14 de Enero de 2018

 

Cuando las mujeres dialogan con la guerra

Diciembre se cerró, entre otras cosas, con la muestra «Serbia, 1914. El rostro femenino de la Gran Guerra», en el Archivo Nacional de Asunción. Sobre la presencia femenina en esa y otras guerras y los cambios sociales derivados de la misma escribe hoy la historiadora Ana Barreto.

En un lugar cualquiera del Paraguay, 1867 

En casi todos los poblados, sean específicamente de residentas o no, las paraguayas acompañadas de sus hijos e hijas cumplían día tras día con la cuota de donación de efectos, insumos y sobre todo alimentos que se necesitaban en la Guerra contra la Triple Alianza. Es verdad que existió una gran manifestación pública de lealtad al gobierno del Mariscal López y de confianza a su gobierno; es verdad también que las mujeres se movilizaron en comisiones para entregar sus alhajas y contribuir económicamente al sostén de la misma. Pero cuando revisamos acciones sostenidas en un tiempo más largo, vemos los cigarros (y hablamos de decenas de miles), los dulces, los almudes con granos y frutos del país, las camisas tejidas en filamento de coco con cuello y puños azules, los chiripás en filamento de caraguatá, los pollos, los quesos y la mano de obra, la azada velando la producción del campo medida en liños, las manos que lavaban cientos de kilos de telas y vendas en hospitales; la firmeza con que dirigían las carretas con sus bueyes desde lejos para llegar a destino, las manos que negociaban con los administradores del Estado el pago correspondiente para el suministro mensual de velas, de alcoholes, de fierro. Esas acciones por lo general se pierden en un complejo camino en el que la historiografía tradicional de finales del siglo XIX vigente hasta un poco más de la mitad del XX se encargó de esconder, detrás de la sumisión, la abnegación de la mujer como delicada y frágil, dadora de vida y, por ende, apartada del concepto de la guerra –entendida así como maquinaria de la muerte–, una comprensión mucho más amplia no solo del rol, sino de las crisis, de las rupturas y de las tensiones que por lo general terminan forjando un cambio estructural.

Asunción, un poco antes de finalizar 1918 

Maestras normales, sobre todo de la capital, articularon organizaciones que pretendían encabezar el movimiento sufragista en el Paraguay, siguiendo las tendencias que dictaba un mundo que hasta entonces seguía defendiéndose a balazos y en húmedas trincheras. La conformación del Movimiento Feminista Paraguayo de 1920, los grandes debates sobre feminismo, los de condiciones laborales de mujeres, y hasta sobre divorcio dibujaron una historia de mujeres poco conocida, por no decir ignorada.

Asunción, guerra civil de 1922 y 1923 

Las que serían las dos primeras médicas cirujanas del país, Gabriela Valenzuela y Froilana Mereles, abandonaron las aulas (bueno, hay que decir que las clases se suspendieron) y asistieron al conflicto bélico, poniendo en práctica lo que había sido el gran bautismo de fuego que había experimentado la pequeña institución casi filantrópica del siglo XIX (la hoy Cruz Roja Internacional) en la conducción de la sanidad en guerra, del voluntariado de civiles y en la asistencia humanitaria a soldados sin importar el bando y a civiles desplazados.

Y Asunción, octubre de 1932 

En dos aulas de la Escuela Normal de Maestras se montaron –contrarreloj– máquinas de escribir alineadas en bancos, esperando la presencia de mujeres para aprender a usarlas y, con ello, principios básicos de lo que hoy conocemos con el nombre de Secretariado. Al terminar la Guerra del Chaco, tres años después, el panorama de las oficinas administrativas públicas y privadas había cambiado: el porcentaje femenino había crecido considerablemente, y eso traía un sinnúmero de cambios sociales; solo por citar uno, la aparición en la esfera política de las paraguayas.

Podríamos seguir narrando hitos de historia paraguaya solamente contada por mujeres, pero estos pocos sirven para hablar de las protagonistas, no solo serbias, que la Primera Guerra Mundial terminó por empoderar.

Ciertamente, uno no imagina que tras un anhelo así se esconda un conflicto armado. A nuestra mente acuden el dolor, los desplazamientos, la violencia, la muerte; sin embargo, el trazo que ha hecho la historia, especialmente en el siglo XIX, sobre las guerras demuestra cada día que los roles de género terminan alterándose de manera significativa. Con la Guerra contra la Triple Alianza, más que las joyas, hemos sido testigos no solo de un sostenimiento social y económico civil del conflicto: sobre las mujeres que abnegadamente entregaron rosarios de oro o anillos, hay años de movilizaciones, agrupamientos, asociaciones que permitieron que el trabajo asegurase tanto alimentos como todo aquello que el Estado necesitaba; por si esto no fuera poco, la proveeduría y el transporte en general recayeron también en las mujeres.

Con los años, el discurso de paz y la construcción posterior de las heroicidades debió volver a colocar cada pieza en su lugar, impidiendo u ocultando el rol desempeñado en plena crisis: esto es, una mujer independiente, administradora del hogar, capaz de tomar decisiones familiares ante una evacuación y hasta de vestirse de soldado y cargar un arma. La finalidad no era otra que mantener funcionando las esferas públicas y privadas sin intercambio de protagonistas: los hombres debía volver al hogar a encargarse completamente de la administración, del dinero del mismo y de la vida de sus mujeres, y el regreso a la vida laboral suponía el completo desplazamiento de las mismas.

Un retorno a un pasado que a esas alturas, a causa de las cicatrices y de la violencia completa del cambio experimentado más que imaginado, se presentaba tenso.

En los ejemplos del siglo XX, asistimos al claro influjo de las mujeres de la Primera Guerra Mundial, de las enfermeras, de las que pasaron a ocupar funciones imposibles de imaginar en tiempos de paz, fábricas de armamento bélico, fábricas de menajes de metales, encargadas de la provisión de sus hogares, conductoras de ambulancias. Las mujeres de la Primera Guerra Mundial entendieron un nuevo orden, un nuevo rol, y para ello el reconocimiento como ciudadanas era imperativo. Si bien muchos movimientos sufragistas son anteriores, un nuevo escenario las enmarcó perfectamente en la segunda década del siglo XX.

Hace unos años, el historiador David Velázquez me había señalado un artículo del New York Times escrito en 1919, como una forma de aliviar a los serbios –y con especial énfasis a sus mujeres– de la desolación sobre un país que había perdido casi el sesenta por ciento de su población masculina y que se hallaba en completa ruina. Con la fuerza del ejemplo, el artículo buscaba recordar a las paraguayas que sobrevivieron a la Guerra contra la Triple Alianza, haciendo énfasis en la capacidad de organización y de trabajo, para de ese modo mostrar a las mujeres serbias que hasta en la ruina puede volver a brotar vida. El Paraguay, un antiguo País de las Mujeres de 1919, era un país muy diferente al de 1869.

La conversación sobre mujeres y guerra, enmarcada en la muestra temporal que permaneció expuesta en el Archivo Nacional hasta el pasado 31 de diciembre, interpela, pregunta, cuestiona sobre la narración que hacemos de nuestra propia historia, sobre las heroicidades del papel representado que vamos construyendo, sobre el legado con el que pretendemos discutir cada punto de nuestro presente.

calle_ultima@hotmail.com

 
 

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