Bryce resigna el éxodo. “Y me quedé -ironiza- en San Marcos, donde dócilmente me soplé los siete años de Derecho que harían de mí un ilustre abogado de un banco (mi padre y mi abuelo fueron presidentes, gerentes y directores de mil y un Bancos)… yo vi que una oligarquía se venía abajo y que yo nunca sería igual que mi padre y que mi abuelo. Nunca sería tan grande ni tan idiota como ellos. Quería escribir. Me fui del Perú con mucha pena porque era gente entrañable, toda muy buena. Nunca rompí con ellos, en lo afectivo, para nada. Pero me fui sin un solo billete. La inauguración de la pobreza es una de las cosas más bellas. Durante varios años yo siempre decía “bueno, pero si me pasa algo, me mandarán un avión”. Vivía con ese seguro social”.

Un mundo para Julius

Un mundo para Julius, su primera novela, que obtuvo de inmediato un apreciable éxito entre los lectores y la crítica (tal vez mayor, nos atreveríamos a decir, en España que en América). Ya en las postrimerías del llamado boom, la obra de Bryce Echenique, venía a demostrar que la literatura latinoamericana no acababa (ni empezaba) con los nombres integrantes de aquella explosión literaria. Integrante de los que han sido bautizados novissimi narratores (junto a Gustavo Sáinz, José Agustín, José Emilio Pacheco, Fernando del Paso, Eduardo Gudiño Kieffer, Héctor Libertella, Fanny Buitrago, Héctor Sánchez, Miguel Barnet, Severo Sarduy, Marcio Vela, Antonio Skármeta, etcétera), compartía con ellos algunos rasgos comunes: un conocimiento enterizo de las posibilidades de la narración y una indiscutible habilidad para usar de ellas; una preferencia regular por el mundo de la adolescencia y la infancia como materia narrativa; una representación del mundo como realidad cambiante, multifacético, que suele llegar hasta la indeterminación de lo real; un lenguaje que no desprecia ningún recurso, pero que suele adoptar formas coloquiales.


A estas características comunes, Bryce Echenique suma algunas peculiaridades que en este libro adquieren formas muy características. Así, por ejemplo, en lo que se refiere a la estructura de las narraciones. Frente a la determinación más o menos acotada de lo que hoy se entiende por novela, el resto de las formas narrativas actuales presentan un perfil difuso; bajo la denominación general de “cuentos” se suele comprender a muy diversas formas que sólo tienen en común su brevedad acogiendo así las viejas enseñanzas de Poe sobre el género, pero mientras el cuento moderno (maupassantiano) tiene una estructura fácilmente discernible, los relatos contemporáneos muestran variantes, mutaciones, múltiples caminos que hacen prever la existencia de nuevas formas genéricas, apenas relacionadas con el “cuento” tradicional.


Bryce Echenique juega afortunadamente con todas las posibilidades, imbricando la forma del cuento moderno con las tendencias actuales del relato: los nuevos textos que conforman el volumen (Eisenhower y la tiqui-tiqui-tin, Florence y nós, trés, Pepi Monhey y la educación de su hermano, Dijo que se cagaba en la mar serena, Baby Schiaffino, ¡Al agua patos!, Antes de la cita con los Linares, Un poco a la limeña, Muerte de Sevilla en Madrid) están fechados entre 1967 y 1973, y muestran la progresión y éxito del intento. La “coda iluminante”, una de las posibilidades extremas del cuento moderno se presenta en varios textos (verbigracia; en Antes de la cita con los Linares, que recuerda lejanamente, por su estructura, a Yo, ustedes, el jurado, del argentino Dalmiro Saenz), pero la mayoría, lejos de un desenlace vertical, ostentan una estructura abierta, como respondiendo a las declaraciones de Bryce sobre el porqué escribe: “Siempre me gustó contar bien una historia, pero no podía pasarme el resto de mi vida sentado en un café conversando con amigos. Me interesa expresar ciertos temores, ciertas angustias y ciertas esperanzas del hombre de hoy”; sin que falte en el conjunto un texto que puede clasificarse como novela corta (Muerte de Sevilla en Madrid).

“Personalidad literaria sin fronteras…”

Dice: “Estudié Letras y un buen día, obtenido mi título y convencida mi familia de que tarde o temprano viviría a mi modo, obtuve una beca, 1964, y me vine a París con la intención de doctorarme en literatura. Anduve sacando diplomas en La Sorbona (Literatura francesa clásica, 1965; contemporánea, 1966); después trabajé como profesor de español en un colegio privado, especie de liceo, hasta que, en 1969, entré a trabajar como lector de español en Nanterre, donde dictaba cursos. Mientras tanto, ya me había largado a escribir.


