06 de Marzo de 2011

 

Bicentenario de la Batalla de Tacuary (Tupâra’y)

A juzgar por las actas de la Junta Municipal de marzo de 1811 referentes a los gastos que demandaron los funerales de los soldados fallecidos en la Batalla de Tacuary, las exequias fueron similares a las aplicadas por los caídos en Paraguarí en enero del mismo año. La misma acta rinde cuenta de la suma pagada por las exequias de don Joseph de Astigarraga, vasco de nacimiento, cabildante (regidor) en los años 1804 -1805 que también había fallecido en aquellos días, hace 200 años y cuyos descendientes viven entre nosotros.

Con la victoria de Paraguarí, los comerciantes españoles, los funcionarios y los propios paraguayos partidarios del dominio español celebraron eufóricos el triunfo. Pero la guerra no había terminado.

Velasco organizó la persecución al enemigo, para lo cual nombró como comandante de avanzada a Fulgencio Yegros; este debía “pisarle los talones a Belgrano”. Se sumaron luego, Antonio Tomás Yegros, con su compañía de cuarteleros; Blas José de Rojas Aranda, con su infantería, y el capitán Vicente Antonio Matiauda, pariente de los Yegros y tatarabuelo del dictador Alfredo Stroessner Matiauda, con las milicias de Yuty, Cangó y Bobí (San Pedro del Paraná y General Artigas, respectivamente).

Belgrano se tornó más prudente y reflexivo. Al quinto día levantó campamento y se alejó del lugar instalando su cuartel en el pueblo de Santa Rosa (Misiones) más cerca del Paraná. Mandó cubrir con hombres y cañones los puestos de San Cosme, Candelaria y San José y esperó que los paraguayos tomaran la iniciativa.

En el Paraguay, al otro lado del Tacuary (Tupâra’y, actual Carmen del Paraná), el comandante Luis Caballero —exrregidor del Cabildo (1808) y padre del prócer Pedro Juan Caballero— ultimaba los trabajos de un puente, que oculto entre la maleza, lo fueron construyendo para sorprender al enemigo por la retaguardia. Se dispuso el cruce sigiloso del ejército antes del amanecer del 9 de marzo de 1811. Quedarían en esta banda algunas piezas de artillería, unos 70 fusileros y tres compañías de lanceros.

A la madrugada se llegó al medio del puente; al bajar a tierra les esperaba un monte como de 200 metros, que para atravesarlo, tuvieron que abrir sendas con cuchillos, machetes y sables. A fin de evitar bajas paraguayas causadas por los mismos compañeros, como ocurrió en Paraguarí, todos los soldados llevaban puestos en el sombrero una rama verde de laurel, especie abundante en la zona, además, dos hojas de palmas cruzadas en el pecho.

El Ejército paraguayo organizó su formación a unas seis cuadras de la capilla de Tacuary y se ordenó el ataque; la guardia enemiga compuesta de 20 hombres huyó atemorizada. En ese momento, el comandante Luis Caballero, héroe de Tacuary, cayó muerto aquejado de un paro cardíaco.

Avanzó José Ildefonso Machaín (segundo jefe del ejército de la Junta de Buenos Aires) y ocupó las tres islas de monte cercanas a dicha capilla y desde allí abrió fuego sobre los soldados paraguayos. Se inició un duro combate, desventajoso para los que salían del monte y se hallaban en campo abierto.

Los paraguayos, mandados por el capitán Fulgencio Yegros, el comandante Juan Manuel Gamarra y el mayor Pascual Urdapilleta (luego constructor de la Catedral de Asunción 1842-1845) comenzaron un movimiento envolvente, mientras una escuadrilla de botes armados remontaba el Tacuary. La caballería desbordó los montes, y Machaín cayó en manos de los paraguayos juntamente con varios de sus oficiales, un centenar de soldados, piezas de artillería con el carro de municiones y todos los fusiles; muchos más que en Paraguarí.

Mientras los paraguayos reorganizaban sus filas para el asalto final, Belgrano aprovechó aquella pausa para enviar como emisario a José Alberto Cálcena y Echeverría; este llegó con una bandera blanca y pidió una tregua. Expuso que Belgrano se retiraría con todas sus tropas y que se le permitiese cruzar el Paraná sin ser molestado, bajo la promesa de dejar enteramente evacuada la provincia del Paraguay.

Cabañas, sin consultar con Velasco y en contra del parecer de Gamarra y los demás jefes, concedió capitulación a Belgrano, bajo su responsabilidad.

En un breve oficio, Cabañas autoriza a Belgrano a retirarse con sus tropas y armamentos con el compromiso de no volver a atacar al Paraguay en el futuro y que se pusiera en marcha a más tardar el día siguiente; Belgrano contesta con otro oficio, aprobando las condiciones impuestas por Cabañas.

No hubo acta de capitulación, los oficios intercambiados contienen los términos de la misma. Aunque Velasco aprobó la capitulación, al llegar al pueblo de Santa Rosa, ordenó que se cortara toda comunicación con los porteños. Allí entregó a Fulgencio Yegros su ascenso a teniente gobernador de Misiones y subdelegado de Candelaria, jurisdicción que comprendía, además de este pueblo, los de Trinidad, Jesús, Itapúa, Santa Ana, Loreto, San Ignacio Mini y Corpus. Al ser nombrado jefe de las Fuerzas del Sur, asentadas con carácter permanente en Itapúa, Yegros nombró como segundo suyo al capitán Vicente Antonio Matiauda, subdelegado de los pueblos de Yuty, Cangó y Bobí, quien pasó a residir en el cuartel de Candelaria.

La campaña militar de Tacuary tuvo un final inesperado; en el mismo campo de batalla se tramó la completa reconciliación con Buenos Aires. El odio a los porteños se trasladó al régimen colonial y gran parte de la opinión pública se volvió favorable a Buenos Aires.

La guerra porteña despertó la conciencia nacional. Sirvió para demostrar a españoles y porteños la fidelidad de los paraguayos a la causa de la patria. Eso mismo lo expresó Velasco en carta al virrey Cisneros, al día siguiente de la victoria de Tacuary: “Como si un rayo hubiera herido los corazones de estos incomparables provincianos —señaló el gobernador— me hallé a los dos días de haberse circulado los avisos con más de 6.000 hombres, prontos a derramar la última gota de sangre antes de rendirse”.

Resumiendo y sin detenernos en los prolegómenos de la revolución del 14 de mayo de 1811, cabe destacar que la misma resultó ser el corolario de una conspiración gestada en las carpas de la oficialidad paraguaya, triunfadora como queda dicho, en las batallas de Paraguarí y Tacuary.

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