“Soy una extraña mezcla de escocés y vasco, y los críticos de mi país, conocedores de mis apellidos reclamarían furiosos si no empezara diciendo que pertenezco (o pertenecí) a la alta burguesía peruana, o a lo que otros han llamado la oligarquía nacional. Esto, según muchos, ha influido notablemente en mi obra y no faltan quienes, muy maniqueístamente, la consideran autobiográfica.
“Se podría decir que ando siempre escribiendo el mismo libro. Sería un halago, porque implicaría fidelidad a mis obsesiones. Esta fidelidad es propia de los escritores que no viven de la literatura, sino que más bien mueren de ella, como decía Céline, quien escribió siempre el mismo libro. Es también el caso de Stendhal, otro escritor que me fascina. Todo lo que hizo fue escribir sobre Stendhal, uno de los tantos seudónimos que se inventó, y el que menos le gustaba. Toda esta ‘autografía’ está ligada a una personalidad literaria sin fronteras. Pero la verdad es que ni el Perú ni yo somos los mismos. Han pasado tantos años, experiencias, países, libros y estudios que nada hoy es igual. Un mundo para Julius, por ejemplo, es una novela que transcurre en un tiempo impreciso, donde los personajes no tienen apellidos. Esta es mi primera novela –acota-, creo que ya lo he dicho, y no sé qué mecanismos han logrado que la escriba y que resulte así. No creo que haya en ella otra concepción de la novela que no sea el contar y contar, y creo que hubiera podido seguir contando indefinidamente. Me cansé, es lo que pasa. Fue mi primera experiencia en este campo y, créame, no hubo ningún plan, ninguna receta de cocina, y lo peor es que me he encontrado con que los mecanismos son bastante complicados y, lo es que es más, rarísimos. Lo que sí, este libro me ha permitido vislumbrar una manera de contar que, en forma muy general, tal vez sea la mía. No me esperen en abril es históricamente precisa, aunque no pretenda ser una novela histórica. La literatura devora todas mis lecturas históricas de los últimos 30 años.
“En mi país –recalca ahora-, ha existido siempre una aristocracia terrateniente, heredera de la casta aristocrática que los conquistadores vinieron a crear en un Nuevo Mundo. Esta gente ha tenido siempre el sentimiento de pertenecer a una casta doblemente privilegiada por la sangre y por el rango, valores esenciales del sistema feudal tal como se concibió en la Europa del medioevo. Pero éstas no son sino características psicológicas. Hay rezagos feudales tan sólo en la mentalidad de esta clase. Por lo demás, no creo en la existencia de ellos, en las estructuras económicas de mi país. Lo que caracterizó al feudalismo y, en última instancia, a cada feudo, es la autosuficiencia económica que tiende a desaparecer al derrumbarse la sociedad medieval. En cambio, entre nosotros, esta autosuficiencia nunca se dio y nuestra economía siempre ha dependido de un mercado exterior, de una metrópoli”.

Narraciones en tercera o primera persona

Los personajes de Bryce Echenique, en casi todas sus obras, son tristes, melancólicos, trágicos, abrumados, mediocres, traumatizados, con conciencia de ello o no: siempre lejanos del “heroísmo”. Las posibilidades de contraposición de apariencia y realidad, autenticidad o falta de ella, verdad y falsedad que surge del relato de sus vidas (o de parcelas de ellas) sólo son convincentes en cuanto se salva con éxito una dificultad literaria consustancial a la narración de esos destinos precarios: el de la delicada dialéctica entre la figura del narrador (siempre teóricamente superior) y la de sus personajes. Tal dificultad, que adquiere diversas variantes, según se trate de narraciones en tercera o primera persona, es sobrellevada siempre con éxito, por ejemplo, en La felicidad ja ja.


Eternamente está rodeado en sus relatos lo humano, la fragilidad, la memoria con un toque de humor. Sus novelas dicen que es un humorista. Al mismo tiempo, son unas propuestas dramáticas. Pensamos que son historias muy tristes contadas con humor para que duelan menos. Instala el humor en el fondo mismo de la tristeza. El corazón de la tristeza, que eso somos nosotros los latinoamericanos. Somos eso, definitivamente. “Creo que en el boom de la literatura latinoamericana -señala- los que vinieron antes que yo, los maestros, los amigos, algunos de ellos eran serios escribiendo, gravísimos. Menos Julio Cortázar, que ya tenía una dosis de humor importantísima. Pero nadie se reía de la Revolución cubana, nadie se reía de la Revolución mexicana. Todo el mundo tenía un patio nacional desde donde novelar. En ese patio no había entrado nunca un perfecto latinoamericano, y allí fue donde yo me dije ‘exceso de gravedad’. Tiene que entrar quien no tome el toro por las astas, sino que se ría, se tuerza el pie en la revolución, le duela la muela en pleno proceso de reforma agraria. Faltaba el toque humorístico. Borges ya tenía humor, Cortázar ya tenía humor. Sabato no se dio cuenta de que el humor existía. Pero había que meter un toque de comedia. Si la Comedia del Arte ya había existido”.
Tanto lo oral como la digresión son frecuentes en países donde contar una historia es un gusto y una actividad estimada. Quien cuenta es escuchado. A los latinoamericanos les gusta contar historias, componer la realidad en la conversación, dice “y yo he concebido siempre la escritura como una forma de la conversación”. Por eso cita textualmente a Laurence Sterne, uno de los maestros de la digresión y del arte de la conversación como escritura. La digresión nos lleva a la literatura sentimental dieciochesca en Europa. Pero aquella era lacrimosa, mientras que en el caso latinoamericano se trata de una literatura irónica, que se entronca con los grandes maestros de la ironía como Cervantes, Rabelais, Sterne. Ellos son los fundadores de la novela moderna, maestros de la digresión y del des-orden, del deshilachamiento narrativo, porque quieren contar sentimientos. “Recurren a esa figura llamada anacoluto -informa Bryce-, la interrupción de un discurso no acabado para arrancar con otro y tratar de captar el sentimiento. La generación del llamado “posboom” entró a un terreno al que no entraron sus mayores: el comentario de la escritura, el regusto por lo oral, la palabra. Eso ha permitido una apertura al individuo, su mundo popular, sentimental, de mitos, aunque se trate del cine más barato que haya podido ver Manuel Puig en la Argentina de su provincia natal. O la canción popular, el tango, el bolero, la guaracha, la ranchera. Es cierto que hay mucho machismo en estas canciones, pero también son andróginos: pueden ser cantadas por hombres y mujeres. Son aptas para expresar al hombre débil, al hombre que se puede transvestir. La literatura más reciente abandona a menudo los grandes temas colectivos para entrar en lo individual subjetivo. Pero la subjetividad bien intencionada es a veces la mejor manera de llegar a lo objetivo”.

El eterno problema de los recuerdos

“En efecto, nací y he vivido una buena parte de mi vida en medio de una familia en la cual siempre alguien había sido algo importante: Virrey, Presidente de la República y de directorios, Alcalde; pero, también ya hacía tiempo de esto y lo importante eran los recuerdos. Es decir que, en el fondo, creo que anduve metido en un núcleo bastante decadente en el cual, si bien se paseaban, aun muy campantes, uno que otro presidente o gerente de banco (ya lo he contado), o de alguna gran compañía o aristocrático club (mi abuelo, mi padre, repito), se paseaban también, nada campantes, algún aterrorizado empleaducho y hasta algún infeliz mendigo con el cual yo había jugado de niño en algún balneario que ya siempre estaba pasado de moda. Económicamente, creo que encontré en mi familia a miembros pertenecientes a casi todas las clases sociales. Y a ninguna; porque todos andaban inadaptados por el eterno problema de los recuerdos”.
Su novela El huerto de mi amada, ganadora del Premio Planeta de 1968, habla del fracaso. Por supuesto que Alfredo Bryce Echenique , antes de dicho galardón, ya era un escritor consagrado. También en ese año ganó el Premio Casa de las Américas por Huerto cerrado. También en El huerto de mi amada hay crítica social a través del humor. Es la historia del amor entre Carlitos Alegre –un muchacho que tiene 17 años en 1957, cuando empieza la novela- y Natalia de Larrea, que ya ha cumplido los 33. Chicos ambos de buena familia, dos mayordomos y chofer, los rodean algunos que son como ellos y están es-can-da-li-za-dos y también los rondan un par de mellizos arribistas, que tratan de subir en la pirámide social por la escalera del matrimonio. Bryce Echenique pinta una sociedad hipócrita, racista, machista.


“Yo no utilizo propiamente el argot, ni en la novela latinoamericana actual. Yo utilizo lo oral. El argot es el código de los carpinteros para no ser entendidos por los zapateros. Ese es el sentido del odio y la exclusión de que hablaba Céline. Uno escribe como habla y crea la ilusión de lo oral. Es un trabajo literario difícil porque no se trata sólo de la grabación y tener buen oído. Es un trabajo literario, artificio, convención.


“Yo no he sido un exiliado jamás en el sentido de abandonar forzadamente mi país. Lo abandoné porque me apetecía. Mi vocación ha sido más fuerte que lo que yo mismo creí. Mi militancia ha sido a favor de la posibilidad de escribir. En Europa encontré facilidades para escribir que mi país no me daba, y eso me permitió reafirmarme en mi escritura.

“Las grandes influencias son las que uno no intenta imitar. Cortázar, por ejemplo, era único y nunca quise imitarlo. Pero es cierto que leerlo me hizo liberarme de ataduras académicas. Su párrafo deshilachado y maravillosamente mal escrito y su consejo de escribir como yo lo sentía fueron muy importantes para mí. Las grandes influencias son las que revelan a uno lo que siente por dentro. Cortázar como Hemingway, Céline, Rabelais, Swift o Sterne. Yo los llamaría almas gemelas, escritores a los que uno les debe algo”.
Alfredo Bryce Echenique ha optado por lo individual, por el escepticismo, por un mundo donde, detrás de las pasiones esenciales, se van buscando razones causales, razones de ser, de fondo. Su opción no puede dejar de ser difícil. Por eso, la obsesionante presencia del humor y política, con una llamada de lo colectivo. Por eso la bella realidad de una prosa doblada, la de este escritor peruano. Por eso, finalmente, la presencia de un camino abierto en el vacío, la pasión inútil ante el ocurrir de las cosas, la impotencia de quien no puede o no quiere intervenir en la historia.


Por Armando Almada-Roche
armandoalmadaroche@yahoo.com.ar
(Desde Buenos Aires, especial para ABC Color)

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